Juan

Autor del cuarto Evangelio y, probablemente, de las tres epístolas que aparecen bajo el nombre de Juan en el Nuevo Testamento, pero no (a pesar de una temprana y persistente atribución) del libro del Apocalipsis. Aunque su contribución a la formación del cristianismo casi puede compararse por su importancia con la realizada por Pablo, ni su personalidad ni el significado de su aportación están tan bien definidos como los de aquél. Vivió hasta edad muy avanzada, con gran probabilidad en Éfeso, donde se dice que murió. Su Evangelio es a la vez distinto y similar a los otros tres. Su estructura es la misma: una sección narrativa sobre el proceso, la muerte y la Resurrección de Jesús, precedida de una serie de viñetas sobre los hechos, dichos y enseñanzas que antecedieron a esos acontecimientos culminantes. Sin embargo, difiere en algunos detalles, así como en su alcance y estilo. Algunas de estas divergencias de detalle no dejan de ser sorprendentes: a diferencia de lo que ocurre en los otros tres Evangelios, el ministerio de Jesús no se limita casi exclusivamente a Galilea (Juan habla de algunas visitas realizadas a Jerusalén antes de la Pasión); en ningún momento menciona la Transfiguración, la angustiada oración en el huerto o la Última Cena; es el único que hace referencia a una presentación previa de Jesús ante Anás, el antiguo sumo sacerdote, y sitúa la crucifixión un día antes que el resto de los evangelistas. El carácter sorprendente de estas diferencias se debe a que sólo existen cuatro Evangelios canónicos y, en todos los casos, el de Juan constituye la excepción. Sin embargo, mucho más significativo resulta el hecho de que el marco de referencia del Evangelio de Juan sea mucho más amplio y completamente distinto al de los demás. Mateo, Marcos y Lucas sitúan la Pasión de Jesús en el contexto de su vida terrenal y (Mateo en especial) en relación con la posición que ocupa Jesús en las genealogías, profecías y expectativas mesiánicas de la tradición judía. El marco de referencia de Juan, sin embargo, es mucho más amplio y está expresado asimismo con un lenguaje de una sofisticación mucho mayor. Del mismo modo que Pablo amplió el alcance del mensaje cristiano para extenderlo a los gentiles, Juan lo llevó aún más allá al enmarcarlo dentro del plan general de Dios: "En el principio existía la Palabra...". La Palabra, o el Logos, es el plan de Dios que antecedió a la creación, y, por ello, el relato que hace Juan del ministerio y la Pasión de Jesús encuentra un lugar dentro de un plan diseñado por Dios desde antes de la creación y que sólo concluiría con el final de los tiempos. En mucha mayor medida de lo que ocurre con los otros evangelistas, Juan, por su pensamiento y por su propio estilo literario, interpretó la fuerza sobrecogedora que posee la historia de Jesús sub specie aeternitatis, recurriendo para ello a una serie de nociones filosóficas, tanto hebreas como griegas, con las que estaban familiarizadas las gentes cultas de la época y que, hasta cierto punto, empezaban ya a adquirir una difusión más amplia. Las diferencias entre Juan y los otros evangelistas no se limitan tan sólo al lugar que ocupa Jesús en el plan de Dios, sino que inciden también sobre la propia naturaleza de Jesús: todos los textos que se pueden utilizar para sostener que Jesús creía en su propia naturaleza divina se encuentran en el cuarto Evangelio, los que apuntan más bien en la otra dirección, en los tres restantes. Nunca ha resultado sencilla la comprensión de Juan.
 
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