Historiografía romana
La historia fue una invención griega y cuando los romanos comenzaron a escribir sobre su propio pasado estaban adoptando conscientemente una forma literaria griega (Ver, Historiografía griega). El primer historiador romano, Fabio Píctor, escribió de hecho en griego. Otros siguieron su ejemplo, entre ellos Postumio Albino. Catón atacó a Albino como presumido y él mismo demostró que era posible escribir en latín. Sus Orígenes, aunque inusuales en método y objetivo, señalan el comienzo de la historiografía latina. Le siguieron una serie de historias romanas en latín, la mayoría denominadas Annales, obra de escritores como Pisón Fruges y Gelio. Ellos fueron los precursores de los posteriores analistas republicanos, Licinio Mácer, Claudio Quadrigario, Valerio Antas y por último Livio, cuyo trabajo señala el apogeo de este tipo de historiografía, y es el único ejemplo que se conserva, aunque sólo de forma parcial. La mayor parte de los analistas se ocupaban de la totalidad de la historia de la ciudad desde sus orígenes y adoptaron un ordenamiento año por año a la manera de los Annales Maximi, que tuvieron que formar también una de sus fuentes más importantes. Pero también eran capaces de buscar en registros familiares privados y en una tradición oral importante. En la época gracana algunos historiadores rechazaron los Annales como una mera repetición de los hechos ocurridos y se volvieron hacia la historia política contemporánea a la manera de Tucídides o Polibio. Entre los exponentes tempranos de esta tendencia están Sempronio Aselión y quizá Fanio, aunque se sabe poco de sus trabajos. Una figura más sustancial es Sisena, él mismo directo predecesor de Salustio, cuyas Historias no se conservan, pero cuyas brillantes monografías sobre Yugurta y Catilina figuran entre los primeros trabajos conservados de la historiografía latina. Otros escribieron sus memorias, y volvieron a dirimir antiguas batallas con la pluma. Entre ellos están Emilio Escauro, Rutilio Rufo, Sila y sobre todo César, cuyos magistrales Commentarii todavía se conservan. Otra figura influyente fue Asinio Polión, que escribió una continuación a las Historias de Salustio cuqando se retiró de la escena política. Durante el principado todo cambió. Tras Livio, ningún historiador latino importante intentó reescribir la historia de la Roma republicana. Esto no se debió a que el trabajo de Livio desanimase a todos los competidores, sino a que los temas habían muerto. La época de los Julio-Claudios ofrecía al historiador nuevas posibilidades y nuevos peligros. El año 25, Cremucio Cordo pagó con su vida la expresión de sentimientos republicanos en su historia. La alternativa a la subversión era la adulación. Un ejemplo de ella se conserva en el trabajo de Veleyo Patérculo, cuya adulación de Tiberio y de Sejano añade un embarazoso toque, a un trabajo por lo demás pedestre. Otras historias de comienzos del Imperio, por ejemplo las de Cluvio Rufo, Aufidio Baso y Plinio el Viejo, se han perdido por completo, lo que hace difícil para nosotros establecer adecuadamente los logros de Tácito. Los magistrales análisis que Tácito hace de la tiranía y sus efectos corruptores se sitúan en un marco analístico, pero la personalidad del emperador está siempre en primer plano. Como reconocía Tácito, la naturaleza del régimen empujaba inevitablemente al historiador hacia la biografía. La biografía se convirtió en la principal forma de la historia imperial y alcanzó su cumbre en las incomparables Vidas de los Césares de Suetonio. Suetonio tuvo muchos imitadores, pero ninguno se conserva, con la excepción de la mendaz y todavía problemática Historia Augusta. Ningún historiador posterior produjo nada que rivalizase con Tácito hasta Amiano Marcelino al final del siglo IV. Él fue el último gran historiador de Roma. Por lo demás, la historiografía había degenerado por entonces en la producción de epítomes para gente semiletrada que no podía tratar con Livio y Tácito, o en la historia cristiana, que se fundaba en la piedad, por lo que carecía de análisis políticos.

