Nemrut
o Nemrut Dag o Nemrut Dagi. Cuando el sol se pone en las montañas del Antitauro, en el corazón profundo de Turquía, el último rayo acaricia los rostros pétreos de los dioses. Su trono se encuentra en la cima más alta de la región, y desde aquí dominan las tierras del antiguo reino de Commagene. A poca distancia corre el Éufrates, rápido y poderoso, muy distinto del que acabará por derramarse en las planicies de Mesopotamia. Parece que las estatuas colosales de los dioses se iluminan con el último suspiro del día, y despiden al sol desde su trono justo antes de que la noche caiga sobre estas colinas agrestes. Desde hace más de 2.000 años los dioses de piedra de Nemrut Dag resisten a la nieve, al viento y a los frecuentes terremotos que sacuden periódicamente las tierras de Anatolia. Fue el emplazamiento elegido por Antíoco I, el monarca de un reino casi olvidado en las brumas del tiempo, para consagrarse como uno más de los grandes dioses. Para ello creó una cumbre artificial sobre el punto más elevado de su reino, donde, tras su muerte, se guardaría su sarcófago y su tesoro. El sistema fue el amontonamiento progresivo de muchos miles de toneladas de guijarros, unos encima de otros. El santuario fue erigido en el siglo I a.C. en "el lugar más elevado" del reino, según reza una inscripción en la base de las estatuas, "en la más cercana proximidad del trono celestial de Zeus". Además de la cumbre artificial, que eleva todavía 50 metros la altura de la montaña, los trabajadores excavaron tres tribunas en la roca. En dos de ellas, las terrazas oriental y occidental, colocaron dos formaciones similares de gigantescas estatuas, de ocho a diez metros de altura. Allí se encontraban Antíoco y sus dioses, como en un Olimpo real construido con piedra blanca y soberbia sin límites. La terraza septentrional aparentemente no estaba adornada, salvo por un águila guardián y una fila de estelas. Durante siglos nadie honró la gloria efímera de Antíoco, y tanto el nombre de Commagene como el de sus reyes se perdieron en el olvido. El trono de los dioses de Nemrut Dag es el ejemplo del encuentro fértil de las dos grandes civilizaciones. En una de las paredes de la terraza occidental se aprecian los relieves que representan a los antecesores persas de Antíoco, y en otra, a los griegos. El monarca representaba en su persona el proceso de unión cultural que originó en Commagene esta fusión de dioses, ya que se proclamaba descendiente directo de Alejandro Magno a través de su madre y de la dinastía persa aqueménida por su padre. Las estatuas de su santuario combinan los caracteres de las deidades veneradas por los ascendientes del rey. En un extremo de las plataformas se sentaba el héroe-dios de la fuerza, una fusión de Hércules, Artagnes y Ares; a su lado, el dios Sol, que combina elementos de Apolo, Mitra, Helios y Hermes; en el centro, el padre de los dioses, Zeus-Oromasdes; junto a él, Fortuna, la diosa de la fertilidad de Commagene; finalmente, en el otro extremo, el propio Antíoco. Siglos de erosión y vandalismo han derribado todas las estatuas al suelo. Un elemento importante de Nemrut Dag es la estela del león, que probablemente sea el horóscopo griego más antiguo que se conozca. Este relieve, con 19 estrellas esparcidas sobre el cuerpo de un león o cerca de él, con una luna creciente en su pecho y la conjunción de tres planetas, identificados por las palabras griegas para Mercurio, Marte y Júpiter, representa la fecha del 7 de julio del 62 a.C., que tal vez fuera la de la fundación del santuario. Hasta hace unos pocos años el trono de Antíoco y sus dioses reinaba sobre el olvido, pero poco a poco emerge de las tinieblas del pasado como una fabulosa amalgama de Oriente y Occidente, de Grecia, Persia y Anatolia. Ver, Comagene, Arsameia.

