Heraclea Latmus
o Heracleia del Latmos. Ciudad ubicada en el límite entre Caria y Jonia, situada al pie de la parte occidental de la montaña Latmos. Estaba al sureste de Mileto y al suroeste de Amazon. Una lengua de mar que penetraba como un fiordo entre los montes de la Caria quedó cortada por el avance de las tierras producida por la sedimentación del río Meandro y convertida en el lago Bafa, a cuyas orillas se encuentran las ruinas de Heraclea Latmus, al pie de un macizo montañoso erizado de extravagantes formaciones pétreas y cargado de leyendas de pastores y ninfas. Esto no debió ocurrir antes del siglo I a.C., pues Estrabón habla de la existencia de un embarcadero en el lugar. Las olas del Egeo chocaban todavía contra el monte Latmos. Hubo en Asia Menor otras dos Heracleias: de Capadocia y del Ponto. La del Latmos hace referencia al legendario monte Latmos, cuyas crestas afiladas de blanca roca marmórea se elevan por encima de la población, y la abrazan como un circo protector. En el siglo V a.C., Heraclea formaba parte de la Confederación Delia. A mediados del IV a.C. fue gobernada por Mausolo y Artemisia II de Halicarnaso, hasta que Alejandro Magno la liberó del dominio de los sátrapas carios. La mayor parte de los monumentos clásicos que hoy pueden rastrearse en sus abruptos terrenos datan de los siglos I y lI. Los alrededores de Heraclea son también pródigos en restos paleocristianos y bizantinos. De hecho, el cristianismo se expandió rápidamente por esta zona, cuyas salvajes montañas sirvieron de refugio espiritual a anacoretas venidos de todas partes. Así lo testimonian las ruinas de monasterios y conventos colgados en los riscos del Latmos, en lugares escondidos y casi inaccesibles. Se ven también iglesias bizantinas en las orillas e islotes del lago Bafa, así como tumbas rupestres talladas en las rocas que emergen del lago. No es fácil identificar las ruinas de Heraclea, embebidas como están entre las casas y bajo los terrenos de labranza de un pequeño pueblo turco de pastores y ganaderos. La larga muralla de más de 6 km que rodea la ciudad fue construida hacia 287 a.C. por Lisímaco. Trepa y destrepa por las sinuosidades de los montes, salvando toda clase de accidentes geográficos, fundiéndose con los inverosímiles amontonamientos de rocas caballeras que salpican el territorio, y está cada cierto tramo jalonada por esbeltos torreones de vigía, muchos aún en pie. Si bien su trazado es de tipo poligonal irregular, condicionado por la caótica topografía, la ciudad que encierra su recinto sigue las más estrictas reglas de la urbanización hipodámica, con todas las calles alineadas en ángulos rectos y orientadas hacia los cuatro puntos cardinales, y tanto las viviendas como los grandes edificios públicos encajados en la retícula. En el caso de Heraclea esta planificación urbana resulta aún más admirable al constatar que la trama callejera ortogonal se incrusta armoniosamente en un terreno empinado y caótico, lleno de desniveles, vaguadas y espolones rocosos. Sobre uno de estos peñascos se levanta el templo helenístico de Atenea, que domina desde las alturas toda la ciudad. Estaba desprovisto de columnas y se compartimentaba en un pronaos y una cella de casi igual tamaño y desnudas de decoración. Del teatro apenas se distinguen algunas losas del graderío y unos pocos bloques de la escena, al estar el edificio casi totalmente enterrado bajo un campo de olivos. Se pueden identificar tambien, inextricablemente mezclados con las casas, huertas y graneros del actual pueblo, el ágora, un bouleuterion o sala de reuniones, unas termas romanas, un ninfeo o fuente y varios templos, como el dedicado a Endimión. Hoy, en Turquía.

