Biblioteca de Alejandría

Según el polemista cristiano S. Ireneo (siglo II), fue Ptolomeo I Sóter quién fundó la "Biblioteca Alexandrina" y el "Museion", en 295 a.C., gracias a los consejos de los sabios griegos Eudoxio, Demetrio de Falero, y del propio Aristóteles, de quien afirmaba Estrabón que enseñó a los Ptolomeos a formar su Biblioteca, bajo la forma clásica de un gymnasium y sus anexos. Ya bajo su reinado, sus mensajeros eruditos, entre ellos Hecateo y Manetón, bajaron al Alto Egipto a rebuscar papiros en los archivos de los templos, y fueron por todo el mundo a comprar miles de libros para hacerlos traducir al griego. Calímaco de Cirene, poeta griego y conservador de la Gran Biblioteca, hizo un catálogo gigantesco de sus vastos fondos en tiempos de Ptolomeo II, el "Pinakes". La pasión de los Ptolomeos por los libros y manuscritos, acumuló en la Gran Biblioteca pública del Bruchion, la ciudad real, todo el saber del mundo conocido, coleccionando miles de libros. Medida genial de visión universal que Vitubrio, en el siglo I a.C., en su De Architectura, llamaba con admiración y gratitud "La Memoria de la Humanidad', que aquellos soberanos macedonios habían preservado de la sabiduría antigua de todos los países y tiempos, haciendo de Alejandría el centro más prestigioso de la cultura helenística. La Biblioteca fue una institución independiente, esencialmente helenística, que nunca dirigió un egipcio. A su frente había un director nombrado directamente por el rey, cargo de una gran relevancia social. Su larga lista incluye literatos, científicos y filósofos llegados de Grecia, Bizancio y Asia Menor, responsables de la originalidad de sus ediciones críticas y de sus avances científicos. En sus orígenes la Biblioteca era, sin duda, un complemento indispensable del Museo, donde vivían y enseñaban los sabios alejandrinos. Se alzaba junto al puerto, según los últimos estudios publicados, dentro del Bruchion. La sede de la Gran Biblioteca, que Tito Livio describía como "el más bello de los monumentos", estaba al fondo del gran patio columnado del suntuoso Museo, y tenía numerosas salas con estantes para libros (los armaria que consultaban los sabios) y habitaciones para los escribas y artistas que copiaban y preparaban los rollos, cobrando a tanto por línea, a 13 dracmas por 6.300 líneas, según nos cuenta un papiro del siglo II de Oxyrhynchos. Todos los Ptolomeos siguieron coleccionando miles de manuscritos griegos, judíos, egipcios, persas e indios. Todos los navíos, viajeros y sabios que pasaban por Alejandría estaban obligados a dejar en ella los manuscritos originales que poseían, recibiendo copias a cambio. Eran los "libros de navíos", como los llama Galieno. En todos ellos se anotaban los nombres de los antiguos propietarios y se depositaban en pilas en ciertos almacenes especiales, las "apothekae", para que los empleados de la Gran Biblioteca, los "hyperetae", procedieran a su registro y clasificación antes de ser utilizados. Ptolomeo II Filadelfos compró la Biblioteca de Aristóteles y Teofrasto y reunió 400.000 libros múltiples (symonigeis) y 90.000 simples (amigeis), según un texto célebre de Jean Tzétzès (De Comaedia, siglo XII), basado en una antigua fuente, posiblemente Aristeo, añadiendo que los depósitos externos, o sea, la futura Biblioteca-Hija, ya albergaban 42.800 libros en esa época. En realidad fue Ptolomeo III Evergetes quien fundó en el Serapeum la Biblioteca-Hija, segunda biblioteca pública de la ciudad, por quedarse pronto pequeña la Biblioteca-madre en tiempos de su real antecesor, acumulando los libros que desbordaban la Gran Biblioteca. Así pues, Alejandría mantuvo dos grandes bibliotecas públicas a partir del siglo III a.C., aunque curiosamente ninguna fuente antigua se hizo eco de este hecho, lo que ha dado lugar a no poca confusión entre los eruditos. Habrá que esperar hasta finales del siglo IV d. J.C. para que Epifanio nos hable de las dos diferentes bibliotecas de Alejandría. La Gran Biblioteca, llamada también la Biblioteca Real, fue la más grande, rica e importante de la antigüedad, la más mítica y famosa, visitada por sabios y estudiosos de todos los rincones del mundo conocido. Fue considerada el mayor centro helenístico para los estudios científicos, filosofía, jurisprudencia, literatura clásica o medicina, sobrepasando a sus rivales de Atenas y Antioquía. Griegos, egipcios, fenicios, árabes, persas e indios buscaban en sus archivos y se sentaban en sus bancos de piedra, bajo los pórticos, mirando el Faro y el mar azul encrespado, mientras abrían los papiros con sus manos. Fue tan grande su brillo que, tras su desaparición, la memoria de la Biblioteca se preservó en las esferas del mito, en la nostalgia de un pasado dorado, reforzada por los enigmas de su trágico fin y su ignoto destino. En los dos primeros ss. de su existencia sólo el historiador griego Hecateo de Abdera, de la época de Alejandro y el primer Ptolomeo, residente en la corte alejandrina y viajero por el Alto Egipto, nos habla indirectamente de la Biblioteca recién fundada por Ptolomeo I, en su fantasiosa Aegyptiaca, del siglo III a.C. mezclando su recuerdo con la biblioteca sagrada del Ramesseum tebano. La única transcripción de los escritos de Hecateo nos llega a través de un gran admirador suyo, Diodoro de Sicilia, historiador griego de principios del siglo I a.C., quien visitó Egipto, apasionado por sus misterios, viajó también a Tebas, ya en ruinas, y escribió una amplísima Bibliotheca Histórica, donde compendia con fidelidad los testimonios de sus predecesores. Es realmente en la Carta de Aristeo a Filocrates, de este autor judío del siglo II a.C., escrita en griego en Alejandría, en donde se cita por primera vez la Gran Biblioteca con las colecciones de "libros reales", apuntando que contenía 200.000 libros acumulados por Ptolomeo II, siendo su testimonio el primer recuento que conocemos. Añade Aristeo en su Carta que fue testigo del diálogo entre Demetrio y el faraón Lágida, cuando éste visitó la Biblioteca, a quien el sabio griego aseguró que pronto llegarían a los 500.000 libros que ambicionaban. Aunque muy valiosos, los testimonios de Aristeo no concuerdan exactamente con los hechos históricos. En todo caso, la colección de libros alejandrinos era inmensa y única en el mundo. En el 48 a.C. los autores afirmaban que llegaba a 400.000 o incluso a 700.000 libros, según Aulio Gelio. Posiblemente en algún momento de su historia pudo sobrepasar el millón de libros, provenientes de Etiopia, India, Persia, Elam, Babilonia, Caldea, Roma, Fenicia y Siria, según Epifanio. Los testimonios de Tito Livio, Séneca, Plutarco, Lucano, Dion Casio, Aulio Gelio, Amiano Marcelino, Floro y Orosio, que van del siglo I a.C. al siglo IV d. J.C., sitúan el incendio de la Gran Biblioteca en época muy temprana, en el siglo I a.C., durante la "Guerra Alejandrina" de Julio César. Son muy pocos los que no mencionan el incendio, entre ellos Histius y el propio Julio César, quien en su Bellum Civile describe la batalla alejandrina pero silencia el desastroso incendio de la Biblioteca, argucia inútil que sólo sirve para poner todavía más en evidencia su responsabilidad ante la magnitud del desgraciado episodio bélico. Es pues, precisamente con Julio César, causante material del incendio, con quien se inicia la saga de silencios en torno al fin de la Gran Biblioteca de Alejandría. Otros también callan, como Estrabón, el alejandrino Appiano o Cicerón. De hecho, nadie hasta los años finales de la dinastía Julio-Claudia se atrevió a contradecir la versión de Julio César, estableciéndose una auténtica censura política a la versión histórica, que sólo se arriesgaron a romper las clases senatoriales opuestas al sistema imperial que destruyó la República romana, los que consideraban a Julio César como un tirano. La destrucción parcial o total de la Gran Biblioteca en el 47 a.C. acabó con aquella institución. A partir de entonces nadie volvió a hablar de ella, ni siquiera Estrabón, geógrafo griego que visitó Alejandría en el 24-20 a.C., poco después del suicidio de Cleopatra y del desastre de la Biblioteca, quien, en su Geografía, ya sólo menciona el Museo, que seguía formando parte de los palacios reales y cuyo director era nombrado por César Augusto; prudentemente, no habla de la Biblioteca al describir Alejandría, como tampoco del fuego que la había destruido. Aunque desapareció "de facto" tras el incendio de César como institución independiente, se podría inferir la existencia de los restos de la Gran Biblioteca, definitivamente incorporada al Museo, de las visitas que hicieron al Museo ptolomaico los emperadores Vespasiano, Domiciano, Adriano y Marco Aurelio, para participar en las discusiones de los sabios alejandrinos. También de la transcendental decisión del mismo Domiciano, quien al principio de su reinado mandó reconstruir las bibliotecas del Imperio que habían sido incendiadas, según nos cuenta Suetonio en su Vida de Dominiciano; el emperador envió emisarios por todo el mundo a recolectar copias de los libros desaparecidos, "a los que dirigía hacia Alejandría encargados de copiar y corregir los textos". Asimismo, se podría deducir la existencia de la Biblioteca en el relato de Séneca sobre la preparación que hizo Didymo, sabio alejandrino del Museo (siglo I a.C.), de sus Comentarios, con los libros de la Biblioteca de Alejandría en época de Estrabón y, por tanto, después del incendio. O de la presencia en el Museo de sabios como el propio Estrabón, que estudió en sus archivos las crecidas del Nilo; Aristonicus, que escribió un libro sobre el Museo; Apión; Herculides; Thyphón o Habrón; y de un cierto Valerio Diodoro, quien en el 173 era "ex-subdirector de la librería y miembro del Museo". En todo caso, por si quedara alguna duda, otras fechas posibles de la definitiva destrucción de la Gran Biblioteca serían cuando en el siglo I, en medio de constantes enfrentamientos entre griegos y judíos alejandrinos, el barrio de estos últimos, cercano al real, fue incendiado; o cuando Alejandría fue destruida dos veces por Caracalla (211-217) y Valeriano (253); otra cuando en el 269 se dio la desastrosa conquista de la ciudad por Zenobia, reina de Palmira; o en el 273, cuando Aureliano saqueó y destruyó completamente el Bruchion, según nos cuenta Amiano, desastre al que no pudieron sobrevivir ni el Museo ni su Biblioteca. De hecho, dicen que en aquella ocasión los sabios griegos se refugiaron en el Serapeum, que nunca sufrió con los desastres romanos, y otros emigraron a Bizancio; cuando Diocleciano (294-5) destruyó la ciudad de nuevo, el Museo y su Biblioteca aneja estaban ya abandonados, siendo pronto olvidado el lugar mismo donde se levantaban antaño aquellas instituciones famosas, como nos confirma Epifanio. Ver, Serapeum de Alejandría, Pinakes, Pergamena, Bibliotecas.
 
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