Entre los romanos existió una magistratura cuya historia está lejos de resultar clara, que tenía un carácter excepcional, y que después de haber caído largo tiempo en desuso, acabó por ser resucitada cuando se produjeron las perturbaciones políticas que determinaron la caída de la República. Esta magistratura, llamada dictadura (dictatura) confería el imperium a su titular. Éste era escogido e investido necesariamente por el cónsul, ya que sólo un magistrado en posesión de imperium podía transmitir dicho poder a otro a instancias del Senado. La dictadura fue la única de todas las magistraturas romanas que escapaba a la colegiación. Sólo un dictador escogía por sí mismo a un subordinado, el jefe de la caballería (magister equitum). Esto no implica de ninguna manera que la dictadura fuese una función esencialmente militar. Los equites, que eran mandados por el magister equitum, eran solamente los caballeros de las primeras centurias, es decir, la aristocracia según la clasificación serviana. Tenemos en esta dictadura aparentemente la forma romana de una vieja institución itálica y sin duda más especialmente latina, pues conocemos dictadores latinos que perduraron a la cabeza de las antiguas ciudades del Lacio, a las cuales la conquista romana había privado de la autonomía. A decir verdad, la dictadura aparece como muy próxima a una especie de realeza y el valor religioso de la función es innegable, pues, incluso fuera de todo período de crisis, existía la costumbre de designar a un dictador encargado de alguna muy especial misión, por ejemplo clavar ritualmente un clavo en una pared del Capitolio. Este acto, cuya significación nos escapa, no podía ser realizado por ninguna otra persona que no fuese un dictador, y ello, ciertamente, porque este título era el de un personaje desaparecido, del cual sólo los dioses habían guardado el recuerdo. En la práctica, el Senado recurría a la dictadura cuando el Estado atravesaba una crisis grave en la que la colegiación de los cónsules o el derecho de intercessio de los tribunos eran incompatibles con el orden y la seguridad. El dictador volvía a encontrar el imperium con todos sus efectos; no había de tener en cuenta ni el derecho de apelación al pueblo ni el veto de los tribunos. Pero su poder no podía exceder de una duración de seis meses. La tradición ha conservado el recuerdo de un cierto número de dictaduras de la época arcaica. Muchas de ellas son dudosas, por ejemplo, la de Furio Camilo, el vencedor de los galos. El último, en fecha, de los dictadores regularmente investidos fue Q. Fabio Máximo el Contemporizador, encargado de restablecer la situación ante las victorias de Aníbal en el año 216 a.C.. Fue solamente Sila quien 120 años más tarde volvió a tomar el título, pero éste no hará ya otra cosa que encubrir una tiranía de hecho impuesta por las armas. Y lo mismo pasará con la dictadura que César se hará otorgar el 49 a.C. durante la guerra civil. Ver, Dictador.