Epitafio
En las sepulturas y mausoleos de la antigüedad clásica, se solían grabar epitafios en los que se hacía constar los destinos o cargos públicos que había desempeñado el muerto, y las grandes acciones que hubiera realizado. Así, en el de Plaucio, se leía que había sido epulón, septenviro y cónsul, y que por sus victorias militares en Iliria, el Senado le había otorgado las insignias triunfales. Por el epitafio grabado en la columna de Cestio se sabe que el monumento fue construido en trescientos treinta días y erigido por sus herederos cumpliendo una cláusula testamentaria. Los sepulcros de los hombres ilustres o de los ciudadanos de elevada condición, eran muy sencillos y sus epitafios breves. Por el contrario, eran rimbombantes y llamativos, por su estravagancia, en los sepulcros de la clase media, enumerando méritos privados y virtudes y sentimientos familiares. Algunos de estos epitafios habían sido redactados en vida por los finados y no solían distinguirse ni por su modestia, ni por su sinceridad. Hacíase constar con frecuencia en los de gente oscura, la edad del difunto, hasta puntualizar los días y horas, figurando rara vez la fecha de defunción, lo contrario de lo que ocurre modernamente. Los romanos consagraban los sepulcros a los manes, por considerarlos como lugar de su permanencia, y por esto solían encabezar los epitafios con la frase Diis manibus sacrum, abreviándola en ocasiones con las iniciales D.M.S. o solamente D.M.. Algunos epitafios tenían sus inscripciones hechas con minio para que resaltaran más a la vista, y la mayoría comenzaban con la fórmula "Siste, viator" (Detente, caminante), fórmula debida a que las sepulturas solían estar al borde de los caminos y que en algunos epitafios subsistió hasta tiempos modernos. En Esparta no se concedía el honor de un epitafio mas que a los guerreros que morían luchando por la patria. El de Leónidas y los que con él murieron, redactado por el poeta Alceo, decía: "Pasajero, ve y di a Esparta que sus hijos han muerto por obedecer sus leyes". El latín se ha perpetuado hasta los tiempos modernos en las inscripciones epitáficas. Estas, durante la Edad Media y Moderna, no se distinguen por su concisión, dedicándose a enumerar cargos y honores del muerto, por lo que se ha dicho que el epitafio es la última de las vanidades del hombre.

