Orientalizante
Tradicionalmente, el término orientalizante referido a la antigüedad designa el segundo período del arte griego que sucede al geométrico que, ciertamente, incorpora numerosos elementos formales próximo-orientales. Sin embargo, a lo largo del siglo XX, esa acepción ha sido superada por un concepto de más amplio alcance y menos lineal, que señala el papel de Oriente en el proceso social detectado, no sólo en Grecia, sino en otros lugares, durante los ss. VIII y VII a.C., al iniciarse la emergenca de grupos aristocráticos e instaurarse las primeras sociedades complejas en paralelo a la difusión de multitud de importaciones o imitaciones orientales entre los grupos privilegiados. Los elementos de ostentación (tanto en el adorno personal, como en el ritual) de esas minorías son fundamentalmente de estilo oriental, de modo que buena parte de las mismas se convierte en clientela de los centros artesanales en donde se producen tan codiciados y selectivos bienes, aunque no se trata únicamente de un hecho comercial sino, con múltiples gradaciones, de una emulación ideológica de lo que en Oriente significa prestigio y poder. El ritual aristocrático del vino, el gusto por los perfumes e inciensos orientales, las celebraciones de banquetes fúnebres y la posesión de pacotilla egiptizante se repite (con variantes) en las culturas chipriota, suritálica, etrusca, sarda y tartésica de esta época, hasta el punto de poder afirmarse que todo el Mediterráneo, incluido su pórtico atlántico, mira al este, sensible al boato oriental, y ello, especialmente, en el caso de las comunidades indígenas que avanzan hacia la civilización. De este modo, la arqueología permite afirmar que, en un momento dado, todo lo extraordinario viene de Oriente, al tiempo que pone de manifiesto que se trata de un conjunto de elementos exóticos, clasificable en términos de "pequeñas obras de arte" por su tamaño reducido, llamativas por la materia de que están hechas y por la perfección de su realización, rara vez achacable a un trabajo en serie. El bronce, el oro, la plata, el alabastro, los huevos de avestruz y, muy especialmente, el marfil, son sinónimo de rango, decorándose con temas centrados en la figuración de animales, reales o fantásticos, acompañada por motivos florales y dejando para la figura humana un espacio menor, de excepción, muchas veces en conjunción con el mundo animal, en composiciones de tipo despotes o potnia, dominando la fuerza animal. Se conocen talleres para algunos de estos objetos. El norte de Siria era famoso en el trabajo del alabastro y de la fayenza; en Rodas y en Creta se trabajó el marfil y el bronce; Chipre fue un núcleo artesanal crucial en esta etapa; en Italia, desde Etruria a Calabria, se reconocen centros de producción de objetos orientalizantes, lo mismo que en Cerdeña y en Tartessos. Además, se afirma con frecuencia la itinerancia de artesanos al servicio de la demanda, lo que contribuye a diversificar los aspectos tecnológicos y los matices estilísticos de las piezas en cuestión. Sin embargo se atribuye a los fenicios, en términos generales, la difusión hasta el Extremo Occidente de artesanías egipcias, al menos hasta mediados del siglo VII a.C., cuando empieza a actuar comercialmente Naucratis. Por lo tanto, las redes comerciales que genera este gusto por lo oriental no son, tampoco, sencillas de trazar, aunque es evidente que coinciden en el tiempo con la expansión fenicia y la colonización griega, lo cual, a su vez, determina otro factor más a la hora de evaluar el fenómeno en las distintas áreas geográficas, de acuerdo con los contactos externos predominantes en cada caso. Ver, Período orientalizante.

