Comercio
Los primeros que explotaron el comercio mediterráneo a gran escala fueron los fenicios. Establecieron puntos comerciales a través del área desde la península Ibérica hasta el Mar Rojo. La mayor parte de las ciudades griegas fueron más o menos autosuficientes hasta la época arcaica, cuando fueron incapaces de mantener a una población creciente. En la misma época la industria local comenzó a desarrollarse y también a necesitar intercambiar sus productos con bienes procedentes de ultramar. El deseo de comerciar y el hambre de tierras constituyeron los dos principales motivos para las primeras oleadas de colonización enviadas por los griegos desde el siglo VIII hasta el VI a.C.. El emplazamiento de muchas colonias se escogió por la calidad de sus puertos y su acceso a bienes comercializables como trigo, madera y minerales. El crecimiento del comercio coincidió con la invención de la moneda en torno al final del siglo VII a.C.. Pese a los problemas causados por los diferentes sistemas de peso entre las ciudades, la moneda facilitó los tratos comerciales a pequeña escala y la distribución de monedas proporciona un valioso testimonio sobre tendencias comerciales. Los transportes se hacían fundamentalmente por mar. Por lo tanto, eran lentos y estacionales. Los barcos de carga, construidos para transportar el peso máximo con la tripulación mínima, dependían de las velas y el viento. Buena parte del comercio de Atenas estaba en manos de metecos, muchos de los cuales vivían en El Pireo. Las exportaciones principales eran aceite, vino, plata, cerámica, armas y mármol. Entre las importaciones estaba el grano, los esclavos, madera para la construcción naval, hierro, cobre, lino y productos de lujo. Los tratos eran regulados por comisarios del mercado. Tanto las importaciones como las exportaciones pagaban una tasa del 2 por 100. Se adoptaron medidas especiales para proteger el abastecimiento de trigo, que procedía en su mayor parte del Mar Negro. Los mercaderes con frecuencia formaban asociaciones, pero con finalidades más sociales que económicas. Las conquistas de Alejandro Magno abrieron nuevos mercados en Oriente y el comercio de bienes de lujo, seda, perfumes y especias se expandió con rapidez proporcionando una gran riqueza a algunas zonas. Dalos en particular floreció gracias al comercio de esclavos. Otros centros comerciales fueron Rodas, Éfeso, Mileto, Tesalónica, Olbia, Antioquía del Orontes, Tiro, Sidón, Seleucia del Tigris y Alejandría. Los romanos heredaron el imperio comercial del este griego y lo expandieron hacia el oeste hasta el Atlántico y hacia el norte hasta el Báltico. Roma era el centro comercial y sus puertos principales eran Puteoli y Ostia. La piratería, que durante mucho tiempo había frenado el comercio marítimo, se redujo mucho gracias a las campañas de Pompeyo el año 67 a.C.. Entre tanto, el comercio terrestre dentro del Imperio se hizo más rápido y seguro gracias a la red de carreteras. El comercio era libre durante la República, aunque se pagaban tasas portuarias (portoria) sobre los bienes que entraban y salían de los puertos italianos, y durante el Imperio se estableció un pequeño impuesto aduanero en las provincias. Sin embargo, los bienes procedentes del exterior del Imperio pagaban un fuerte impuesto, por ejemplo, un 25 por 100 los productos de lujo de Oriente. El comercio de productos baratos, que había comenzado a decaer a medida que se expandieron las industrias locales, recibió un nuevo impulso en el siglo III con el colapso de la moneda y el nuevo sistema de impuestos establecido por Diocleciano. Entre tanto, el comercio de bienes de lujo tales como la seda se convirtió en un monopolio estatal y todo el comercio ultramarino estaba estrechamente controlado por el Estado.

