Epitafia
Fiestas fúnebres celebradas anualmente en Grecia junto a las sepulturas de los hombres notables o de los soldados muertos en campaña. Entre las primeras figuraban las de Leónidas y Pausanias en Esparta; la de Boasidas en Anfípolis; la de Timoleón en Siracusa; la de Milcíades en Quersoneso, y la de Mausoleo en Caria. En la época de la hegemonía macedónica se extendieron las fiestas de esta clase; Alejandro instituyó los juegos florales de Hefestión, y en Sicione estableció una fiesta en honor de Demetrio Poliorcetes. La más importante y quizá la más antigua era la epitafia celebrada en Atenas el día 7 del mes de pianepsión, que correspondía a fines de octubre. Había sido instituida o reorganizada por una ley de Solón, y Pausanias habla ya de una sepultura común de los ciudadanos muertos en una batalla contra los eginetas, antes de las guerras médicas, que existió en el barrio Cerámico. En aquel cementerio estaban reunidas todas las sepulturas públicas de los soldados muertos en campaña y allí fueron sepultados los que en el año 464 a.C. sucumbieron en Drabescos de Tracia y en Tasos, y en 457 loa que se mencionan en uno de los mármoles de Noïntel que se guardan en el Museo del Louvre. El día de la epitafia se rendía los últimos honores a todos los soldados, ciudadanos, aliados o esclavos muertos durante el año. El año 469, Cinion mandó trasladar de Esquiros a Atenas los restos de Teseo, construyendo para recibirlos el Teseión, y desde entonces se instituvó una gran fiesta en honor del héroe en la que se conmemoraban todos los episodios de su leyenda y que quedó unida a la epitafia. Del día 6 al 9 de pianepsión se simbolizaban dichos opisodios, dedicando las ceremonias del primer día a los pilotos de la nave de Teseo; celebrábanse el día 7 los sacrificios a Apolo, para los que se organizaba una procesión de veinte efebos y de mujeres que iban al templo de Atenea Esquiras, y después la epitafia. Por último, los días 8 y 9 se efectuaba la Tesea propiamente dicha, después de haber trasladado en carros, solemnemente al cementerio del Cerámico los muertos que habían perecido por la patria y yacían en diferentes sepulturas. Cumplidos todos los ritos de los funerales y de los sacrificios, un orador, designado por el pueblo, pronunciaba una oración fúnebre en honor de los muertos durante el año y de los que les habían precedido en la sepultura nacional (logos epitafios). Esta costumbre la siguieron otras ciudades, como Esparta. Pericles fue el encargado de pronunciar la oración fúnebre en honor de los soldados muertos en la guerra de Samos, y después de los que perecieron en el primer año de la guerra del Peloponeso; el del segundo año estuvo a cargo de Tucídides, y el elogio de los muertos en Queronea lo hizo Demóstetenes. A los discursos seguía el agón epitafios o juegos dirigidos por el polemarca y consistentes en ejercicios gimnásticos y ecuestres y concursos artísticos, figurando entre los primeros carreras de efebos (una de ellas con armas, al Poliandreión), y lampadodromias. La mayoría de las inscripciones donde se mencionan estos juegos pertenecen a los últimos años del siglo II a.C. y a los comienzos del siglo I.

