Fortificaciones romanas

En un primer momento las fortificaciones romanas seguían el modelo etrusco, en el que grupos de aldeas en la cima de las colinas estaban unidas en formidables ciudades: las primitivas empalizadas y fosos se reemplazaron en tomo al siglo VII a.C. con masivos muros de terraza reforzados con rampas y respaldados por montículos de tierra. En el año 378 a.C. los romanos comenzaron la construcción de la Muralla de Servio: era una construcción de piedra con bloques rectangulares que incluía un masivo muro aterrazado a través del lado este de Roma débilmente defendido. Desde la mitad del siglo II a.C. las fortificaciones romanas decayeron, reflejando la falta de un arte poliorcético sofisticado. Durante el Alto Imperio las defensas consistían normalmente en una muralla con un foso delante. El único avance significativo fue el rastrillo, una invención del final del período republicano. En el siglo II, las fortificaciones romanas reflejan un pensamiento más defensivo. Las fortificaciones fronterizas del muro de Adriano y el limes germánico presentan una gran escala, pero no muestran avances de pensamiento sobre los usos del siglo V a.C. pues consisten en fuertes o campamentos unidos por muros o empalizadas. Las fortificaciones romanas del Bajo Imperio, desde la época de Diocleciano en adelante, estaban dispuestas para una defensa prolongada, mientras que durante el Alto Imperio el ejército intentaba normalmente afrontar al enemigo a campo abierto. Los fuertes nuevos se levantaban en terreno elevado y el foso con forma de V estrecha del Alto Imperio dio paso a un amplio foso de fondo plano situado bastante lejos de las murallas para crear una zona de muerte. Las murallas eran masivas, con torres proyectadas para permitir el fuego de enfilada y con frecuencia incluían plataformas para la artillería: la catapulta de torsión con dos brazos para arrojar saetas (la ballista) , o el onagro o escorpión de un solo brazo para arrojar piedras.
 
Volver