Guerra griega

Muchas de las guerras griegas se desarrollaban a pequeña escala, eran asuntos locales destinados a resolver disputas políticas o territoriales. La amenaza de los invasores de devastar las cosechas de los defensores llevaba a éstos a salir y presentar batalla: un encuentro entre hoplitas determinaba el resultado, tras él los vencedores devolvían los muertos a sus oponentes para que los enterrasen, levantaban un trofeo, se sellaban los acuerdos oportunos. Normalmente las bajas eran moderadas, quizá un 5 por 100 para los vencedores y un 15 por 100 para los perdedores. Este tipo de guerra era necesariamente estacional, puesto que el año agrícola dictaba la efectividad de la amenaza y la disponibilidad de hombres. Los estados no buscaban normalmente destruir a sus enemigos y sus rudimentarias técnicas de asedio harían de esta empresa algo difícil de lograr. La Guerra del Peloponeso alteró esta situación. El poder económico y naval de Atenas impidió la ejecución de las tácticas normales, mientras que las ligas enfrentadas se probaron resistentes y capaces de absorber las derrotas. Su prolongación hizo que la guerra fuese más compleja y la necesidad de mantenerla provocó una escalada de dureza y brutalidad. Es verosímil que las guerras de Filipo II y de Alejandro Magno pusiesen más empeño en la persecución, en infligir bajas y sembrar la confusión, y los asedios victoriosos extendieron el control territorial. Ver, Asedio griego, Ejército griego.
 
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