La iniciaron los poetas de la época helenística que deseaban conservar e interpretar el trabajo de sus antecesores. Los libros habían circulado desde el siglo V a.C., pero fue sólo con la fundación de la Biblioteca de Alejandría por Ptolomeo I, que la materia prima para la erudición estuvo disponible. La colección creció de los 200.000 rollos de papiro del año 285 a.C. a los 700.000 del siglo I a.C. y estuvo administrada y catalogada por una serie de bibliotecarios eruditos. El antiguo mundo había pasado, tanto en literatura como en política, pero los recién llegados estaban decididos a seleccionar y conservar lo mejor de lo antiguo. Ellos mismos eran poetas y trabajaban principalmente sobre textos poéticos, comenzando con Homero. Filetas de Cos fue el primero con su glosario de palabras raras, aunque la primera "edición" de Homero había sido preparada por Antímaco de Colofón al final del siglo V a.C.. El primer bibliotecario fue Zenódoto de Éfeso, que hizo ediciones críticas de Homero, Hesíodo y Píndaro. Sus sucesores, especialmente Aristófanes de Bizancio y Aristarco de Samotracia, desarrollaron técnicas editoriales más sofisticadas y decidieron qué escritores y cuáles de sus trabajos merecían conservarse y, de este modo, establecieron el canon de la literatura clásica. Finalmente se produjo el trabajo de interpretación. Se escribieron comentarios sobre todos los textos importantes (Ver, Escolios), y se hicieron estudios sobre el metro, la gramática y la lengua. Alejandría no fue el único centro de actividad erudita: también hubo una gran biblioteca en Pérgamo, donde se trabajaba más sobre los textos en prosa. Ver, Apolodoro, Crates de Malos, Dionisio el Tracio, Eratóstenes, Harpocración, Hesfestión.