Misterios de Deméter que se celebran todos los cuadrienios, entre los celeos y filasienios, y todos los años entre los feneasios, lacedemonios, parrasios y cretenses, pero más especialmente entre los atenienses en Eleusis, ciudad del Ática, de donde las trasladó Adriano a Roma, y donde subsistieron hasta el reinado de Teodosio I. Era la más célebre y misteriosa de todas las solemnidades griegas; así se llamaban los misterios por excelencia. Estos misterios se dividían en grandes y pequeños. Unos atribuían el establecimiento de los primeros a Eumolpo, otros a Orfeo. Los atenienses, que se calificaban inventores de la agricultura, atribuían su origen a Deméter misma, que bajo el nombre y vestido de una simple mortal, vino buscando su hija al palacio de Céleo, rey de Eleusis. Diodoro de Sicilia hace autores de ellos a Erecteo, cuarto rey de Atenas que, llegando de Egipto con una flota cargada de trigo, libró la Ática de un hambre entonces universal, y que colocado sobre el trono por el reconocimiento de sus habitantes, les enseñó el culto de Deméter. Estos misterios se celebraban en el mes Boedromion. Los pequeños, consagrados más particularmente a Prosérpina, se celebraban cerca de Atenas, en las riberas del Hiso y en el mes de Antesterión. Parece constante que fueron establecidos por los extranjeros, excluídos en los primeros tiempos de la participación de los misterios de Eleusis, reservados entonces para los ciudadanos. Aún esta gracia sólo se concedería rara y era necesario que el defecto del nacimiento fuese cubierto por un mérito resplandeciente. Se refiere entre los que la recibieron a Heracles, Cástor y Pólux, Esculapio, Hipócrates y el escita Anacarsis. Los pequeños misterios tenían también el destino de preparar a los grandes misterios, de los cuales eran imagen, como el sueño lo es de la muerte. Sólo se los empleó en este uso cuando los primeros fueron accesibles a todas las naciones, siendo el intermedio de cinco años. Otros dicen que de un año, al menos para los ciudadanos y aquellos a quienes se quería favorecer. Durante este intervalo, llevaban el nombre de novicios y miraban de lejos las ceremonias a que se destinaban. Terminado este tiempo pasaban a ser epoptes o éforos, esto es contempladores. Se aspiraba a este último estado como al de la perfección. La ceremonia se hacía duante la noche. Los iniciados se reunían cerca del templo en un recinto bastante capaz para contener una multitud numerosa. Llevaban coronas de mirto y se lavaban las manos a la entrada del pórtico. Después de varios preparativos, el principal ministro de la diosa les hacía algunas preguntas, a las cuales respondían por una fórmula que Arnobio y Clemente de Alejandría nos han conservado. Después de esta respuesta se les hacía pasar rápidamente por continuas alternativas de luz y tinieblas. Pasaba delante de sus ojos una confusa multitud de objetos diferentes: se oían muchas voces a la vez; en fin se terminaba la ceremonia exponiendo a su vista el objeto de su espera, y se retiraban en medio de aclamaciones. Los iniciados nunca se quitaban la ropa hasta que era muy usada y vieja, y entonces la consagraban a Deméter y a Prosérpina. Presidían cuatro ministros la ceremonia de la iniciación. El primero era el Hierofante, o el que revela las cosas sagradas. El segundo el Daducho o jefe de los Lamporos; el tercero el Hierocérice o jefe de los heraldos sagrados; el cuarto el asistente del altar, cuyo vestido alegórico representaba la luna. El arconte-rey era el superintendente de la Fiesta de Eleusis, teniendo por asociados cuatro administradores nombrados por el pueblo. Los dos primeros eran siempre elegidos en las familias sacerdotales; los dos últimos se sacaban indiferentemente del resto de los ciudadanos. Había además un gran número de ministros subalternos distribuidos en muchas clases, subordinados, cada uno a uno de los cuatro primeros y todos juntos al Hierofante, como también una reina de los sacrificios que presidía las más misteriosas ceremonias. Estas fiestas duraban nueve días. El primero se llamaba Agrimos, o día de asamblea. El segundo estaba consagrado a las purificaciones, que consistían en baños de mar. En el tercero, se ofrecían sacrificios de mijo y cebada que se recogía en un campo de Eleusis. Estas ofrendas eran de tal modo sagradas que ni aun los mismos sacerdotes podían tomar su aparte. El cuarto estaba señalado para una procesión solemne, en la cual se llevaba sobre un carro tirando por bueyes entre las aclamaciones del pueblo el Calatión o cesto sagrado. El quinto se llamada el día de las antorchas, por que la noche siguiente corrían por las calles, a semejanza de Deméter y Prosérpina, con teas encendidas en las manos. El sexto se llamaba Iacchos, en honor de Iaccho, que había acompañado a la diosa cuando buscaba a su hija. El séptimo estaba dedicado a los juegos Gimnasios, en los cuales era premiado el vencedor con una medida de cebada. El octavo se consagraba en iniciar a los que no lo estaban aún, y llevaba el nombre de Epidaura, en memoria de que en aquel mismo día Esculapio había venido de Epidauro, para ser admitido en la iniciación. El nono se llamaba Plemochoai, esto es, nave de tierra, porque se llenaban dos naves de agua y de vino, colocando la una al este y la otra al oeste, y se volcaban repitiendo ciertas palabras místicas. Durante estos nueve días no era permitido prender a nadie, los tribunales estaban cerrados, los negocios suspendidos. Era un crimen castigado al momento con pena capital, el presentar una petición al templo de Eleusis. Una ley formal prohibía a la mujeres, éstas aun de primer grado, hacerse conducir al templo en carros, y la pena de esta prevaricación consistía en una multa considerable. Los atenienses hacían iniciar sus hijos desde la cuna, y era un deber el serlo antes de la muerte, considerándose como un sacrilegio la negligencia en este punto. Todas las personas, de cualquier edad y estado, eran admitidos en ellos después de los preliminares usados. Se excluían rigurosamente los homicidas, aun los involuntarios, los encantadores, los malvados, los impíos y sobre todo los epicúreos, amantes del placer: el heraldo sagrado les mandaba en alta voz que saliesen, y aun el mismo Nerón con todo su poder no osó profanar con su presencia el templo de Deméter. Las recompensas prometidas a los iniciados eran demasiado grandes para atraer la multitud y a algunos políticos con ella. Se les pronosticaba una felicidad sin límites. Las diosas a que estaban consagrados eran su apoyo, y aun a veces los inspiraban a su propósito. Durante la vida todo les salía conforme a sus deseos y después de su muerte estaban seguros de alcanzar el mejor lugar en los Campos Elíseos, mientras que la impura multitud de los profanos era lanzada al negro Tártaro. No era menos prohibido el divulgar los misterios. Revelar el secreto y escucharlo, se trataba de dos crímenes iguales. Se rehusaba toda comunicación con los que habían tenido la indiscreción de divulgar secretos tan respetables, los arrojaban de la sociedad y se evitaba el encontrarse con ellos en la misma nave, o habitar en la misma casa y respirar el mismo aire. Estaba rigurosamente prohibida a los profanos la entrada del templo, y la muerte castigó la temeridad de dos jóvenes arcadios que habían osado introducirse en él. Un silencio, que era tan peligroso romper, ha cubierto con un velo casi impenetrable lo interior de los misterios. Cicerón dice en general que, tomados en su verdadero sentido, nos instruyen más de la naturaleza de las cosas que de la de los dioses; parece resultar de este pasaje que los objetos de este culto, divinizados en los tiempos posteriores, no eran más que emblemas que presentaban originalmente, bajo una imagen sensible, algún punto de la teología egipcia relativo a la formación del universo y de los seres que lo pueblan. Ver, Misterios.