o El-Gabal o Elegábalo o Elagábalo o Helagábalo o Heliogábalo o Lagabalo. Deidad que se adoraba en Emesa (hoy Homs, ciudad de la alta Siria), y que se cree era el sol. Este dios era representado bajo la figura de un betilo. El betilo de Elagábal fue venerado en Roma en su templo del Palatino, no lejos del de Cibeles. Al igual que el de esta, era también negro o muy oscuro y de una forma aproximadamente ovoidea. El emperador Heliogábalo lo trajo desde la ciudad de Emesa allá por los primeros años del siglo III de nuestra era (dios y emperador acabaron compartiendo el nombre, aunque, para mayor claridad, se utiliza Elagábal para el dios y Heliogábalo para el emperador, su sacerdote). Para entonces los romanos ya se habían acostumbrado ciertamente a rituales orientales poco convencionales, lo que no quita para que la entrada en Roma del betilo fuera realmente triunfal. El emperador mandó colocar el meteorito en un carro, y se realizó una procesión por las calles de la ciudad hasta llegar al Palatino, donde, rodeado de jardines, se alzaba el gran templo bautizado como Elagabalion en honor al dios recién llegado. La imagen del betilo, cubierto de joyas y gasas sobre las acuñaciones de Heliogábalo, ejemplifica bien la actitud del emperador hacia el dios y hacia el ritual que lo rodeaba; para Elagábal no había nada demasiado bueno, ni demasiado caro, ni demasiado grandioso. El betilo se revestía con las telas más exóticas y las piedras más finas, y frente al templo se realizaban todas las mañanas sacrificios. El betilo de Elagábal, cuyo nombre significa el Dios de la Montaña, presentaba en su superficie una serie de marcas que sus sacerdotes interpretaban como signos solares y astrales, adecuados al carácter solar del mismo dios. La política religiosa del emperador convirtió a Elagábal en poco menos que la deidad suprema de Roma; Heliogábalo casó su betilo con la estatua de Juno Caelestis, que hizo traer de Cartago, y con el Palladio (la escultura representando a Atenea que habría caído del cielo en los tiempos fabulosos en que Ilión edificaba Troya, y que Eneas salvó de la destrucción llevándola a Roma. También intentó que la misma Cibeles se trasladara al Elagabalion (aunque no está demasiado claro si lo consiguió o no), y lo mismo pasó con los "ancilia", los escudos sagrados de Marte, y con algunos otros elementos cultuales. Elio Lampridio, en su Historia Augusta, cuenta así lo que ocurrió en el verano del año 219: "Pero, tan pronto como [el emperador] entró en la ciudad, (...) consagró a Elagábal sobre el monte Palatino, al lado de su mansión imperial y le erigió un templo, con el deseo de trasladar a él la imagen de la Madre de los Dioses, el fuego de Vesta, el Palladio y los escudos sagrados, y todos los objetos de culto que los romanos veneraban, procurando que en Roma no se adorara a ningún otro dios que Heliogábalo [Elagábal]. Decía, además, que había que traspasar a aquel templo el culto de los judíos y de los samaritanos, para que los sacerdotes de Heliogábalo [Elagábal] poseyeran los secretos de todas las religiones". En realidad, no se trataba de un mero afán de acaparar objetos sagrados; si nos fijamos, veremos que Heliogábalo seguía una cierta lógica en sus elecciones: Juno Caelestis, como heredera que era de Tanit, tenía un fuerte carácter betílico, mientras el fuego de Vesta se relacionaba con el otro componente principal de Elagábal, es decir, el aspecto solar. En cuanto al Palladio, Cibeles y los ancilia, todos ellos compartían con Elagábal el rasgo de haber caído del cielo, aunque seguramente no fue esto lo que pensaron la mayoría de los romanos cuando Heliogábalo empezó con los traslados. Siempre en la misma línea, el emperador potenció los ritos de su dios hasta extremos nunca vistos en la Urbe. Sin embargo, Elagábal no disfrutó mucho tiempo de su preeminencia. Tras el asesinato de su gran sacerdote (es decir, el emperador) su sucesor, Alejandro Severo, devolvió el betilo a Emesa, e instauró en el gran templo el culto a Júpiter. Juno Caelestis y los demás volvieron a sus templos, se acabaron la música y los sacrificios en los grandes jardines del Palatino. Ver, Betilo.