Profetas

Profetizar significa conocer el futuro y anunciar lo que acontecerá en él. Las profecías pueden proceder de fuentes muy diversas: la interpretación de fenómenos extraordinarios o naturales (la lectura de las entrañas de los pájaros, por ejemplo), sueños, trances, un sexto sentido o la inspiración divina. Los profetas hebreos estaban inspirados por Dios, que les había otorgado el don de la profecía y les había impuesto la tarea de revelar lo que traería el futuro. Indisolublemente unida a esa tarea de revelar el futuro se hallaba la de denunciar los males del presente. El futuro que predecían los profetas era casi siempre funesto y ello se debía a que los israelitas habían caído en pecado, abandonando el monoteísmo que exigía su Dios. Así pues, fustigar a los israelitas por sus pecados constituía una parte importante de un mensaje profético, que, por otro lado, no se ocupaba tan sólo del componente religioso de los pecados, sino también de su componente moral y social. Los profetas eran los principales defensores del monoteísmo de Israel, un monoteísmo que, en sus versiones más tempranas, se manifestaba en la negativa a permitir a los israelitas que adoraran a otros dioses distintos al suyo, pero que, en versiones posteriores, implicó también la negativa a aceptar que cualquier dios que no fuera el suyo tuviera carácter divino. Los profetas más sombríos apenas si dejaban un margen para la esperanza; otros, sin embargo, proclamaban que Dios se compadecería de los que se arrepintieran. Los profetas ejercían asimismo la denuncia social: criticaban el mal gobierno y la injusticia, censuraban el materialismo de los ricos y los poderosos y ofrecían consuelo a los pobres y los oprimidos. Desde un punto de vista social, eran reformistas conservadores, cuya nostalgia por un modo de vida desaparecido se expresaba en un virulento y radical ataque contra la presente degradación de los valores morales. Los primeros profetas fueron hombres dotados de un don especial que los reyes apreciaban mucho, pues podía servirles, por ejemplo, para determinar cuál sería el resultado de una batalla antes de que ésta tuviera lugar. Pertenecían al tipo de los videntes, una categoría que contaba con una larga tradición a sus espaldas, y cuyo número podía llegar a ser tan amplio que, inevitablemente, muchos de ellos no eran más que simples charlatanes. Aunque sólo en contados casos sus nombres han llegado a la posteridad, eran personas integradas en un colectivo profesional reconocido socialmente y no esos bichos raros y solitarios que, debido a los azares de la transmisión literaria, a menudo parecen. Además de aconsejar a los reyes, podían participar activamente en la promoción de un individuo al trono o en el derrocamiento de un monarca. Ése fue el caso, por ejemplo, de Samuel, Natán, Elías o Eliseo, grandes artífices del reino de Israel. Al insistir en la necesidad de la unión de las doce tribus y en el carácter exclusivo del Dios de Israel, contribuyeron de forma decisiva a establecer los requisitos previos y los rasgos característicos que garantizaron el gran impacto causado por los israelitas sobre el mundo que los rodeaba. Sus actos han quedado recogidos en la secuencia histórica que se narra en los libros 1 y 2 Samuel y 1 y 2 Reyes. Sus sucesores, empezando por Amós, confirieron a la religión de Israel un sesgo moral que trascendía y, en ocasiones, llegaba incluso a deplorar su carácter merarnente ritualista. Tres de ellos (Isaías, Jeremías y Ezequiel) se convertirían en los llamados profetas mayores, aunque finalmente el Antiguo Testamento incluiría a doce más. Es a los quince en conjunto a los que hace referencia la expresión "la Ley y los Profetas", que llegaría a ser la fórmula habitual para referirse al código de comportamiento legal y espiritual al que habían de atenerse los judíos a lo largo de sus vidas. De los tres profetas mayores, el más antiguo es Isaías, que vivió en el siglo VIII a.C., mientras que Jeremías lo hizo en el VII a.C. y Ezequiel en el VI a.C.. Aparte de Amós, las otras principales figuras de esta fase temprana fueron Oseas y Miqueas. En cuanto al Deutero-Isaías (Ver, Isaías), que en muchos aspectos es el más inspirado de todos los profetas, fue un contemporáneo de Ezequiel. Los profetas del siguiente período quedaron profundamente marcados por el Cautiverio y el Exilio en Babilonia, una circunstancia que les llevó a adoptar una postura de un cerrado y resentido chauvinismo, como puede apreciarse en los textos de Ageo, Zacarías y Abdías. Muchos de los libros proféticos que se han conservado son en realídad compilaciones de dichos tomados de distintos autores y períodos. Su forma defmitiva se estableció en el siglo II a.C.. Los profetas hebreos eran personas excepcionales. Los mejores de ellos eran pensadores rigurosos y elevados, dotados además de una visión, un coraje y una fuerza de carácter excepcionales. El intenso contenido moral de su mensaje transformó la religión de su pueblo y tuvo un gran impacto político, contribuyendo a garantizar que una etnia no muy numerosa sobreviviera a los diversos avatares de la historia. Un rasgo común a todos ellos era la insistencia en proclamar que la sociedad a la que pertenecían y a la que dirigían su mensaje estaba corrompida. Eran implacables en sus denuncias, que alcanzaban a poderosos y a humildes. No tenían ni la más mínima duda de que esa corrupcion que veían campar por todas partes era el resultado de haber abandonado a Dios, pero la regeneración por la que abogaban no era sólo ritual sino también moral. Como bien evidencian las antiguas religiones del Oriente Próximo, no siempre existe una conexión entre religión y moral. Sin embargo, para los profetas hebreos dicha conexión sí que existía y, sobre la base de ella, desarrollaron la idea de un Dios que, además de ser omnipotente, tenía un componente ético: un hecho que constituye uno de los principales acontecimientos espirituales e intelectuales de la historia de la humanidad. Paradójicamente, el efecto que producen los profetas menos atrayentes y de menor calado ético no es menos poderoso que el de los demás, aunque sí distinto. El trauma del Cautiverio y el posterior retorno a Jerusalén dio lugar a dos corrientes de pensamiento. Para una de ellas, el retorno anunciaba la inminente restauración del reino judaico, cuyo destino era expandirse hasta formar un imperio mundial bajo la égida del único Dios y de su pueblo elegido. Para la otra, sin embargo, la significación del retorno era mucho más limitada: si querían sobrevivir, los israelitas tenían que preservar celosamente todo aquello que les diferenciaba de los demás pueblos; una postura, por tanto, radicalmente opuesta al universalismo. Si bien los profetas que se inclinaban por esta segunda tendencia suelen tener un tono amargo muy poco agradable, cabe preguntarse si no fue necesario para evitar que su pueblo perdiera su identidad y desapareciera.
 
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