Libros latinos

Los libros circulaban ampliamente en Roma hacia el siglo I a.C., cuando oímos hablar de vendedores de libros tales como los Sosios y de editores tales como Ático. Entonces ya existían grandes bibliotecas privadas pero la primera biblioteca pública la fundó Asinio Polión el año 39 a.C.. Augusto fundó otras dos y las bibliotecas pasaron a ser un rasgo de la opulencia privada e imperial a lo largo de todo el Imperio. El copiado de textos y la mecánica de la producción de libros estaban asegurados por el trabajo de esclavos, cuya carencia de cuidado fustigó Cicerón. Los autores carecían de la protección contra la copia y no cobraban derechos de autor, de modo que el papel de un patrono literario tal como Mecenas era por todo ello de la mayor importancia. En la primera fase del Imperio los libros se convirtieron en objetos deseables para coleccionistas, pero también existía una demanda destinada a fines educativos. El establecimiento de un curriculum básico en la escuela aseguró una demanda, y por ello la supervivencia de un canon de textos standard. Con todo, la circulación siguió siendo relativamente pequeña y la fama de un escritor se extendía mucho más por los recitados públicos que por la venta de sus textos.
 
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