Bestiario

El animal, real o fantástico, ocupa un importante espacio en la mitología junto a dioses y héroes. Nos resultan familiares las figuras del perro Cerbero, el caballo Pegaso o la loba Capitolina romana, y las artes figurativas han proporcionado innumerables representaciones de ellos. No hay que olvidar el papel que durante toda la antigüedad desempeñó el animal como víctima de sacrificios, aunque se trata en este caso de un aspecto puramente religioso. Su lugar en la civilización grecorromana difiere sensiblemente del que ocupa en otras culturas antiguas, donde los dioses aparecen frecuentemente representados bajo una forma animal (en Egipto, por ejemplo, encontramos a Horus, el dios halcón; a Anubis, el dios chacal, etc.). En el helenismo, donde el hombre es la medida de todas las cosas, los dioses se concebirán muy pronto bajo una apariencia puramente humana. El animal ya no se asimila al dios, sino que queda reducido a un simple atributo de este, símbolo de su carácter específico (como la cierva de Artemisa) o auxiliar en el ejercicio de su poder (como el águila de Zeus devorando el hígado de Prometeo). Solo ciertas divinidades menores pertenecen todavía parcialmente al mundo animal, ya sean terrestres como Pan, los sátiros o los silenos, o marinas como los tritones, las nereidas o las sirenas. Es cierto que las divinidades mayores adoptan, en ocasiones, una forma animal: en la epopeya homérica, por ejemplo, vemos a Atenea transformarse en ave (buitre, golondrina...), y son sobradamente conocidos los múltiples "disfraces" que utiliza el caprichoso Zeus en sus aventuras amorosas. El señor del Olimpo, se convierte en toro para raptar a Europa, en cisne para unirse a Leda, en águila para raptar a Ganimedes, en serpiente para hacer suya a Proserpina, en cuclillo posado sobre el regazo de Hera... Pero se trata siempre de metamorfosis pasajeras que no afectan a la naturaleza plenamente antropomórfica de la divinidad. Muchos aspectos aparentemente extraños o anecdóticos de la mitología clásica se explican cuando se los relaciona con concepciones religiosas más arcaicas ligadas al simbolismo de los animales que a su vez ha evolucionado con el transcurso de las eras (sería el caso, por ejemplo, de la serpiente o del caballo). Particularmente iluminadora en este sentido es la oposición entre divinidades ctónicas (ligadas a la Tierra), herencia de los cultos a la madre Tierra practicados por los pueblos agricultores del Mediterráneo prehelénico, y las divinidades uranias (celestes) de los pastores indoeuropeos llegados más tarde. La serpiente es el animal que simboliza por excelencia el poder de las fuerzas telúricas. Portador de los poderes benéficos de la Tierra, es un animal sagrado, garante de la fecundidad, compañero de Deméter; dotado de virtudes sanadoras, es el atributo de Apolo y el de Asclepio. Fiel guardián de los tesoros de los dioses, tiene a su cargo la vigilancia de las manzanas de oro de las Hespérides o el vellocino de oro de la Cólquide. Vinculada al mundo subterráneo, representa a menudo el espíritu de los difuntos, como por ejemplo en la Eneida, donde aparece como encarnación del alma de Anquises, padre del héroe. En Roma figura sobre el altar familiar, encarnando al "genio" del dueño de la casa. Pero su simbolismo es ambiguo, pudiendo estar también ligado a la muerte y a las fuerzas maléficas, siendo este el aspecto que privilegió posteriormente el inconsciente colectivo occidental. Serpiente o dragón, es el instrumento funesto de los dioses: una serpiente mata con su veneno a Eurídice; Laocoonte, sacerdote sacrílego, muere asfixiado junto a sus dos hijos por dos serpientes monstruosas enviadas por Apolo; solo gracias a su fuerza divina el joven Heracles consigue salir victorioso de las que le envía la vengativa Hera. Muchos monstruos poseen atributos serpentinos, desde la cabellera de Medusa hasta la cola de la Quimera. El mito de Apolo dando muerte en Delfos a la serpiente Pitón e instalando en su lugar su propio oráculo es posiblemente el relato mítico que manifiesta con mayor claridad la victoria de una divinidad urania sobre una divinidad ctónica más antigua. Los pájaros, evidentemente, poseen afinidades claras con los dioses de las alturas, y el águila, el pájaro rey, se asocia naturalmente a Zeus. Era, según se decía, el único animal que podía mirar la faz del Sol. Reyes y grandes guerreros aparecen como protegidos del águila (ver las vidas legendarias de Alejandro Magno, de Rómulo, de Escipión "el Africano", de Mario...), y como símbolo de la omnipotencia reaparecerá tanto a la cabeza del ejército romano como en los blasones de los imperios modernos. Otros dioses olímpicos tienen un pájaro como atributo o emblema: Afrodita la paloma, Hera el pavo real, Atenea la lechuza, símbolo de la vigilancia y la sabiduría. En la época clásica, el caballo era percibido como un animal de carácter celeste: los corceles radiantes que arrastraban el carro del Sol; Pegaso, el caballo alado que permitió a Belerofonte triunfar sobre la terrible Quimera y sobre las amazonas. Pero otros muchos mitos muestran huellas de concepciones más antiguas en las que el animal aparece ligado a las potencias ctónicas: Hades tiene un tiro de caballos negros y, cuando se produce la disputa entre Atenea y Posidón por la soberanía del Ática, el dios de los mares golpea la tierra con su tridente y hace brotar del suelo un fogoso semental, símbolo guerrero. Poseidón adoptará precisamente la figura de un caballo para unirse a Deméter (a su vez transformada en yegua) y engendrar al caballo Arión. Hécate, divinidad infernal, se aparece ante los hechiceros bajo el aspecto de una yegua. El toro, símbolo de fuerza y de fecundidad, recibía en la Creta micénica un culto que se sitúa en los orígenes de la leyenda del Minotauro. La victoria sobre el toro será una de las pruebas obligadas del héroe, como su triunfo sobre la serpiente-dragón y, en menor grado, sobre el león. La importancia simbólica del toro, sin embargo, irá decreciendo con el tiempo. Otros muchos animales figuran en los mitos: el perro (Cerbero), el jabalí (de Erimanto o de Calidón), el carnero, el chivo, el buey o la ternera. Muchos de ellos son seres fantásticos, híbridos diversos como los centauros, la Quimera, los grifos consagrados a Apolo, con cabeza y alas de águila y cuerpo de león. Más fabulosa si cabe es el ave Fénix, único ejemplarde su especie, que después de una larga vida se inmola a sí misma sobre una pira ardiente y renace de sus cenizas, motivo que recuperará el arte paleocristiano como símbolo de resurrección o de la regeneración conferida a través del bautismo. Como puede verse, la función de los distintos animales que aparecen en los mitos es unas veces negativa y otras positiva. Negativa, porque encarnan la brutalidad y las fuerzas del caos dominadas por los dioses y los héroes, o bien porque funcionan como instrumentos de la venganza divina. Positiva, porque son dóciles servidores, simples vehículos de los dioses, como los cisnes de Afrodita, o intérpretes de la voluntad divina durante las prácticas adivinatorias. En ocasiones aparecen como guías del héroe, señalándole el emplazamiento prescrito para fundar una ciudad o proporcionándole los medios para cumplir su misión (las palomas de Venus conducen a Eneas hasta la rama de oro). Su función nutricia es sobradamente conocida: la cabra de Amaltea amamantó al pequeño Zeus, una osa alimentó a Paris y una loba cuidó de los gemelos Rómulo y Remo (menos conocida es la cierva que amamanto a Télefo, hijo de Apolo). En cuanto al mundo marino, señalaremos la función tutelar del delfín, favorito de Apolo, que salvó la vida del músico Arión, episodio que se convertirá posteriormente en modelo de otras muchas y conmovedoras historias. Ver, Animales.
 
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