Destino
Los griegos llamaban Anagké (pronunciado Ananké) a una especie de divinidad, o más bien una fuerza suprema, que consideraban superior no solo al mundo, sino a los mismos dioses. Hesíodo la considera hija del Caos y la Noche. Todas las demás divinidades le están sujetas. Los cielos, la tierra, el mar, los infiernos, están bajo su dominio, y nadie puede mudar sus resoluciones; o hablando con los estoicos, el Destino era aquella fatal necesidad según la cual todo sucedía en el mundo. Zeus hubiera querido salvar a Patroclo, pero era necesario que examinase su destino que no conocía. Toma unas balanzas, lo pesa; y siendo más pesado el platillo que decide de la muerte de este héroe, se ve obligado a abandonarle a su destino. Este dios se lamenta, en el mismo poeta, de no poder suavizar el destino para su hijo Sarpedón, ni librarle de la muerte. Ovidio pone en boca de Júpiter, que él está sujeto a la ley del destino, y que si pudiese mudarlo, Éaco, Radamanto y Minos no gemirían abrumados bajo el peso de la vejez. Diana, en Eurípides, para consolar a Hipólito muriendo, le dice que no sabría a la verdad cambiar el orden del destino, pero que, para vengarle, ella misma, con sus propias manos mataría uno de los amantes de Venus. Por inevitables que fuesen los decretos de esta ciega divinidad, Homero dice sin embargo, que pensaron una vez no ser ejecutados, tan desventajosas eran las ideas que se tenían de ellos; y Virgilio deja entender, por su expresión defata viam invenient, que había medio de eludirlos y de mudar el sentido. Estos destinos estaban escritos desde la eternidad en un lugar donde los dioses iban a consultarlos. Júpiter fue allá con Venus, dice Ovidio, para ver los de Julio César. Este poeta añade que los destinos de los reyes estaban grabados sobre el diamante. Las tres Parcas eran los ministros del destino, encargadas de hacer cumplir las órdenes de la ciega divinidad. Un mitólogo moderno dice que eran los secretarios de su gabinete y los guardas de sus archivos. La una dictaba las órdenes de su maestro, la otra las escribía fielmente, y la última las ejecutaba hilando nuestros destinos. Se le representaba teniendo a sus pies el globo de la tierra y en sus manos la urna que encierra la suerte de los mortales. Se le da también una corona matizada de estrellas y un cetro, símbolo de su poder soberano. Para hacer ver que nada variaba y que era inevitable, los antiguos le figuraron por medio de una rueda fija con una cadena. En lo alto de la rueda hay una gran piedra, y abajo dos cuernos de la abundancia con dos puntas de dardos. Homero ha dejado una hermosa imagen del destino que se encuentra sobre una pátera etrusca de bronce. Zeus pesa en su balanza el destino de Aquiles y de Héctor; y según el de este último la muerte lo arrebata. Apolo le retira el apoyo que hasta entonces le había concedido. Ver, Fatum, Hado, Moiras.

