Serapeum de Alejandría

Templo del dios Serapis en Alejandría de Egipto. Tras el incendio de la Gran Biblioteca del Bruchion, la Biblioteca-Hija del Serapeum, en la Acrópolis de la colina de Rhakotis, tomó el relevo de la desaparecida. Esta segunda Biblioteca de Alejandría, que ya existía al calor del Serapeum, fue fundada por Ptolomeo III Evergetes, como complemento de la Biblioteca-Madre, agrandando con ella la Casa de la Vida del santuario de Serapis, repleta de papiros egipcios, acumulando a partir de entonces también copias de los textos clásicos; siguió siendo alimentada por los otros Plolomeos con cientos de miles de papiros, libros y pergaminos; Cleopatra tuvo un gran interés en ella, así como en el Serapeum, donde aparecía ataviada con los insinuantes velos de Isis en las ceremonias sagradas. Fue engrandecida por todos los emperadores romanos. En efecto, la Biblioteca-Hija crecería en esplendor con los romanos desde el siglo I, sustituyendo definitivamente a la Gran Biblioteca e incorporando en la nueva adelantos técnicos tales como calefacción central por tuberías, para mantener los miles de libros secos en los depósitos subterráneos. Esta Biblioteca-Hija, que ya en tiempos de Ptolomeo III llegaba a 42.800 libros, según Aristeo, y de la que Diodoro dice que en tiempos de Calímaco tenía 42.000 ejemplares, debió de ser a fines del siglo I a.C. el receptáculo de los despojos que quedaron de la Gran Biblioteca y de los 200.000 libros simples que Marco Antonio saqueó en Pérgamo para regalar a su reina amada, Cleopatra VII Philopator, resarciéndole así de las pérdidas irreparables que el fuego de César había provocado, según Plutarco. El prestigio político de la metrópolis iba en ello. Desde esa época, los libros donados engrandecieron a buen seguro la Biblioteca-Hija de Alejandría, asentada en el rincón más alejado del mar y, por tanto, más resguardado: la colina de Rhakotis, que dominaba la ciudad con el Serapeum. Este grandioso santuario, consagrado a Serapis de Rhakotis, fue fundado en el 300 a.C. por Ptolomeo I, según cuenta Tácito en sus Historiae, con un modesto templo en honor de este dios sincrético ptolomaico, señor tutelar de Alejandría, cuya efigie era la de un varón sentado, barbado, mirada dulce y un "kalathos" en su cabeza. Siendo Serapis una de las creaciones político-religiosas más geniales del primer Ptolomeo, el santuario fue reconstruido y ampliado por Ptolomeo III, a la par que creaba la Biblioteca-Hija. Finalmente, fue ampliado hasta dimensiones espectaculares por los emperadores romanos, desde Claudio I a Antonino Pío, alcanzando los 185 x 92 m. El témenos incluía el templo de Serapis, el Anubion, la Biblioteca-Hija, el lseum y la necrópolis de los animales sagrados, uno de los mayores hipogeos de Egipto, con 153 m de fondo, dos obeliscos de Sethi I, así como la sagrada Columna de Serapis, que guiaba refulgente a los marinos hacia el puerto desde los altos del Serapeum, la "Columna de Helios", que aún vio el Pseudo-Calístenes en el siglo III. Era el santuario oracular de Serapis-Helios un monumento espectacular, sólo sobrepasado en majestad y belleza por el Campidoglio de Roma en todo el Imperio, según Amiano, y se elevaba impresionante sobre Alejandría formando una gran pirámide de tres terrazas escalonadas, con una escalinata de cien peldaños que subían al cielo, cientos de columnas y altos edificios a modo de fortaleza que albergaban a los monjes castos. Entre sus ritos estaban la comunión y el bautismo por inmersión en el Lavacrum. Estaba repleto de mármoles, estatuas, libros y tesoros. El historiador romano Suetonio Tranquilo, cuenta que Claudio I fundó allí, en el siglo I, otro Museo llamado Claudium, para competir con el dañado Museo ptolomaico, donde se enseñaba historia de Roma, Etruria y Cartago. Estaba en el témenos, junto a la Biblioteca-Hija, y lo llamaron sucesivamente Trajanum, Hadrianum o Foro de Alejandría. Todos los emperadores romanos cuidaron y engrandecieron el Serapeum y la llamada Biblioteca-Hija de Rhakotis, cuya riqueza bibliográfica posiblemente superaba a la primera Biblioteca ya en el siglo III. Que el témenos de Rhakotis era la sede de la Biblioteca-Hija, lo cuenta con admiración Aphthonios de Antioquía, el rétor sirio, de mediados del siglo IV o principios del V, que vio el majestuoso edificio poco antes de su destrucción, y relata en su Prosgymnastica, que en la plataforma más alta de la Acrópolis, fundada por Alejandro, al lado de los extensos pórticos de la Academia, adornada con estatuas de distintos sabios, existían " ... armarios donde se guardaban los libros y salas destinadas a la biblioteca", junto al santuario de Serapis, que bien pudieron albergar 700.000 rollos de papiro "...que podían consultar libremente los que habían dedicado sus vidas al estudio de los libros, siendo estas salas de estudio las que habían dado a la ciudad su fama de ser la primera en filosofía". Rufino Tyrannio, por su parte, monje propagandista cristiano del siglo IV (341-410), quien también fue contemporáneo y asistió a la destrucción del Serapeum, cuenta en su traducción de la Historia Eclesiástica, del 399, cómo antaño se desplegaban sus edificios magníficos, la riqueza de la gigantesca estatua de Serapis, obra maestra de Bryaxis, que tocaba las paredes y el techo del templo, hecha de marfil, oro y plata, y la importancia de la "Academia de Aristóteles" con sus salas de conferencias y sus veinte escuelas distribuidas entre los pórticos del Museo, Academia que evocaría el sabio judío Benjamín de Tudela en 1160, y Abd-AI-Latif, historiador y médico iraquí, en su importantísima obra Relación de Egipto, de comienzos del siglo XIII. Tras el Edicto del emperador Teodosio I en el año 391, mandando cerrar los templos paganos, esta magnífica Biblioteca-Hija pereció a manos de los cristianos en el 391, fecha de la violenta destrucción e incendio del Serapeum alejandrino; las llamas arrasaron allí la última y fabulosa biblioteca de la antigüedad. Según las Crónicas Alejandrinas, un manuscrito del siglo V, fue el Patriarca monofisita de Alejandría, Teófilo (385-412), conocido por su fanático fervor en la demolición de templos paganos, el destructor violento del Serapeum. Los monjes y cristianos enardecidos por el obispo rodearon el recinto de Serapis, donde se habían refugiado cientos de fieles paganos amenazados por la violencia de los seguidores de Teófilo. Este leyó en voz alta el decreto de Teodosio y penetró en el santuario, dando el primer hachazo a la sagrada estatua de Serapis. Sus seguidores destruyeron el grandioso santuario y la estatua de Serapis, arrastrando su cabeza por las calles de Alejandría, enterrándola más tarde junto a los otros ídolos, y fundieron los metales preciosos, quemando todo a su paso, estatuas y libros al unísono, todo el pensamiento clásico y pagano. En esa ocasión la ciudad se arruinó tanto que llevó a Juan Crisóstomo, uno de los Padres de la Iglesia griega (347-407), a escribir que "...la desolación y la destrucción son tales que ya no se podría decir dónde se encontraba el Soma", la tumba de Alejandro, el monumento más emblemático de la ciudad. Un testigo presencial, Eunapios, en su Vita Aedesii asegura que los seguidores de Teófilo arrasaron el santuario hasta sus cimientos, que no pudieron arrancar, devastando todo a su paso. A propósito de la desaparición de los restos de Alejandro Magno, se ha descubierto que la entrada a la gran galería subterránea, el "Atrium", al oeste del témenos, debió de quedar bloqueada por las ruinas del Serapeum durante el incendio; sólo eso explicaría que no haya restos de fuego ni cuerpos, que se haya encontrado dentro casi intacta la magnífica estatua del buey Apis que ofreció Adriano y que sus misteriosos nichos estén vacíos. Éstos, que según unos contenían momias de pequeños animales sagrados, y según otros formaban los depósitos de los libros más preciados de la Biblioteca-Hija, fueron vaciados sistemáticamente sin dejar rastro de destrucción; su contenido fue, por tanto, rescatado. Podemos pensar que las manos que pusieron con urgencia a salvo el cuerpo de Alejandro de una segura profanación, trasladaron también, aquella terrible noche de la destrucción del Serapeum, parte de los fondos de la Biblioteca-Hija a un sitio más seguro. La existencia en algún lugar lejano de una cámara oculta donde aún se halla la urna de cristal en la que reposa el fundador mitico de Alejandría, junto a cientos de libros del Serapeum, suscita la esperanza inmensa de poder encontrarlos, enterrados en los oasis del desierto líbico o en el valle del Nilo. Con respecto al desastre del Serapeum, el testimonio de Amiano Marcelino, historiador romano de origen sirio, parece confundir el incendio de la Biblioteca-Hija, del que era riguroso contemporáneo, con el de la Gran Biblioteca, ubicando los dos en el Serapeum y poniendo como culpable a César. Este testimonio es, tanto más extraño, cuanto que Amiano es considerado claro e imparcial, y es nuestra fuente más importante para otros períodos de la historia que vivió, como sus Anales de Tácito. A no ser que nos encontremos ante el primer mistificador del brutal incendio del Serapeum, atreviéndose a responsabilizar a César de un desastre cultural tan clamoroso en su tiempo, ocurrido quinientos años más tarde de la muerte del romano. Curiosamente, hay que añadir que también aparece la confusión de las dos bibliotecas de Alejandría, según algunos estudiosos, en el Codex Parisinus del Apologeticum de Tertuliano (160-220), heterodoxo latino, traicionando el Codex un retoque muy posterior, de época carolingia. No es la única interpolación a los textos que introdujeron los exegetas y traductores europeos de los textos árabes, exonerando con ello a los cristianos monofisitas del incendio de la última gran biblioteca de la antigüedad tardía e inaugurando por su parte una segunda serie de silencios y testimonios falsos o confusos que han rodeado hasta hoy mismo la desaparición, tanto del Serapeum, como de la Biblioteca. Nunca se volvió a reconstruir la segunda Biblioteca de Alejandría tras la hecatombe que sepultó en el Serapeum a cientos de paganos, mezclados con las columnas quebradas del templo. Los arqueólogos no han encontrado entre sus restos desolados ningún vestigio, ni bizantino ni islámico. Se puede decir, siguiendo a Rufino, Aphthonios y Orosio, que ya no había ninguna auténtica biblioteca pública en Alejandría desde principios del siglo V. Rufino nos deja pensar que antes del 400 todo había sido arrasado en lo alto de la primera terraza, no quedando nada del témenos, destruidos los santuarios, biblioteca, academia, obeliscos y la gran columna de Serapis, que caería hecha pedazos. Orosio vio entristecido, en 416, a su paso por Alejandría, en el viaje de regreso a su Iberia natal, el Serapeum y otros templos alejandrinos con "sus armarios vacíos de libros", añadiendo en su Historia que "...fueron saqueados por hombres de nuestro tiempo", aludiendo así a un recuerdo todavía vivo en su época. Nunca más se volvieron a mencionar ni el Serapeum, ni la Academia ni la Biblioteca de Alejandría en ningún texto posterior. Sólo quedaron las bibliotecas de particulares, de monasterios y de las escuelas paganas, que daban sus enseñanzas entre las ruinas inferiores del Serapeum hasta el fin del siglo V, según ciertos autores árabes. Las escuelas alejandrinas de derecho, letras y medicina se mantuvieron abiertas en viejos palacios hasta que Justiniano las mandó cerrar en el 529, destruyendo así el último legado del patrimonio antiguo. Cerca del Circo romano yacía Kôm el Dîmas, antigua necrópolis de tiempos de Alejandro, hacía tiempo abandonada, convertida ya en colinas de arena en la falda oriental de Rhakotis. Teófilo empezó a excavar allí inmediatamente después de la destrucción del Serapeum, encontrando un gran tesoro funerario, con el que construyó en aquel mismo lugar la iglesia de S. Juan Bautista, S. Elías y S. Eliseo, conocida como "El Dîmas", en tiempos del emperador de Oriente, Arcadio (395-408). Esta iglesia albergaría el Arcadium, Evangelium o Angelicum, la sede de la Escuela de la Alejandría cristiana, pronto monopolizada por los monjes monofisitas alejandrinos, los Angelitae, tachados de herejes por Timoteo, patriarca de Constantinopla. El emperador bizantino Arcadio, celoso defensor del cristianismo, que declaró religión del Estado en el 408, mandó erigir sobre la colina de Rhakotis, entre las ruinas del Serapeum, la Columna Theodosiana o Arcadia, para conmemorar el "Triunfo del Cristianismo" sobre los paganos, paralela a otra que elevó en Bizancio. Esta co!umna monolítica, de 30 metros de altura, proveniente de algún templo alejandrino cercano al Serapeum, es la "Aammoud-es-Saouari" de los árabes, la "Columna de Pompeyo" de los cruzados, milagro de equilibrio del fuste más alto y bello de la antigüedad, de granito pulido de Syenne, mantenida sobre una exigua base con la ayuda de poderosos encantamientos mágicos. Esta columna, cuya erección sólo pudo hacerse después de la destrucción del Serapeum, marca con su enigmática presencia el silencio que envuelve aquel lugar arrasado. Efectivamente, tras la destrucción del Serapeum, la colina de Rhakotis quedó como un lugar maldito, embrujado por las almas de los cientos de cuerpos insepultos o amontonados en fosas, alrededor de la gran columna, entre masas de columnas rotas. Este espectáculo dantesco llegó intacto a los ojos asombrados de los arqueólogos del siglo pasado, que excavaron allí centenares de cadáveres esparcidos en la primera y segunda terrazas del santuario, entre miles de trozos de columnas y paramentos, rotos con encarnizamiento. Sus testimonios científicos, cuidadosamente silenciados, como si de un tabú se tratara, revelan, sin lugar a dudas, que aquel lúgubre y terrible lugar fue el final indigno de la milenaria cultura faraónica. En el siglo XIX, el arqueólogo C. Botti cuenta, con estremecedora claridad, que "Todavía siento el horror de los muertos que he encontrado a centenares en las excavaciones cerca de la columna. He contado los esqueletos casi a centenares por debajo de los cascotes de albañilería y los bloques rotos de granito... Cadáveres amontonados, los unos sobre los otros... la muerte ha pasado por allí; la carnicería se había extendido por todas partes... nunca vi (en Alejandría) nada semejante a este desorden en la muerte...". Ver, Biblioteca de Alejandría.
 
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