Animales
)o()o( En Grecia, la mitología, como explicación de los orígenes, debía aclarar el de los seres vivos. Zeus había encomendado la tarea de crearlos a dos Titanes, Prometeo y su hermano Epimeteo, cuyos nombres significan, respectivamente, "previsor" e "imprevisor". Ambos tenían a su disposición cierto número de cualidades, en cantidad ilimitada, con las que podían dotar a su gusto a los seres que se les había encargado crear. Dado su carácter, Epimeteo se puso manos a la obra sin reflexionar y creó los animales, repartiendo entre ellos prácticamente todas las cualidades que los dos hermanos tenían en reserva. De este modo Epimeteo distribuyó generosamente entre los animales cualidades tales como la fuerza y la velocidad, la astucia y el valor, y todo tipo de atributos físicos de defensa o de ataque, de tal modo que la reserva estaba prácticamente agotada cuando quiso empezar a crear a los hombres. Prometeo tuvo que encargarse de reparar, en la medida de lo posible, la imprevisión de su hermano. Lo consiguió mal que bien, pero para ello tuvo que robar a los dioses el fuego celeste, único medio para paliar la inferioridad física e incluso "psicológica" a que los hombres parecían abocados respecto a los animales. Los mitos grecorromanos son un sorprendente hervidero en el que pululan los animales más diversos; algunos investigadores han podido detectar en esta profusión la huella de antiquísimas religiones totémicas. Ver, Bestiario, Humanidad, Prometeo.
)o()o( En Roma, cada divinidad tenía su animal favorito: el león estaba consagrado a Vulcano; el lobo y el gavilán a Apolo, por la perspicacia de su vista; el cuervo, la corneja y la cigüeña al mismo, porque tienen, según se dice, un instinto natural para conocer lo futuro; el gallo también lo era al mismo porque con su canto anuncia la venida del sol, y a Mercurio como símbolo de la vigilancia que exigía la acumulación de sus empleos. El perro a los dioses lares; el toro a Neptuno, a causa del bramido de las olas; el dragón a Baco y a Minerva; los grifos a Apolo; la serpiente a Esculapio; el ciervo a Hércules; el cordero a Juno; el caballo a Marte; la ternera a Isis; el águila a Júpiter; el pavo a Juno; el búho a Minerva; el buitre a Marte; la paloma y la mona a Venus; el halcón a Tetis y el fénix al Sol.
)o()o( En el Egipto antiguo, al igual que en todas las sociedades agrícolas, los animales representaron un considerable papel. Los egipcios, que habían heredado de sus antepasados protohistóricos varios animales domésticos, intentaron domesticar muchos otros, como las grullas y hasta las hienas. Los animales salvajes representaban para ellos un resto del caos primitivo que había precedido a la organización del mundo. Las cacerías reales se concebían, por lo menos en el Imperio Nuevo, como una participación a la obra creadora del demiurgo. Algunas de las cualidades de los animales, como el instinto, el temor que inspiraban otros o la producción capital que facilitaban a la economía (la vaca, por ejemplo) debieron de conferir tempranamente a algunos de ellos, un carácter sagrado. Algunos, como el halcón o el morueco, adquirieron gran importancia social en virtud de que representaban un dios adorado por varios grupos sociales. De modo que los animales fueron asociados al culto. Los propios dioses, que podían manifestarse en tal o cual individuo de un género determinado, tomaron figura de animal: Hathor tiene a veces cabeza de vaca, y posee siempre orejas de ésta. Thot se presenta siempre con cabeza de ibis, lo que no le impide tener también por animal sagrado al babuino. Amón tenía el morueco y la oca, etc.. Pero fue en la época tardía solamente cuando el culto a los animales tomó extraordinarias proporciones. Fundábase este culto:
)o( 1º.- Sobre el que antiguamente se había tributado a los astros, a los cuales se les dieron nombres de animales que todavía conservan.
)o( 2º.- Sobre una tradición egipcia relativa a que los dioses, perseguidos por Tifón, se habían ocultado bajo la figura de diferentes animales.
)o( 3º.- Sobre el dogma de la metempsicosis, según la cual hay una circulación continua de almas entre los diferentes cuerpos humanos y los de animales.
)o( 4º.- Finalmente, sobre la utilidad que tenían para los egipcios algunos de estos mismos animales. Así es que reverenciaban a Ibis destructora de las serpientes, y al icneumón, cazador de los huevos de los cocodrilos. )o(
Se llegó a declarar sagrada a toda la especie en litigio. Pero como no era sagrada la misma en el nomo vecino, estallaron verdaderas guerras entre territorios, como la que menciona Plutarco entre Oxirrinco, donde la gente mataba a los perros, y Cinópolis, donde se comía el pescado oxirrinco. Los templos poseían todos animales sagrados en mayor o menor cantidad: los ibis y los babuinos abundaban en el templo de Thot, en Hermópolis. También había ciertos animales que simbolizaban la divinidad, como el escarabajo, representado abundantemente como figura e imagen del dios sol. Alojados y mantenidos con un cuidado particular durante su vida, eran embalsamados después de su muerte y enterrados respetuosamente en las catacumbas que les tenían destinadas. Era castigado de muerte cualquiera que se hubiese atrevido a matar alguno de ellos. Se han encontrado las interminables galerías de sus sepulturas en Tuna el Gebel. Había vacas sagradas en Dendera, moruecos en Karnak y ocas y toros Bukhis en Ermontis, donde se han encontrado sus tumbas, y moruecos y peces lates en Esna. El Serapeum de Menfis, descubierto por Mariette, contenía, entre otras, las galerías donde estaban enterrados los toros Hapis. No son éstos más que algunos ejemplos. Los teólogos, por supuesto, no veían en el toro Hapis más que el heraldo de Osiris; en Mnevis, el heraldo de Ra. El morueco era solamente para ellos el bai prestigioso de Amón Ra. En los límites donde no se atrevían a aventurarse los hombres, en el fondo del desierto, los egipcios colocaban animales fantásticos, apenas percibidos a lo lejos por algún viajero aterrorizado. Fueron los descendientes de esos monstruos los que atormentaron a los ascetas cristianos en su soledad ardiente.
)o()o( En iconología, el gallo es considerado como el símbolo de la vigilancia; la tortuga de la castidad; la tórtola, de la fe conyugal; la paloma, de la sencillez; el pavo, del orgullo; el tigre, de la ferocidad; el león, del valor; el cerdo, de la golosina; el mono, de la lascivia; el asno, de la ignorancia; la urraca, de la charlatanería; el perro, de la fidelidad; la corneja, de una larga vida; el lobo, de la rapiña y la crueldad; la zorra, de la astucia y el fraude; la hormiga, de la economía; el mulo, de la terquedad; la liebre, de la timidez, etc.

