Delfos

o Delphi. El santuario de Apolo en Delfos, situado en el flanco sur del monte Parnaso, bajo el acantilado de las rocas Fedríades ""resplandecientes"", entre éstas y el ""mar de olivos"" que cubre de color plateado todo el valle inferior hasta el golfo de Itea, en el corazón de la Fócida, ofrece todavía al viajero la vista imponente del ""lugar rocoso en forma de teatro"" que describía Estrabón: ""Delante de la ciudad, del lado sur, se eleva el monte Kirfis, de pendientes escarpadas. Entre ambos, el Pleistos corre en el fondo de una garganta"". Por todos lados pendientes abruptas o rocas cortadas a pico: es exactamente Pito la rocosa, como la llama el ""Himno homérico de Apolo"". Hoy día no se encuentra vegetación alguna más que a nivel inferior del santuario, descendiendo hacia el torrente, allí donde la labor secular de los hombres ha plantado olivos y roturado con la azada algunos campos. El paisaje, con sus fuertes desniveles, es de una amplitud grandiosa. Delfos se encuentra a 570 m de altura, la cumbre de las Fedríades pasa de 1.200 m, y el Kirfis, delante, llega casi a los 900 m. Pero el efecto no tiene nada de opresor: un ancho cielo se extiende sobre la grupa del Kirfis, que escala en zigzag el camino de Antikira en el golfo de Corinto. El alto valle del Pleistos, hacia el este, se abre ampliamente hacia la moderna Aracova, en el camino de Livadia (Lebadea), de Tebas y de Atenas. En fin, la vista hacia el oeste, desde el santuario, está cerrada por una avanzada montañosa que prolonga, más bajo, el roquero enorme que sostenía Krisa (hoy día Criso). Basta subir un poco, o avanzar hacia el oeste algunos centenares de metros, para ganar un mirador que domina las montañas de Lócrida, la llanura de olivares de Anfisa y el fondo de la bahía de Galaxidi, donde se encontraba, cerca de Itea, en la antigüedad como en nuestros días, la escala marítima que servía a la región del santuario. Tal es el sitio donde prosperó el oráculo más famoso del mundo antiguo. El santuario de Apolo Pitio, al que más tarde se añadió, en una terraza artificial e inferior, el más modesto complejo dedicado a Atenea Pronea, se erigió en la época geométrica (ss. X-IX a.C.) sobre un centro micénico, objeto de cultos autóctonos. Al igual que en numerosos centros religiosos prehelénicos, la sustitución del culto a dioses protohistóricos por el de un dios del Olimpo, marca la llegada de los nuevos ""patrones"" indoeuropeos de Grecia, pero la leyenda de la victoria de Apolo sobre Pitón, la serpiente-dragón, hija de Gea (la Gran Madre Tierra), guardiana del oráculo rocoso cuyos vapores embriagaban a los hombres y le proporcionaban sus capacidades proféticas, está más cargada de significados profundos que otras. El triunfo de Apolo, nacido de una ""necesaria violencia"" sobre el feroz primitivismo simbolizado por Pitón, pasa por la expiación que muestra la voluntad de instituir la civilización y el derecho contra la barbarie de los ""tiempos oscuros"", hasta encarnar la razón y el equilibrio, el saber y el genio creativo como prerrogativas y ofrendas del dios. De la misteriosa y primitiva fuerza natural emanada del oráculo, Apolo hereda la tutela y los poderes, delegando la expresión y la divulgación de su voluntad a los oráculos de una sacerdotisa, la Pitia, interpretados por un colegio sacerdotal. De todo ello se puede deducir con facilidad los motivos de la centralidad religiosa y política de Delfos, ""ombligo del mundo"", en especial en los ss. VII y VI a.C.. Homero no habla de él más que una vez, en la Odisea. Pero desde el siglo VII el papel de Delfos pasa a ser considerable. Es el momento de la colonización y, por escrúpulo religioso, los futuros colonos no intentan la aventura sin haber solicitado el consejo de un dios. ""¿Hay una sola colonia griega, dirá más tarde Cicerón en el De divinatione, que haya sido fundada sin la intervención del oráculo de Delfos, o de Dodona o de Ammón?"". Delfos fue con mucho el más famoso, como se sabe por la historia de Battos en Cirene o de Falantos en Tarento. La Primera Guerra Sagrada (600-590), librando a Delfos de la dominación fócida y asegurando al santuario la protección de la Anfictionía, aumentó aún más el resplandor del oráculo. La segunda parte, llamada ""Serie pítica"", del ""Himno homérico a Apolo"", ha debido ser compuesta inmediatamente después de esos acontecimientos. Un templo de piedra había sido construido en el siglo VII. Se incendió en 548. Pero ya, en torno a él, una buena decena de construcciones poblaban el santuario. Eran, en su mayor parte, ""tesoros"" (thesauroi) construidos por las ciudades griegas. Para volver a elevar el templo se hizo un llamamiento a la generosidad pública, que se manifestó con esplendor. Las suscripciones afluyeron de todos lados, y las de la cortesana Rodopis, por la que el hermano de Safo se había arruinado en Naucratis, fueron recibidas con el mismo título que los dones del faraón filohelénico Amasis; la reputación del oráculo, al cual Creso había ya antes enviado suntuosas ofrendas, sobrepasaba ampliamente las fronteras del mundo griego. Una poderosa familia ateniense, la de los Alcmeónidas, entonces en el destierro, tomó a su cargo la reconstrucción del edificio y la terminó, hacia 510, más magníficamente de lo que estaba previsto. Durante las Guerras Médicas, el oráculo fue milagrosamente preservado, dícese, de la invasión y del saqueo y se enriqueció de los exvotos de los griegos victoriosos. Hemos visto, por otro lado, cómo, en el curso de las luchas fratricidas que siguieron, el orgullo de las ciudades se manifestó en Delfos por ofrendas rivales. En el siglo IV una nueva catástrofe, sin duda un deslizamiento del terreno, destruyó el templo de los Alcmeónidas en 373. Esta vez también, la solidaridad de los griegos se manifestó por contribuciones voluntarias de las ciudades y de los particulares. Interrumpida o retardada por las tercera y cuarta guerras sagradas, la restauración se prosiguió hasta la época de Alejandro. El nuevo templo, poco diferente del que había venido a reemplazar, debía durar hasta el final de la antigüedad. Es el que vio Pausanias y del que algunas columnas han sido elevadas de nuevo por arqueólogos. En el siglo IV a.C. todavía, a pesar del saqueo de las riquezas del dios por los focios, las ofrendas continuaron embelleciendo el santuario. Tebas y Cirene, especialmente, hicieron construir tesoros de una arquitectura refinada, que se añadieron a los que las otras ciudades griegas habían elevado en el curso de los ss. precedentes. Desde 1892, las excavaciones han despejado las ruinas, hasta entonces recubiertas por la aldea de Kastri, y han puesto a la luz del día un gran número de esculturas, de inscripciones y de pequeños objetos. Dichas excavaciones no han revelado de las épocas micénica y geométrica más que construcciones muy modestas, groseras estatuitas de tierra cocida representando una divinidad femenina extendiendo los brazos (los ""ídolos en forma decreciente""), algunos pequeños bronces representando personajes masculinos y cerámica de uso corriente. En contraposición, desde el siglo VII a.C. los descubrimientos son más importantes: escudos de bronce con relieves, o con decoración incisa, cascos, utensilios de bronce y en particular trípodes, calderos de bronce colocados sobre un soporte de triple fuste que pronto pasaron a ser la ofrenda tradicional a Apolo de Delfos. Han tenido lugar, además, en las proximidades del santuario y en el santuario de Atenea Pronea, situado a alguna distancia del de Apolo, hacia el este. Gracias a las enseñanzas sacadas de esas investigaciones, comparadas con la descripción dada por Pausanias en el libro X de la Periégesis, se pueden reconocer desde este momento sobre el terreno, a pesar de muchas incertidumbres de detalle, los principales monumentos que rodeaban el gran templo de Apolo. Es la ocasión de darnos una idea concreta de un gran santuario griego. Ningún yacimiento arqueológico griego simboliza el concepto de secuencia estratigráfica horizontal con más claridad que los santuarios, en particular los mayores como Delfos, Delos, Olimpia y Dodona. El santuario es esencialmente una porción de terreno (témenos) consagrado al dios y delimitado, sea por simples mojones, sea por una cerca. En Delfos, Apolo disponía de un cuadrilátero de 130 por 190 m de lado, rodeado por un muro (períbolo) sólido y bien aparejado, cruzado por varias puertas. El terreno que se extiende hasta la vecindad inmediata del acantilado de las Fedríades está en fuerte pendiente. Diversos muros de contención han permitido disponer terrazas que se unen entre ellas por la vía principal, llamada ""Vía Sagrada"", que cruza el santuario desde la gran puerta en la parte baja al este, hasta la explanada del templo, describiendo dos recodos sucesivos. En el interior del aún visible témenos, el recinto sagrado en el que se reservaba a los dioses la posesión exclusiva de todo lo que se encontrara en su interior, a los lados de la tortuosa Vía Sagrada que serpentea en la colina, arquitectos y artistas aportaron determinadas variaciones desde el siglo VI a.C. al IV d. J.C., siempre bajo el impulso de los distintos gobiernos  autocráticos o, más tarde, monárquicos o de magistrados. No sólo no aparece huella alguna de un plan regulador, puesto que edificios de épocas diversas, a veces incluso muy distantes cronológicamente, ocupan áreas contiguas sin tener en cuenta las orientaciones planimétricas de edificios ya erigidos, sino que además no existe el menor rastro de modificaciones urbanísticas o de demoliciones. Al igual que en los demás santuarios, en Delfos siempre se añade sin eliminar (a expensas de saturar las áreas aún edificables sin tener en cuenta la estética de conjunto de las estructuras), se repara o se reconstruye con dimensiones superiores lo que el tiempo o las calamidades han destruido o deteriorado. El recinto sagrado construido en el curso de los ss. VI y V a.C., con grandes bloques a veces poligonales o paralelepípedos, dispone de nueve puertas, la mayor de las cuales se abre al sudeste, coincidiendo con la antigua ágora romana donde se asomaban pórticos con comercios para la venta de exvotos y recuerdos, punto de nacimiento de la Vía Sagrada. A partir de la disposición de numerosos basamentos de estatuas erigidas por diversas ciudades griegas, entre los ss. V y IV a.C., en recuerdo de importantes sucesos de la historia, podemos formarnos una vaga imagen de la secuencia fulgurante de dones votivos, a menudo de bronce, que embellecían la propiedad del dios desde la primera rampa. Tal como hemos apuntado, se trataba de una espectacularidad no coordinada por una hábil escenografia de arquitectos y urbanistas, como sucede en la planificación de las grandes Acrópolis helenísticas, sino determinada por una casual correspondencia y contraposición, a veces, de imágenes de propaganda de una determinada polis a lo largo de la historia. A uno y otro lado de la Vía se alineaban los ""tesoros"" (thesauroi) construidos por las ciudades griegas de Sicione, Sifnos, Tebas, Atenas, Mégara, Siracusa, Cnido, Corinto, Cirene y otras todavía de incierta identificación, a las cuales se añadían dos ciudades etruscas, Caera y Spina, dedicadas a la gloria de Apolo. De éstos quedan pocos restos, como algunos fragmentos de las decoraciones arquitectónicas y escultóricas. En cambio, los tesoros de Sifnos y de Atenas constituyen dos notables testimonios de la arquitectura y de la escultura arcaica y severa. El primero, del que tan sólo los cimientos permanecen in situ (todo lo que quedaba del alzado se encuentra en el museo local), era un pequeño templo jónico del tipo dístilo in antis, pero con la original sustitución de las columnas entre los muros laterales del pronaos por dos elegantes cariátides. Este templo, construido en el 530-525, representa uno de los más importantes documentos artísticos del arcaísmo maduro, sobre todo en los lados septentrional y oriental del friso, que plasma con vivacidad, intenso plasticismo y atrevidas distribuciones espaciales, una batalla entre los dioses y los gigantes, así como la congregación de los dioses en el Olimpo. El tesoro de Atenas, erigido poco después de la batalla de Maratón (490) con la finalidad de exhibir en él parte del botín obtenido de los persas, ha sido objeto de una correcta intervención de anastilosis y restauración prácticamente íntegra en su posición original. Una vez más, se trata de un pequeño templo dístilo in antis (apenas era mayor que el tesoro de Sifnos, situado más abajo), pero de orden dórico. La sencilla armonía de las proporciones está coronada con un sobrio friso de metopas alternadas con triglifos, en las que aparecían representadas la batalla entre griegos y amazonas, las empresas de Teseo y las proezas de Heracles de estilo severo y todavía salpicado de elementos tardío-arcaicos. A pesar de ello, sólo mediante la reconstrucción virtual se puede analizar el efecto escenográfico de toda el área de los tesoros, tan cargado de mensajes políticos. Quizá pueda valernos de ayuda recordar que Siracusa, tras la aplastante victoria contra Atenas en la guerra del Peloponeso, construyó su propio tesoro délfico frente al templo ateniense que se había convertido en el símbolo de la independencia griega. El edificio más importante del santuario principal era, por supuesto, el templo de Apolo. Dominaba la pendiente desde lo alto de su terraza de dos pisos, sostenidos cada uno por un muro. El muro de la parte baja, llamado poligonal a causa del aparejo adoptado en su paramento exterior, data de la segunda mitad del siglo VI. Está cubierto de inscripciones, la mayor parte actas de liberación de esclavos, grabadas en baja época. Contra su cara sur se apoyaba el Pórtico de los Atenienses, abrigando los despojos guerreros y navales del siglo V. Delante de ese pórtico, la Vía Sagrada se ensanchaba, formando una plazoleta aproximadamente circular, que se llamaba el área: allí se representaba, cada ocho años, el drama sagrado Stepterion. Siguiendo el último trozo de la Vía Sagrada, pasando junto al trípode conmemorando la batalla de Platea, se alcanzaba la explanada del templo, rodeada de exvotos: los cuatro trípodes de oro consagrados hacia 480-470 por Gelón y Hierón, tiranos de Siracusa, y por sus hermanos (fueron transformados en moneda de oro por los focios en el curso de la tercera guerra sagrada), la palmera de bronce dedicada por los atenienses después de la victoria de Eurimedonte, el Apolo colosal llamado Sitalcas, estatua de bronce alta de más de quince metros, y decenas de otras ofrendas, entre las cuales se contaba la estatua dorada de la cortesana Friné por su amante Praxíteles. Ante la entrada del templo, a la cual se accedía por medio de una rampa, se alzaba el altar ofrecido por la ciudad de Quío. Del templo de Apolo todavía son visibles los restos pertenecientes a la fase VI (373 a.C.), que respeta las dimensiones del precedente, de la edad arcaica. Se trata de un ejemplo clásico de templo dórico períptero hexástilo de caliza y toba (mide aproximadamente 60 x 23 metros) con columnas de aproximadamente 11 m, de toba estucada, que reposa sobre una sólida construcción artificial sobre la que se construyó un estilóbato de colmena con tres peldaños. Excepción hecha de las dependencias mal conocidas que estaban previstas en el fondo de la cella para la consulta del oráculo, el plan interior está conforme al tipo habitual: una antecámara o pronaos se abría por un pórtico con dos columnas entre los muros laterales; después una gran sala o cella, donde se encontraba la estatua del culto. Esta pieza es el elemento esencial del edificio, puesto que el papel del templo es abrigar la estatua del dios. En fin, hacia la parte posterior, el opistódomo, especie de pórtico simétrico del pronaos, pero sin comunicación con la cella. En el interior del templo, por todos lados ofrendas, de las cuales las había que tenían historia, como el sillón de hierro en el que se sentaba Píndaro, o la estatua de bronce de Homero, llevando grabado en su pedestal el oráculo obscuro que había sido dado al poeta deseoso de saber cuál era su patria. Además, y por excepción, la cella contenía dos altares, un altar de Poseidón (el que hace temblar el suelo, como los griegos le llamaban, era honrado en Delfos, donde la tierra tiembla frecuentemente), el otro de Apolo mismo. Encima del templo se extendía una región que sufrió particularmente la catástrofe de 373: los deslizamientos de terreno y las caídas de rocas, que destruyeron el templo de los Alcmeónidas, habían al mismo tiempo destrozado todo el norte del santuario. Es allí, tras el muro de sostén construido después de la catástrofe para proteger el nuevo templo, donde se han encontrado los fragmentos del grupo del que formaba parte el célebre Auriga, en sí mismo conservado casi intacto por un singular azar de la fortuna. Más arriba, el ángulo noroeste del santuario fue ocupado al comienzo de la época helenística por el teatro que vemos hoy día con el aspecto que le dio una restauración de época romana. Al lado, hacia el este, un pequeño témenos, con una capilla, estaba consagrado a Poseidón, en medio de los bloques que sus cóleras habían hecho caer de las Fedríades, y un poco más lejos aún, en otro témenos, en el de Apolo, se veneraba la tumba de Neoptólemo, el hijo de Aquiles, muerto en Delfos bajo los golpes de los delfianos, como se cuenta en la Andrómaca de Eurípides. En fin, en la parte más alta del santuario, contra el muro norte, el pabellón o lesqué de los cnidios abrigaba pinturas célebres de Polignoto que Pausanias nos ha descrito minuciosamente. En tal forma se presentaba un gran santuario griego clásico donde, de ordinario, alrededor de la divinidad principal, encontraban asilo otros diversos cultos. Numerosas construcciones se elevaban en torno del o de los templos: altares, tesoros, abrigos para los peregrinos, construidos en el curso del tiempo, en un desorden que traicionaba la ausencia de todo plan de conjunto. Cada monumento está concebido para él mismo y no como parte de un todo. Únicamente las conveniencias religiosas o las necesidades prácticas son tomadas en consideración. La preocupación de hacer algo bello responde primeramente al deseo de honrar al dios, después al de deslumbrar al espectador y eclipsar los monumentos vecinos, sin ninguna preocupación de armonizarse con ellos. Hasta la época helenística, y primeramente bajo la influencia de los arquitectos de Pérgamo, no comenzaron a dibujarse los principios de un urbanismo monumental. La misma observación en cuanto a las ofrendas que se amontonaban formando una multitud en todos los espacios disponibles, sin ninguna preocupación de composición sistemática. Nos es difícil imaginarnos la profusión de esos exvotos, la mayor parte de bronce, que se contaban por centenares: todos ellos fueron saqueados por los bárbaros o destruidos por los cristianos, y la supervivencia de una estatua, como el Auriga, es completamente excepcional (y aun los caballos y el carro han desaparecido casi completamente). Pero las enumeraciones muy detalladas de Pausanias, aunque no representan más que una selección entre los monumentos que tenía ante sus ojos, permiten imaginarnos en una cierta medida la extraordinaria confusión de un santuario abarrotado de ofrendas, donde las miradas eran solicitadas de todas partes, ya por el brillo de los bronces, que una limpieza sistemática, bien conocida por las inscripciones, preservaba de toda pátina, ya por las esculturas en mármol, pintadas de vivos colores, que animaban frontones, metopas o frisos en los principales edificios. Añadamos a ello la multitud de los peregrinos, los canastos de los vendedores ambulantes, los asnos y las mulas, los animales de sacrificio, los numerosos pájaros que anidaban en las techumbres de los templos y que el joven Ion, al comienzo de una pieza de Eurípides, persigue con sus flechas. Añadamos a ello, en fin, las guirnaldas de flores, los perfumes de incienso, el olor de las carnes asadas, las llamadas y los gritos, y habremos restituido el aspecto de esos recintos sagrados en los que el pueblo griego se daba cita, para encontrar cerca de los dioses, que saludaba con fe sencilla, un consejo para alguna empresa o el alivio de sus males. La esperanza de curación ha sido siempre uno de los más poderosos motivos de la creencia religiosa. Los griegos, en caso de enfermedad, se dirigían, naturalmente, a sus dioses. El dios local, fuese el que fuese, representaba un primer recurso. Pero Apolo, más especialmente, aparecía como salutífero y muchos de sus epítetos cultuales hacen alusión a esta cualidad, tales: Paean, Epikurios, Alexikakos, Akesios. En uno de los costados que limitan la terraza donde se encuentra el templo, se eleva el teatro, en excelente estado de conservación (sólo ha desaparecido el edificio del escenario), que cierra la perspectiva del complejo santuario apolíneo en posición excéntrica, apoyado en la pendiente, siguiendo la costumbre griega; a él se llegaba ""navegando"" entre los elegantes pórticos decorados con frescos, repletos de esculturas y dones votivos (es bastante célebre el del tirano Polizalo de Gela, del 475 a.C., del que aún se conserva el espléndido Auriga, actualmente en el museo local). Al exterior del témenos se encontraba el estadio, en parte excavado en la pendiente, de 180 metros de longitud y rodeado por gradas situadas sobre un podio, protegido por una valla. Aquí se disputaban las competiciones atléticas e hípicas de los Juegos Píticos ante la presencia de al menos 70.000 espectadores. El santuario de Atenea Pronea, a pesar de tener dimensiones más reducidas, conserva uno de los edificios más fascinantes de la Grecia antigua, el Tholos, obra maestra del arquitecto Teodoro, que se remonta al 380-370. Se trata de un tipo de templo más bien raro que, por su forma de cabaña circular, recupera las tradiciones prehistóricas. Sus caracteres esenciales (armonía, respeto a las proporciones matemáticas y estilo) son claramente áticos en el peristilo exterior de veinte columnas dóricas, que siguen los ritmos clásicos que codificó Ictinos, arquitecto del Partenón. En cambio, son innovadores la organización del modesto espacio interior y la aplicación del orden corintio en las diez columnas del naos, tangentes, pero no unidas a las paredes y colocadas sobre un elevado zócalo de caliza oscura, que contrasta con el mármol blanco en el que fueron esculpidas. El friso dórico (repetido en la pared exterior de la naos), el techo del peristilo y los canales del tejado denotan una voluntad decorativa tomada de modelos de referencia absolutos e introduce la koiné y los eclecticismos arquitectónicos y artísticos que el helenismo hará propios. Esta exposición sumaria de una historia que textos, monumentos e inscripciones permitiría seguir con detalle, hace por lo menos comprender lo que fue el prestigio de Delfos en la época arcaica y clásica. El dios no tuvo sólo ocasión de intervenir en las empresas de colonización, sino también en los asuntos religiosos, que con frecuencia rozaban las cuestiones políticas. Cuando el reformador Clístenes hubo de dar un nombre a las diez tribus que había instituido en Atenas en substitución de las cuatro tribus tradicionales, es al oráculo de Delfos al que se dirigió para escoger diez nombres entre los cien héroes propuestos para pasar a ser los patronos (los epónimos) de esas nuevas tribus. Incluso en las relaciones entre ciudades, el oráculo tuvo con frecuencia algo que decir, razón por la que aquellos cuyas predicciones no les favorecían, le acusaron a veces de parcialidad interesada, sea en provecho de los persas en el momento de las Guerras Médicas, sea en favor de Esparta en la segunda mitad del siglo V, sea, en fin, a beneficio de Filipo de Macedonia. Se insinuó entonces que la Pitia ""medizaba"", ""laconizaba"" o ""filipiaba"". De todas maneras, fuesen o no fundadas, esas acusaciones no perjudicaron sensiblemente el renombre de Apolo Délfico. Su papel, en materia propiamente política, fue más bien en el sentido de prestar una caución a las empresas de las potencias, que de intervenir directamente en sus asuntos. Cuando estuvo más estrechamente mezclado con ellos fue por el intermedio de la Anfictionía, con ocasión de las guerras sagradas. Fuera de esas circunstancias, Delfos no fue más que un testimonio, no un actor. Apolo, dios de toda ciencia, quedó siendo la más alta autoridad religiosa y moral, la que indicaba los medios eficaces para poner fin a alguna calamidad nacional y borrar las señales de la mancha que la causaba. Así fue para Tasos a propósito de Teógenes. Soberano mantenedor de las tradiciones religiosas, experto en ritos de purificación, el oráculo tomó además por su cuenta una cierta forma de sabiduría. Dos máximas estaban inscritas a la entrada del templo: Conócete a ti mismo y Nada en exceso: ¿Consejo de moral práctica? ¿Útil recuerdo de los límites que la debilidad del hombre impone a la satisfacción de sus ambiciones y sus apetitos? ¿Puesta en guardia contra la desmesura, la hibris, a la que sucumbieron tantos tiranos? ¿O pensamiento más profundo preconizando la introspección y la ascética?. No es cerca del sacerdocio de Delfos ni de las respuestas del oráculo donde hay que buscar esclarecimientos sobre el sentido de tales preceptos. Basta a la gloria de Apolo Délfico que Sócrates y Platón, después de Esquilo y Píndaro, hayan meditado sus máximas. El dios se ha presentado por ello, como se le llama en la República ""el director de conciencia tradicional de todos los hombres"". Sólo se sabe imperfectamente, cómo se consultaba el oráculo. No se tenía permiso para hacerlo más que ciertos días favorables, lo bastante escasos para que se hiciese cola en el santuario. Los delfianos podían conceder, a cambio de servicios prestados al dios o a su ciudad, el privilegio de la ""promancia"", es decir, la prioridad para la consulta; era un favor apreciado, que los beneficiarios recordaban con gusto por medio de una inscripción, como aquella que las gentes de Quío hicieron grabar en el siglo IV en el altar del gran templo, del cual habían pagado el coste. Los consultantes pagaban una cantidad de dinero, el ""pelanos"", así llamado porque reemplazaba la torta habitual (sentido propio de la palabra pelanos) que había servido primitivamente de ofrenda previa. Esta tasa podía variar de una ciudad a otra, siguiendo las convenciones establecidas con los delfianos. Era sensiblemente más cuantiosa cuando la consulta era hecha por una ciudad y no por un particular. Después se ofrecía un sacrificio, una cabra, según Plutarco. Antes de inmolarla, se la rociaba con agua fría; si no temblaba bajo esta ducha, se consideraba que el dios rechazaba responder y la consulta no tenía lugar. En caso contrario, los consultantes, después de haber entregado por escrito el texto de la cuestión que deseaban plantear al dios, eran introducidos en el templo donde el oráculo iba a ser dado. El estado de destrucción en que se encuentra el templo no ha permitido reconocer con precisión la disposición de los lugares. Se sabe únicamente que había, como en la mayor parte de los templos griegos, un vestíbulo y una gran sala, en el fondo de la cual se abría el local del oráculo, pero éste no ha dejado ninguna señal sobre el terreno. Estaba situado en la parte baja, pues los textos nos dicen que se descendía a él. ¿Se trataba verdaderamente de un subterráneo o se descendían solamente algunos peldaños? Ningún indicio seguro permite decidir sobre ello. Parece que los consultantes no penetraban en la parte más oculta, que era propiamente el aditon, el lugar de acceso prohibido, donde estaba la Pitia. El papel de esta profetisa, que era el instrumento del dios, no está completamente esclarecido. Escogida entre las delfinianas, vivía casta y retirada a partir del momento en que se la había designado para esta función. En el momento de las consultas se sentaba en el aditon sobre un trípode, cerca de una piedra sagrada en forma de cúpula a la que se llamaba el ""ombligo"" (onfalos) y que pasaba por indicar el centro de la tierra. En el aditon se encontraba una grieta de la roca, de la que, según ciertos autores, saldría una exhalación propia para suscitar el delirio profético. A decir verdad, la realidad misma de esta exhalación es muy discutida; es probable que no haya existido más que en la imaginación de los asistentes, que la asociaban a la intervención divina. Sentada en el trípode, la Pitia mascaba hojas de laurel y bebía agua de una fuente sagrada, Casotis, que brotaba a alguna distancia por encima del templo y que, según Pausanias, se decía que reaparecía en el aditon después de un recorrido subterráneo. Después la profetisa entraba en una especie de trance y balbuceaba palabras confusas. Como la mayor parte de los oráculos délficos que han sido conservados están en verso, es preciso admitir que los vaticinios de la Pitia sufrían una elaboración ulterior antes de ser entregados a los interesados. Se supone que los responsables de esa ""puesta en forma"" eran funcionarios sacerdotales que se llamaban los profetas. Una copia de cada oráculo era guardada en los archivos del santuario. Una parte de estas profecías están formuladas de una manera obscura o ambigua. Justificaban el sobrenombre de Loxias, el Oblicuo, que fue dado al Apolo de Delfos. Esta obscuridad misma, como el empleo de la forma versificada, subraya bien la originalidad del oráculo, a saber su carácter fundamentalmente verbal. Incluso si, entre nuestros textos, muchos son falsificaciones hechas post eventum (y no es siempre fácil demostrarlo), esas falsificaciones no habrían encontrado ninguna fe si no hubiesen estado conformes al tipo habitual de los oráculos emitidos en Delfos. Se debe pues admitir que el proceso esbozado antes era el proceso normal de las consultas píticas. Al lado de éste, existían otros, como se ha demostrado recientemente, basándose en un documento epigráfico explícito que revela una consulta por sorteo. En este caso, el dios escogía entre dos soluciones (a veces entre mayor número), previamente formuladas por el consultante. ¿ La Pitia intervenía también en estos casos? No es en manera alguna seguro. Para terminar, cabe apuntar que algunas de las obras conservadas en el museo de Delfos deben ser recordadas por su relevancia como puntos de referencia visuales del santuario: la esfinge situada sobre una columna de más de doce metros de altura, erigida al sur del templo como un exvoto por los habitantes de Naxos, hacia el año 560; la columna (su altura original era de trece metros de altura) con las korai bailando, levantada por los atenienses en el 325; las espléndidas estatuas de Daoco II, probablemente réplicas contemporáneas de los originales de bronce de Lisipo, erigidas al noroeste del templo. Hoy el lugar se llama Castri.

)o( MITOLOGÍA.- Esta ciudad, decían los antiguos, estaba situada en el centro de la tierra. Zeus, dice Claudio, queriendo señalar el centro del universo, hizo volar dos aguilas con igual velocidad, la una desde oriente y la otra desde poniente y las dos se encontraron en esta ciudad. De esto vino el que se pusiese en el templo de Delfos un ombligo del cual pendía una cinta. Indicando el cordón umbilical del mundo y sobre el cual había grabadas dos águilas en memoria de este suceso. Guardando Loretas, pastor, su rebaño cerca del monte Parnaso, se dice que reparó que sus cabras, acercándose a una especie de abertura, saltaban y daban gritos. Se acercó él mismo e inspirado por los vapores que de allí salían, se puso a profetizar. Habiendo los habitantes de aquellas cercanías experimentado el mismo entusiasmo, supusieron que este prodigio lo producía la misma tierra; desde entonces se honró en aquel mismo lugar esta divinidad invisible: se le ofrecieron cabras en sacrificio y después se edificó allí un templo y la ciudad de Delfos. La Tierra por consiguiente fue la primera que estuvo en posesión del oráculo que dividió con Posidón. De esta diosa pasó a Temis, su hija, que lo poseyó desde el diluvio de Deucalión. Después, habiendo ido Apolo al Parnaso revestido de su traje inmortal, perfumado con esencias y sacando sones melodiosos de su lira de oro, se apoderó a la fuerza del santuario, mató el dragón a quien la Tierra le había confiado su guardia y se hizo dueño del oráculo. Este, en poder de Apolo, sobrepujo a todos los demás por su celebridad y duración. Griegos, extranjeros, particulares y príncipes iban a consultarle de todas partes, naciendo de aquí los infinitos presentes y las inmensas riquezas de que estaba llena la ciudad y el templo y que llegaron a ser tan considerables que se comparaban con las de los reyes de Persia. El primer templo no era más que una choza hecha con ramas de laurel. Las abejas, dice Pausanias, formaron con su cera una segunda capilla. El tercer templo de bronce fue levantado por Hefesto y había en el techo vírgenes de oro, a las cuales Píndaro atribuye una voz encantadora. Pero la tierra se entreabrió poco tiempo después y tragó este tercer edificio. El cuarto, construido de piedra por Agamedes y Trofonio, fue devorado por las llamas. En fin, los amfictiones hicieron levantar el último de la plata que los pueblos habían consagrado a este uso, y fue el más grande y el más rico. Este oráculo era muy antiguo y florecía cerca de un siglo antes de la guerra de Troya. Ver, Pitia, Píticos, Pitón, Trípode Sagrado.

 
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