Juegos romanos

Los espectáculos de atletismo importados de Grecia no llegaron a entusiasmar tanto a las multitudes romanas como los juegos nacionales, pues no pertenecían como éstos a la tradición religiosa más profunda de la ciudad. Los juegos romanos, en su esencia, son actos religiosos. Representan un rito necesario para mantener las buenas relaciones deseadas entre la ciudad y los dioses. Este carácter primitivo no será olvidado jamás, y hasta mucho más tarde, la costumbre impuso que se asistiese con la cabeza descubierta a los combates del anfiteatro o a las carreras del circo, como se asistía a los sacrificios. Los juegos más antiguos fueron los juegos romanos (Ludi Romani), llamados también Grandes Juegos (Ludi Magni). Se celebraban en los idus de septiembre y duraban, al comienzo, cuatro días, antes de extenderse a dieciséis días completos después de la muerte de César. Comenzaban con la ofrenda solemne a Júpiter de un gran banquete en el que participaban los magistrados superiores y los sacerdotes. Después, el mismo Júpiter, representado por el cónsul o el pretor en traje triunfal (toga bordada resplandeciente de púrpura y corona de encina), iba en cortejo desde el Capitolio hasta el Circo. Le acompañaba la ciudad entera, alineada en sus cuadros cívicos, los caballeros a la cabeza, después las centurias de jóvenes. Detrás de ellos venían los concursantes, rodeados de danzarines, de mimos, de todo un carnaval burlesco en el que se encontraban las siluetas de los silenos y de los sátiros, indecentes y abigarrados. Conocemos bien a estos danzarines, con sus contorsiones bárbaras; figuran ya en las pinturas de las tumbas etruscas, y es sin ninguna duda del mundo etrusco de donde los ha tornado el ritual romano, cuando los Tarquinos instituyeron estos juegos. Ritmaba la marcha del cortejo una música estridente de flautas, de tamboriles, de trompetas... Después de los danzarines avanzaban los porteadores; sobre sus espaldas, en angarillas, llevaban pesados objetos preciosos sacados para esta ceremonia de los tesoros sagrados: vasos de oro, jarras llenas de perfumes, todo lo que la ciudad poseía de más rico y de más raro. Por último, llegaban los dioses: antiguamente representados por maniquíes revestidos de los atributos de cada divinidad; más tarde, a partir del siglo III a.C., se paseó a las estatuas mismas. Llegado al Circo, el cortejo se detenía, los dioses eran instalados en el pulvinar, su lecho sagrado, sobreelevado, desde donde podían gozar mejor del espectáculo. Tal era el ceremonial de los Grandes Juegos, y también el de los Juegos Plebeyos, que no tardaron en duplicar a los primeros. Pero estos juegos no eran los únicos del calendario romano. A cada crisis bajo la República, más tarde a cada nuevo acontecimiento, venían a añadirse otros. Después de los grandes desastres de la segunda guerra púnica, fueron los Juegos Apolinarios (212 a.C.) los que reservaron un amplio espacio a las demostraciones hípicas y a los "volatineros" (desultores), probablemente bajo la influencia de Tarento. Otros juegos estaban relacionados con los cultos agrarios: juegos de Ceres, en el mes de abril, juegos de Flora, que les sucedían y duraban hasta el 3 de mayo. En ellos se mezclaban a las exhibiciones ordinarias ritos particulares, cuya significación no es siempre clara para nosotros, como tampoco lo era para los romanos. En los juegos de Ceres se soltaban zorros en el Circo a cuya cola se había atado una antorcha encendida. En los juegos de Flora, era la costumbre que las cortesanas de la ciudad se exhibiesen en danzas lascivas, completamente desnudas. Este último rito es bien claro: se trataba de la primavera del año, del retorno a su pleno vigor de las fuerzas de la fecundidad, y nadie se habría atrevido a suprimir un espectáculo tan indecente por temor a hacer el año estéril. En el 204, cuando los romanos, por orden de los Libros Sibilinos, trasladaron a su ciudad a la diosa Cibeles, que fueron a buscar a Pesinunte, en Frigia, instituyeron juegos en su honor; fueron los Ludi Megalenses, celebrados por vez primera según el rito habitual de los juegos romanos. Los más antiguos fueron las carreras de carros del circo (ludi circenses), por los que los romanos sentían gran pasión. Eran también muy célebres entre los juegos fijos, los Seculares (Ver). Los votivos eran los que se habían prometido celebrar, si salía felizmente alguna empresa, o si alguno se libraba de alguna calamidad. Los extraordinarios eran los quedaban los emperadores cuando iban a partir para la guerra, los de los magistrados antes de entrar en su dignidad, los juegos fúnebres etc. La pompa de todos estos juegos no consistía menos en la magnificencia de los espectáculos que en el gran número de víctimas, y sobre todo, de gladiadores, espectáculo favorito del pueblo romano. Pero en el 194 se intercalaron en ellos representaciones teatrales, que tomaron cada vez más importancia. Ya, desde el año 140, los Ludi Magni llevaron aparejadas representaciones semejantes, e incluso, si hay que creer a Tito Livio, los primeros juegos escénicos habrían sido introducidos desde el año 364 a.C., en el curso de una terrible peste, a fin de apaciguar la cólera de los dioses. Estaban entonces directamente imitados de un rito etrusco. Todavía no eran más que pantomimas sin recitación. La juventud romana, a su vez, se habría dedicado a danzar de la misma manera, añadiendo a la pantomima palabras satíricas y cantos. De esta unión entre la poesía popular y la danza sagrada habría nacido un género nuevo que se llamó satura y que fue un esbozo del teatro. Pero el teatro no apareció con certeza hasta el año 240, cuando el tarentino Livio Andrónico utiliza la satura para la puesta en escena de una intriga dada. Roma acababa entonces de vencer a Cartago y había impuesto su primacía no solamente en Italia continental, sino también en Sicilia, y las ciudades griegas la miraban con cierto respeto. Los romanos, para no quedar atrasados, parecen haber querido modernizar sus ceremonias arcaicas y fue sin duda entonces cuando pidieron a Livio Andrónico que reformase los juegos inspirándose en los de las ciudades griegas. Desde finales del siglo III a.C., no hubo casi juegos sin representaciones teatrales. Éstas alternaban con las carreras de carros, y esto explica la prolongación de los juegos, que tendieron a ocupar un número de días cada vez más considerable. Ver, Agón, Gladiadores, Fiestas romanas, Venatio.
 
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