Acrópolis

(gr. akros "grande"; polis "ciudad"). Es la zona alta de una ciudad antigua. Término original dado a toda fortificación natural o ciudadela en la antigua Grecia. Inicialmente un lugar de refugio, la acrópolis típica era construida en una colina o promontorio que se elevaba sobre la región circundante. Debido a la protección así conseguida, la zona adyacente a la base de la colina era frecuentemente el emplazamiento de la ciudad. Entre las acrópolis de mayor renombre destacan Acrocorinto en Corinto y Cadmea en Tebas. En ciertas ciudades se levantaban muros más bajos, cuando la acrópolis ya no era útil como bastión militar, y se utilizaban como emplazamiento para templos y edificios públicos, como el erario. Las ciudades griegas sin acrópolis son raras; por regla general se trata, como Mantinea y Olinto, de fundaciones recientes. También son poco numerosas las ciudades que, como Tera, se reducen a una acrópolis. La ciudad griega arcaica solía tener la acrópolis y una ciudad baja. Es poco frecuente que la acrópolis esté, como en Atenas, en el centro de la ciudad; en general era, como en Tasos, en Priene o en Pérgamo, uno de los puntos de apoyo a los que se aferraban las murallas. La defensiva era, en efecto, la función esencial de las acrópolis. Era también la función primitiva: en el II milenio, el rey de Atenas vivía, como el de Micenas, sobre una colina escarpada que reforzaba mediante poderosos muros. La acrópolis de Atenas dejó de ser un bastión a partir del año 510 a.C., pero la de Selinunte, como las de múltiples ciudades de Arcadia, de Lócride, de Acarnania, siguió siendo el último refugio. La acrópolis primitiva era también la sede del poder político: el rey micénico tenía allí su palacio. Los tiranos del siglo VI a.C. tomaban aún el poder al tomar la acrópolis: en una época en que la vida política estaba emigrando hacia las "agorai" en las ciudades bajas, la acrópolis era a la vez sede de la guarnición que mantenía ciudad en la obediencia y símbolo del poder. Muchas acrópolis seguían siendo hasta muy tarde lugares políticos importantes: entre 378 y 338 a.C., la Cadmea de Tebas era a la vez la ciudadela reconquistada a los espartanos y la sede de la asamblea beocia. Finalmente, aunque numerosas acrópolis no hayan tenido nunca santuarios, la acrópolis griega era frecuentemente una colina de templos. En efecto, las acrópolis eran a menudo, como en Atenas y Tebas, sede de cultos antiquísimos; además, ofrecían a los templos la posición dominante que los griegos deseaban para ellos. En Selinunte, como en Atenas, la acrópolis era a la vez un alto lugar cultural y un magnífico adorno para la ciudad: en tiempos de Pericles la preocupación por el prestigio se mezclaba a la piedad y tal vez, incluso, prevalecía sobre ella. A la ciudadela de la antigua Atenas consagrada particularmente a Atenea se la denomina tradicionalmente la Acrópolis. En tiempo de Pausanias se descubrían todavía los renuevos del olivo que estaba consagrado aquella divinidad, las señales en la roca del tridente de Neptuno y la señal de la porción del agua que de la misma había salido.
 
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