Las Erinias, llamadas también las Euménides, es decir, las "bondadosas", de un sobrenombre destinado a adularlas y, por consiguiente, a soslayar su temible cólera en caso de llamarlas con un nombre odioso, son unas divinidades violentas que los romanos identificaron con las Furias. Han nacido de las gotas de sangre con las que se impregnó la tierra cuando la mutilación de Urano (Ver, Crono, Urano). Pertenecen, por tanto, a las divinidades más antiguas del panteón helénico. Son fuerzas primitivas, que no reconocen la autoridad de los dioses de la generación joven. Son análogas a las Parcas o Destinos, que no tienen más ley que ellas mismas, y a las cuales el propio Zeus se ve forzado a obedecer. En un principio su numero es indeterminado, pero más tarde se va precisando, así como sus nombres. Generalmente se conocen tres: Alecto, Tisífone y Megera. Se representan como genios alados, con serpientes entremezcladas en su cabellera y llevando en la mano antorchas o látigos. Cuando se apoderan de una víctima, la enloquecen y la torturan de mil maneras. A menudo son comparadas con "perras" que persiguen a los humanos. Su mansión es la Tiniebla de los Infiernos: el Érebo. A partir de los poemas homéricos, su misión esencial es la venganza del crimen. De modo especial castigan las faltas contra la familia. Por ejemplo, las Erinias son las que dictan a Altea su crimen contra Meleagro, como venganza, por haber éste dado muerte a sus tíos (Ver, Meleagro). También son las causantes de las desgracias de la familia de Agamenón a consecuencia del sacrificio de Ifigenia; las que impulsan a Clitemestra a matar a su esposo, castigándola luego por mano de su hijo, y, finalmente, las que persiguen a éste como asesino de su madre. Un papel similar es el que desempeñan en la maldición que pesa sobre Edipo. Como protectoras del orden social, castigan todos los delitos susceptibles de turbarlo, así como el exceso, la Hybris, que tiende a hacer olvidar al hombre su condición de mortal. Prohiben a los adivinos y profetas revelar con excesiva precisión el futuro, es decir, liberar a los humanos de su incertidumbre y asemejarlos en demasía a los dioses. A través de ellas encuentra su expresión la concepción fundamental del espíritu helénico en un orden del mundo que debe protegerse contra las fuerzas anárquicas. Naturalmente, una de sus funciones esenciales es castigar al homicida, no sólo al asesino y criminal voluntario, sino al homicida en general, ya que el asesinato es una mancha de tipo religioso que pone en peligro la estabilidad del grupo social en cuyo seno se ha cometido. Generalmente, el asesino es desterrado de su patria y vaga errante de ciudad en ciudad hasta que encuentra a alguien dispuesto a purificarlo de su delito. A menudo es enloquecido por las Erinias (Ver, Orestes y Alcmeón). Poco a poco, a medida que se afirma la creencia en un más allá, las Erinias van concibiéndose como las divinidades de los castigos infernales. Esta función aparece ya en Homero, aunque tímidamente, pero sobre todo se manifiesta en la Eneida. Virgilio las presenta atormentando a las "almas" de los difuntos con sus látigos y aterrorizándolas con sus serpientes en el fondo del Tártaro. Es posible que estas sombrías concepciones hayan sufrido la influencia de la religión etrusca, que se complacía en situar en el mundo infernal seres monstruosos que torturaban a los muertos. Ver, Caronte, Furias.