Enterramientos griegos
Los griegos practicaron por igual la cremación y la inhumación a lo largo de la antigüedad. En Homero siempre se incineraba a los muertos, quizá porque se pensaba que así se facilitaba la salida del alma del cuerpo. Pero con independencia de si se quemaba o no, lo que importaba más es que el cuerpo recibiese los adecuados ritos de enterramiento. Éstos podían consistir solamente en arrojar un simbólico puñado de polvo. Pero el dejar de hacer esto era una seria ofensa merecedora de la ira del difunto, la cólera de las Erinias (Furias) y la polución sobre la tierra. Esto también era así incluso en el caso de los enemigos públicos. Las únicas excepciones eran los traidores, suicidas y criminales ejecutados. Tras el enterramiento se observaba un período de duelo. Se otorgaba un tributo apropiado a las virtudes del difunto, que en el caso de los caídos en la guerra podía adoptar la forma de una oración fúnebre de alabanza. Por último se podía ordenar el levantamiento de un monumento funerario: literario o arquitectónico. Las demostraciones de duelo con frecuencia eran dispendiosas y en Atenas hubo intentos regulares de acabar con los gastos excesivos. Ver, Tipos de tumbas.

