Clepsidra
Reloj de agua. Desde la época de los griegos, el derrame regular de agua en un recipiente colocado junto a los oradores servía, por ejemplo, para medir la longitud de los discursos, y este uso había llegado ser tan habitual que no pocas veces los abogados se quejaban de que su adversario, al sobrepasar los límites prefijados, "les quitaba su agua". El sistema de las clepsidras, que de hecho funcionaban como relojes de arena, seguía empero siendo muy rudimentario y nunca se podía estar seguro de que el agua cayera con regularidad. Contribuían a ello entre otros factores, la reducción del volumen contenido en el recipiente, que provocaba siempre un descenso de presión y disminuía inexorablemente la cantidad de líquido vertido. Para lograr una mayor precisión en el cálculo del tiempo, Ctesibio y los físicos griegos, estimando que la subida del agua se controlaba con más facilidad que su descenso, imaginaron otro método que consistía no ya en vaciar vasijas sino en llenarlas, y sus trabajos desembocaron en la construcción de verdaderos relojes de agua que, a partir del siglo II a.C., se convirtieron en ornamento espectacular de las más lujosas residencias. Por ejemplo Trimalción, "hombre sumamente distinguido, tenía un reloj en su comedor y una persona encargada expresamente de tocar a intervalos un cuerno de caza para hacerle así saber en todo momento el tiempo de vida que había perdido". En el aparato descrito por Vitruvio, el agua se vertía por un orificio practicado "en un trozo de oro o una gema, pues estos materiales no se desgastan por el frotamiento del líquido que cae, ni pueden tampoco depositarse las partículas de suciedad capaces de obstruir el orificio". Al ir así llenando un recipiente, el agua provoca la elevación de un flotador al que "se ha fijado una varilla en contacto con un disco giratorio, estando la varilla y el disco provistos de dientes iguales". La varilla, al subir, hace girar el disco cuya rotación produce "desplazamientos regulares". Este movimiento podía también transmitirse a una aguja que recorría una esfera con cifras y designaba las horas de modo bastante parecido al de nuestros relojes. La aplicación del mismo principio a engranajes más complejos e importantes permitía fabricar toda suerte de aparatos espectaculares y animados cuya contemplación procuraba a sus propietarios tanto placer como el de los euripos y surtidores que adornaban sus jardines. Era posible, por ejemplo, reemplazar por una figurita la varilla adaptada al flotador; al elevarse éste con el nivel del agua, indicaba "por medio de un bastoncillo y durante todo el día las horas previamente trazadas en una columna o pilastra adyacente. Si otras varillas y ruedas igualmente dentadas y movidas por el mismo impulso" comunicaban su movimiento a un torno provisto de un silbato, la caída regular y brutal del recipiente en el agua producía un sonido agudo que señalaba las horas. Los relojes de agua de los romanos podían así dar las horas mediante un silbido u otras señales sonoras, como la que resultaba de proyectar piedrecillas que caían sobre címbalos. En tales casos no era ya necesario asignar permanentemente esta tarea a un esclavo, como lo hacía Trimalción. Además de esos relojes automáticos, existían los llamados "anafóricos", que indicaban las salidas y puestas del sol y reproducían el movimiento del Zodíaco. Vitruvio describe confusamente su principio y los arqueólogos han hallado fragmentos de esos mecanismos cerca de Salzburgo y de Gante. Tales perfeccionamientos procuraban, sin embargo, más placer que exactitud, y los sistemas más ingeniosos no llegaron nunca a reflejar absolutamente las diferencias entre estaciones en la duración de las horas griegas y romanas. Ello no fue óbice para que se admiraran en grado sumo la habilidad y precisión del trabajo de aquellos ingenieros, cuya técnica y realizaciones perdurarían tanto tiempo como los acueductos. Todavía en el año 507 Casiodoro hizo construir para Gundibaldo, rey de los burgundios, un reloj de agua en el cual (maravilla aún mayor para un bárbaro que para un romano) silbaban serpientes y piaban pájaros junto a un Diomedes que tocaba la trompeta a intervalos regulares.

