(ss. XI-X a.C.). Fue hijo de Isaí (Jesé). Fue primero rey de Judá (ca.1.008-1.001 a.C.), y luego de todo Israel (ca.1.001-968 a.C.). La vida de David tuvo tres fases principales: la primera, cuando Saúl aún vivía; la segunda, durante los siete años y medio en que reinó exclusivamente sobre Judá; y la tercera, durante su reinado de 33 años sobre todo el territorio de Israel. David era un joven muy bien parecido: "rubio, de bellos ojos y hermosa presencia". Durante su juventud destacó por dos rasgos: su valor y su talento musical. Fue llevado a la presencia de Saúl cuando el monarca, sumido en una depresión, buscaba a "un buen mozo que tocara la cítara" para que le reconfortara. La interpretación musical de David debió de ser tan buena, que Saul le nombró su escudero (es decir, su asistente personal) y le tomó un afecto que, a pesar de sufrir violentas vicisitudes, nunca llegó a extinguirse del todo. David regresó junto a su padre, pero fue enviado de nuevo al campamento de Saúl para llevar unos quesos a tres de sus hermanos que servían en el ejército. Cuando llegó, las tropas reunidas por Saúl para enfrentarse a los filisteos se hallaban atemorizadas por el gigante Goliat. David aceptó el reto del gigante y, con una combinación de intrépido valor, certera destreza y una única y bien pulida piedra, derribó al gigante con su honda. Aunque fue el propio Saúl quien insistió en mantener a David a su lado, los celos no tardarían en hacer presa en él, a medida que el pueblo, entusiasmado por la muerte de Goliat, comenzó a aclamar a David en términos exagerados, "Saul mató sus millares y David sus miríadas... y desde aquel día en adelante miraba Saúl a David con ojos de envidia" y trató de provocar su muerte, haciendo de él uno de los capitanes de su ejército. Asimismo, le entregó a su hija Mikal como esposa para que fuera "para él un lazo", exigiéndole que antes le trajera "cien prepucios de los filisteos". David sobrevivió a tan ardua prueba y regresó con doscientos prepucios. Fue por entonces cuando se inició la legendaria amistad entre David y Jonatán, el hijo de Saúl, quien previno a David de que su vida corría peligro y trató de interceder ante Saúl en favor de David. En esta ocasión, como volvería a ocurrir en otras, Saúl transigió en un primer momento, pero luego trató de apuñalar a David cuando éste se encontraba tocando la cítara. David escapó con la ayuda de Mikal, que frustró los planes de sus perseguidores colocando un muñeco en la cama de su marido. Cuando llegó la luna nueva, Saúl organizó una fiesta, y David tuvo que decidir si asistía o no al convite. Jonatán se mostró conforme con la idea de tantear a su padre al respecto, pero Saúl percibió su inquietud y descubrió sus intenciones, advirtiéndole enfurecido que nunca llegaría a ser rey si no se eliminaba a David, ante lo cual, Jonatán optó por aconsejar a David que huyera a un lugar donde Saúl no pudiera encontrarle. David marchó primero a Nob, donde recibió el auxilio del sacerdote Ajimélek (una acción que costó a Ajimélek la vida) y recogió la espada de Goliat. La siguiente etapa de su peregrinar le condujo a la ciudad filistea de Gat, donde el rey Akís le acogió con gran hospitalidad. Tras hacerse pasar por loco para confundir a sus enemigos, David marchó a la caverna de Adul-lam, donde se le unirían sus hermanos y muchas gentes descontentas, endeudadas o en apuros, hasta formar un grupo de 400 personas. A partir de entonces, David se convirtió, ya no sólo en la mente enferma de Saúl sino en la realidad, en una verdadera amenaza para el rey. Aunque David trató de convencer una y otra vez a Saúl de su lealtad, éste siempre vaciló entre dar crédito a lo que le decía o rechazarlo, a pesar de que David, en las dos ocasiones que tuvo en sus manos la posibilidad de acabar con la vida de Saúl, se negó a hacerlo. Durante esta etapa, David, que había perdido a su esposa Mikal, arrebatada por Saúl para entregársela a otro hombre, contrajo dobles nupcias con Abigail y Ajinoam. Acogido una vez más por Akís, se puso a su servicio en compañía de su banda, recibiendo a cambio tierras en Siquelag, un lugar próximo a Gat. Akís deseaba que David tomara parte en la expedición que una confederación filistea iba a llevar a cabo contra Saúl, pero los demás filisteos se opusieron a ello, por lo que David estuvo ausente de la batalla del monte Gelboé, donde se produjo la muerte de Jonatán y el suicidio de Saúl. Entretanto, David había emprendido por su cuenta la persecución y el ataque contra los amalecitas, que se habían aprovechado de las circunstancias para asaltar Siquelag y apoderarse de las mujeres del lugar, entre ellas, las dos esposas de David. En relación con el lamento de David por Saúl y Jonatán, el desleal señor y el fiel amigo respectivamente, ver, Jonatán. La muerte de Saúl hizo que David pasara de ser un fugitivo y un vasallo de Akís a convertirse en un rey independiente. Cuando sus compañeros de la tribu de Judá le proclamaron rey en Hebrón tenía 30 años de edad, y su primera alocución fue una llamada a la unidad nacional. Sin embargo, Abner, así como algunos de los demás baluartes de la corte y el partido de Saúl, proclamaron a Isbaal, el hijo de Saúl, rey sobre la totalidad del territorio de lsrael, provocando así un conflicto bélico que se prolongaría durante siete años y medio. Gracias sobre todo a su general Joab, David se fue imponiendo, de tal modo que, al producirse la ruptura entre Isbaal y Abner, pudo hacer valer su derecho a mandar sobre las doce tribus de Israel; un gobierno que se prolongaría durante 33 años. David estableció una nueva capital en Jerusalén, una ciudad que tomó a los jebuseos y que reconstruyó, y condujo a ella el arca de la alianza entre celebraciones, musicas... y algún que otro percance. Cuando el arca, que conducían en una carreta nueva Uzzá y Ajyó, se tambaleó, amenazando con caerse, Uzzá extendió la mano sobre ella para que no volcara y fue fulminado por Dios. David quedó tan impresionado por este incidente, que detuvo el viaje durante tres meses antes de reemprender la última etapa, tras la cual, el arca llegaría a Jerusalén con gran profusión de gritos y sones de trompetas, mientras el propio David danzaba y daba saltos con toda energía (su esposa Mikal, que le observaba desde una ventana, le despreció por aquel comportamiento propio de un saltimbanqui. David consolidó la posición de su reino en una serie de guerras que le enfrentaron a filisteos, edomitas, moabitas y amonitas, al sur, y a los cananeos, al norte. Ocupó Damasco, extendió el dominio de Israel hasta el Éufrates y se vengó de los amonitas por haber humillado a sus emisarios, a los que habían rapado la mitad de la barba y cortado los vestidos hasta la mitad de las nalgas. Durante su prolongado reinado confió en un grupo de poderosos personajes, entre los que se contaban: Joab, junto a otros dos generales, Amasá y Benaías; los clérigos Sadoq y Abiatar; y los jefes de la administración civil Josafat y Seraya; a estos dignatarios habría que añadir los propios hijos de David, que ejercían de capitanes o procónsules. En Jerusalén, David se convertiría en padre de otros once (o trece) hijos, a añadir a los seis que ya le habían dado las seis esposas que tuvo durante el período de la guerra de siete años contra los saulitas. Uno de estos hijos tardíos fue Salomón, que tuvo por madre a Betsabé. Ocurrió que hallándose David en uno de los terrados de su casa vio a Betsabé, casada entonces con Urías el hitita, y decidió apoderarse de ella. Tras seducirla, envió a Urías ante la presencia de Joab, con una carta en la que se le indicaba que debía poner a Urías a combatir en primera línea. Urías murió en combate y David pudo casarse con Betsabé. Sin embargo, Dios, enojado por todo ello, provocó la muerte del primer hijo de ambos. Más tarde, no obstante, tuvieron un segundo hijo, Salomón. El momento más crítico del reinado de David fue la revuelta de su hijo Absalón. El primer distanciamiento entre David y Absalón se produjo cuando éste asesinó a su hermanastro Amnón por haber violado a su hermana Tamar. Aunque esta primera brecha entre ambos se cerró gracias a los buenos oficios de Joab, Absalón comenzó a socavar el apoyo popular con que contaba David para atraerlo hacia sí. La conspiración para apoderarse del trono se vio coronada por el éxito y David tuvo que abandonar Jerusalén y huir hacia el este. Sadoq y Abiatar, que habían marchado con él, se habían llevado consigo el arca de la alianza, pero David les ordenó que la devolvieran a Jerusalén. Asimismo, mandó a su amigo y consejero Jusay a Jerusalén para que averiguara cuáles eran las intenciones de Absalón y tratara de contrarrestar la influencia del perverso Ajitófel, el cerebro gris de la revuelta. La suerte de David pasaba por horas tan bajas que un saulita impenitente, de nombre Semeí, se permitió arrojarle piedras y estiércol, mientras le increpaba: "Vete, vete, hombre sanguinario y malvado", a pesar de lo cual, David no permitió que su general Abisay le matara. Entretanto, en Jerusalén, Ajitófel instó a Absalón para que se hiciera con las concubinas de David, cosa que éste hizo en un acto de desafío y de afirmación de su propia autoridad (tras el regreso de David, siguió dándose cobijo y alimento a estas mujeres, pero ya nunca volvieron a ejercer su función originaria). Ajitófel deseaba asimismo que Absalón le confiara el mando del ejército, mientras que Jusay le apremiaba para que él en persona se pusiera al frente de las tropas. Cuando Absalón decidió seguir el consejo de Jusay, Ajitófel se ahorcó. Dos emisarios (Ajimaas y Jonatán, hijos ambos de dos de los principales sacerdotes) fueron enviados a David para darle a conocer los planes de Absalón, y, tras un azaroso viaje, durante el cual tuvieron que ocultarse en una cueva, llegaron por fin a su presencia. David ordenó que todas sus tropas se retiraran a la otra orilla del Jordán y, cuando Absalón las persiguió, fue derrotado y muerto por Joab. Para gran tristeza de David, la orden de que se respetara la vida de Absalón fue flagrantemente desobedecida por Joab. Tras volver a cruzar triunfalmente el Jordán, David fue escoltado hasta Jerusalén por la totalidad del pueblo de Judá y la mitad del de Israel. Sin embargo, también le acompañó el ruido sordo del descontento que anunciaba nuevas desavenencias entre Judá y las demás tribus; algo que recordaba la escisión que se produjo tras la muerte de Saúl y que anunciaba la que tendría lugar a la muerte de Salomón. Una vez reprimida la revuelta de Absalón, cayó sobre Israel una hambruna de tres años motivada, según explicó Dios, porque, años atrás, Saul había maltratado y asesinado a gran número de gabaonitas. Estos exigían ahora que se les entregaran siete hijos de Saúl para ahorcarlos, y eso fue lo que se hizo; entre ellos se encontraban los dos hijos de Rispá. Posteriormente, David recobró sus huesos, así como los de Saúl y Jonatán (que habían sido enterrados bajo un árbol en Galaad), y los enterró en el sepulcro de Quis, el padre de Saúl. Éste fue el ultimo acto del drama de la desdichada casa de Saúl. David, incitado por Satán, decidió censar a la población. Tras nueve meses y veinte días, los resultados obtenidos dieron un número de 800.000 varones adultos (capaces de manejar armas) para Israel y de 500.000 para Judá. David, no obstante, reconoció que había pecado, y Dios le dio a elegir entre tres males: siete años de hambruna, tres meses de continuas derrotas ante los enemigos o tres días de pestilencia. Eligió este último, y el ángel de la muerte acabó con la vida de 70.000 personas. Jerusalén, sin embargo, quedaría libre de aquel azote. Cuando David advirtió que el ángel se detenía en las afueras de Jerusalén, junto a la era de Arauná el jebuseo, se la compró por 50 siclos de plata y erigió allí un altar, deteniendo así la plaga. Ésta fue prácticamente la última acción que llevó a cabo David. Para entonces era ya un hombre anciano y aterido de frío al que mantenía caliente en su lecho la sunamita Abisag. Poco antes de morir, en la que sería definitivamente su última acción, refrendó a Salomón como su sucesor en detrimento de su hermano mayor Adonías. David es el personaje más atractivo de todo el Antiguo Testamento. Aunque su figura no sea tan seminal como la de Abraham, tan formidable como la de Moisés, tan mayestática como la de Salomón o tan profunda como la de Isaías, resulta sin embargo mucho más humana y rica que la de cualquiera de ellos. Fue un gran rey guerrero que consiguió unir a las tribus de lsrael (un hecho casi único en toda su historia) creando así un reino que, tanto en su tiempo como en tiempos de su hijo Salomón, dominó a los pueblos circundantes y obtuvo gran poder y riquezas. Para lograrlo hubo de enfrentarse a los reyes vecinos, a las tendencias centrífugas de las tribus y a la prolífica poligamia de su casa; tendencias todas ellas que militaban activamente contra la unidad de Israel. De forma inevitable, su obra se vino abajo durante la centuria siguiente, cuando se produjo un renacimiento de los grandes imperios de los valles del Tigris/Eúfrates y del Nilo, pero su figura ha sobrevivido a su propia obra. Era un hombre de una generosidad fuera de lo común, como demuestra su comportamiento con Saúl, Meribbaal, Abner, Semeí y varios otros más. Era asimismo un hombre que vivía la religión con una pasión arrebatadora que rayaba casi en lo extravagante, comparable quizá a la de las congregaciones evangelistas o los derviches giróvagos. Además era un artista. Se le atribuía la autoría de los Salmos, y aunque hoy en día tal atribución no se sostiene, no por ello deja de ser cierto que durante su vida se le consideró perfectamente capaz de escribirlos. Organizó coros y bandas, y él mismo cantó, bailó e interpretó música. No sólo tocaba la cítara sino también varios otros instrumentos. Sus lamentaciones por Saúl y Jonatán, o por Absalón y Abner, dan fe de su elocuencia y de la hondura de sus sentimientos. Y si el trato que dio a Urías constituye una mancha en su historial, conviene no olvidar que el de muchos de sus contemporáneos, predecesores y sucesores apenas si muestra otra cosa que no sean manchas de este tipo. Aunque se le ha imputado un consejo dado a Salomón desde su lecho de muerte, en el sentido de que convendría eliminar a Joab y Semeí, la veracidad de dicha acusación resulta sospechosa y no encaja con el tipo de persona que era; aunque lo cierto es que no hubiera sido ni mucho menos un mal consejo. En todo caso, su contribución a las costumbres de la época ha de considerarse positiva. Ver, Jonatán, Isbaal, Mikal, Janún, Absalón.