Los romanos no fueron menos adictos que los griegos al hábito de escribir textos sobre superficies duraderas con la finalidad de tener un registro permanente. Se conservan inscripciones romanas de todos los períodos de la historia romana y de todas las partes del mundo romano (una estimación reciente sitúa el total en torno a las 300.000, número que quizá representa una muestra de sólo un 5 por 100 del total que existieron en alguna ocasión). Las inscripciones latinas se encuentran en su mayor parte en la mitad occidental del Imperio de lengua latina. En el este griego la mayor parte de las inscripciones se escribían con toda naturalidad en griego, cosa que siguió ocurriendo a lo largo de la historia del Imperio y hasta el período bizantino (Ver, Epigrafía griega). La historia de la epigrafía latina comienza pronto, incluso antes que la de la propia Roma. Un texto sobre un fragmento cerámico recientemente desenterrado en Gabies, en el lacio, data de ca. 800 a.C., y es el primer texto alfabético conocido en cualquier idioma. Sin embargo, sólo se conserva un escaso puñado de inscripciones latinas anteriores al año 600 a.C., y no más de unas 70 de antes del año 400. A partir de entonces los números se incrementan de manera sustancial, especialmente para el último siglo de la República. Pero la inmensa mayoría de las inscripciones latinas, probablemente más del 95 por 100, proceden del período imperial, la mayor parte de los siglos II y primera parte del III. Aunque algunas inscripciones históricas importantes se fechan durante la República, por ejemplo, el decreto senatorial regulando las Bacanalia (186 a.C.), y la ley de Cayo Graco sobre la Res Repetundae (122), ambas sobre tablillas de bronce, es durante la historia imperial que el testimonio de las inscripciones ha aportado la contribución más decisiva. Dejando aparte grandes textos históricos, entre los cuales las Res Gestae de Augusto ocupan un lugar de privilegio, la importancia de las inscripciones está en que ilustran acerca de aspectos de la vida romana que no se tratan en las fuentes literarias: cubren un espectro social más amplio y documentan la vida en las provincias, así como en Roma e Italia. La mayor parte de las inscripciones se erigieron para honrar o conmemorar a individuos (con menos frecuencia a grupos, aunque las unidades del ejército romano constituyeron una excepción) y varían en tipo desde las más simples lápidas funerarias hasta los más elaborados textos monumentales. Si bien son formales y en ocasiones pomposas, en muchas ocasiones consiguen proporcionar un sentido de vitalidad e inmediatez como registros tangibles de las vidas de gente real. Un tema importante es el registro de los logros personales en una amplia variedad de campos. Las inscripciones recogen las carreras de senadores, administradores ecuestres, soldados de todos los rangos, cargos municipales, sacerdotes, artesanos, comerciantes o, simplemente, esclavos liberados que lograron éxito en su vida posterior. Estos textos, cuando se analizan conjuntamente, proporcionan un testimonio sin parangón para la historia social, para la reconstrucción de las jerarquías administrativas y sobre la existencia y naturaleza de toda clase de asociaciones públicas o privadas. Mientras que las inscripciones estaban sin duda libres de cualquier forma de sesgo aristocrático que está presente en las fuentes literarias, sin embargo no por ello representan a toda la sociedad. El grabado de inscripciones era una tarea profesional y para levantar una inscripción, aunque fuese modesta, era necesaria cierta cantidad de dinero. La consecuencia es que sólo los más acomodados aparecen representados en ellas. Amplias capas de población, incluida la masa del campesinado rural, el proletariado urbano y los esclavos, dejando aparte a los libertos que tuvieron éxito, están ausentes casi de forma total.