Épica latina
Al igual que la comedia latina, la épica latina fue una modalidad griega hecha romana; pero a diferencia de la comedia, perduró. Se debe atribuir a Livio Andrónico la traducción al latín en el siglo III a.C. de la Odisea de Homero. Pero Nevio fue el primer escritor latino que produjo un poema épico original con su Bellum Punicum. También Ennio siguió la práctica helenística de presentación de registros históricos en forma de poesía épica; su adopción del hexámetro griego fue fundamental para el desarrollo del género latino. La forma de verso narrativo siguió en uso hasta la época augústea, aunque sólo se conservan unos pocos fragmentos. La Eneida de Virgilio es la clave de bóveda de los logros de la épica latina. Tomando diferentes cosas de forma selectiva de sus predecesores, tanto griegos como latinos, y completada por la propia imaginación y originalidad del poeta, el resultado es el ejemplo más satisfactorio de poesía épica en cualquier literatura. Augusto proporcionó el casus scribendi: Virgilio lo llevó a cabo magníficamente. Tras Virgilio la épica siguió floreciendo. Los temas mitológicos gozaron de favor generalizado hasta Lucano, quien, escribiendo en tiempos de Nerón, escogió un tema de historia reciente para su De Bello Civili. El estilo retórico artificial, que usaba de forma tan efectiva, se mantiene con menos fortuna en los trabajos de la mayoría de los escritores posteriores de este género. Valerio Flaco regresa a la temática tradicional con su versión del viaje de Jasón, como también hace Estacio en sus Thebais y Achilleis. Sin embargo, Silio Itálico se sitúa en la tradición de Lucano (cuya retórica evita) con su Púnica sobre la Segunda Guerra Púnica. El último poeta clásico que aborda la épica mitológica es Claudiano en el siglo IV con su elegante De Raptu Proserpinae. De todos los géneros literarios griegos adaptados por los romanos para sus propios fines, la épica fue quizá el que más éxito tuvo y el que ejerció una influencia más amplia en las literaturas europeas posteriores.

