La política expansionista de los Ramésidas incorporó en el ejército faraónico a gran cantidad de soldados y oficiales de origen extranjero, principalmente libios. A comienzos del I milenio, durante la Dinastía XXI, el número de libios era ya considerable en el Delta. Algunos de éstos, los que habían desempeñado puestos de especial responsabilidad al servicio del faraón como jefes de los "mashauash" o extranjeros, fueron integrados en la aristocracia egipcia. Sus decendientes, en cambio, se convirtieron ya en usurpadores del trono amparándose en la desmembración del reino que siguió a la caída de Rameses XI, ca. 1069, el último faraón de la Dinastía XX. Tras varias tentativas de reunificación, Sheshonq I (945-924), un libio vinculado al sacerdocio de Abidos, ocupó el trono a la muerte de Psusenes II (959-945) y legitimó su posición por vía matrimonial y se reclamó descendiente de Esmendes I (1069-1043), el fundador de la Dinastía XXI. No obstante, Sheshonq inauguró la XXII al ganarse al sacerdocio tebano y lograr la unificación, estableciendo la nueva capital en Bubastis, en el Delta, un enclave estratégico en el camino de las expediciones militares a Asia, que se reanudarían bajo su reinado. Por el norte Sheshonq llegó hasta la fortaleza siria de Meggido y por el sur impuso de nuevo el mando egipcio en Nubia. Pero quizá el logro más importante del nuevo estado egipcio-libio fue la normalización de relaciones con los paises vecinos, especialmente con Libia, de vital importancia como puente del comercio de las ciudades sirio-fenicias y África siguiendo la costa del Mediterráneo meridional. También llevó a cabo una intensa política de asentamientos militares en el Delta; los soldados, en tiempos de paz, cultivaban parcelas de terreno como auténticos "colonos", aunque con intereses opuestos a los de la aristocracia terrateniente y de los grupos sacerdotales, que intentaban crear una situación de inestabilidad política gracias a su poder económico e influencia ideológica, respectivamente. No obstante, la situación interior se mantuvo mientras duró el prestigio egipcio en el exterior. Sin embargo, el nuevo faraón Osorcón I (924-889) tuvo que renunciar al control de los enclaves comerciales sirio-palestinos ante el avance asirio en esta área. Los disturbios protagonizados por los sacerdocios de las principales ciudades abocó a un nuevo desmembramiento del reino en principados independientes en el Delta, que se secundó con una segregación de Nubia, en el sur en torno al nuevo reino de Napata, fundado a comienzos del siglo IX a.C. También los nubios habían participado en los ejércitos faraónicos e incluso la influencia del clero tebano es notoria en la Baja Nubia, cuyo límite con el Alto Egipto, propiamente dicho, se establecía en las proximidades de la 4ª catarata del Nilo. Era natural, por tanto, que la expansión del nuevo reino se buscara hacia el norte incluyendo la región más meridional del Valle. A mediados del siglo VIII Kashta adoptó la titulatura egipcia y su hijo Piankhi, de origen etíope, emprendió la conquista de todo el Valle del Nilo y alcanzó incluso Tebas enfrentándose finalmente al príncipe Tefnakht, que dominaba en el Delta. La victoria de Pianji (747-716) supuso la reunificación de Egipto y la imposición de la Dinastía kushita (la XXV), que durante casi 70 años había coexistido con representantes de las tres Dinastías teóricamente anteriores (XXII [945-715), XXIII [818-715), XXIV [727-715). Su hijo y sucesor Shabaka (716-702), tras controlar Menfis, trasladó la capital a Tanis, en el extremo nororiental del Delta, ante la constante presión asiria sobre el país. Pero Taharqa (690-664) no pudo ya evitar que el ejército de Assarhaddon penetrara en Egipto en 671 a.C. y llegara con sus tropas hasta la propia Nubia. El apoyo inicial prestado a Taharqa por los egipcios se tomó en colaboracionismo con los soberanos asirios cuando poco después de Assurbanipal se presentó ante ellos como libertador del yugo etíope y dispuesto a reconquistar el país. Todavía Tanutamón (664-656), un sobrino de Taharqa, opuso resistencia a la presencia asiria, pero fue derrotado en Tebas, ciudad que fue saqueada y despojada de sus tesoros milenarios a juzgar por la descripción contenida en los anales asirios. Aunque el testimonio del botín pueda ser exagerado (plata, oro, gemas, sirvientes, caballos, obeliscos, talentos, puertas, etc.), lo cierto es que esta legendaria ciudad del Valle, situada en el centro del país frente a Luxor, no volvería a reponerse jamás. Libios, primero, y nubios y etíopes, después, habían fracasado en el intento de perpetuar su poder, bien por disensiones internas, bien por imposición de un dominio extranjero. La última tentativa de mantener a Egipto como un estado independiente fue llevada a cabo por los principes saítas, también de origen libio, que dominaron esta ciudad norteña durante varias generaciones. Uno de éstos, Psamético I (664-610), tras suceder a su padre Necao I, y amparado en sus buenas relaciones con los asirios, es considerado propiamente el fundador de la Dinastía XXVI (672-526)), conocida con el nombre de "saíta", debido a que la capital fue establecida en Sais. Pero el período mejor conocido de ésta corresponde a la época de Necao II (610-595), su hijo, en la que el país del Nilo parece haber gozado todavía de cierta prosperidad aunque el dominio político egipcio en Asia había concluido. No obstante, se reanudaron las relaciones comerciales con los países vecinos y se afianzaron los contactos con el Egeo y Asia Menor. No sólo griegos, sino también carios y jonios reforzaron el ejército faraónico en calidad de mercenarios. Pero el apoyo prestado a estos grupos extranjeros muestra las dificultades del Estado egipcio para hacer frente por sí solo tanto a las tendencias autonomistas de los "nomos" del interior cuanto a la presión babilónica en las posesiones exteriores. Sin embargo, esta actitud receptiva de los faraones saítas ha sido interpretada también como mero filohelenismo de Ápries (589-570) y Amasis (570-526), quien llegó a contraer matrimonio con una griega de Cirene y estrechó sus relaciones con Chipre. En cualquier caso, la realidad social de Egipto en esta época había cambiado sustancialmente. El apoyo a la realeza faraónica no radicaba ya en grupos autóctonos, sino en elementos extranjeros (aristocracia militar de origen libio, mercenarios de origen griego); en el norte se habían instalado "colonias" griegas (Cirene y Naucratis); los comerciantes minorasiáticos y fenicios se habían establecido en las ciudades del Delta. Por tanto, el control militar, económico y político del Estado estaba ya en manos extranjeras. Necao reemprendió la política de conquistas en Asia llegando hasta Siria, pero en Karkemish su avance fue detenido por el babilonio Nabucodonosor. La misma política con similares resultados llevó a cabo Ápries en Fenicia. Pero su fracaso le enfrentó a Amasis, un jefe militar proclamado "rey" después de su victoria. Éste a duras penas logró contener la presión del ejército babilonio sobre el Delta, obligado a retroceder ante el avance de Ciro II de Persia hacia el núcleo del imperio neobabilónico. Cuando en 525 a.C. Cambises penetró con su ejército en el Delta, derrotó sin dificultad a las tropas de Psamético III en Pelusium, conquistando así para el poderoso imperio persa el milenano reino de los faraones egipcios. Los soberanos persas se autotitularon también faraones del país y configuraron una nueva Dinastía, la XXVII (525-404). Aunque Egipto consiguió todavía eventualmente recuperar su independencia, las dinastías siguientes fueron muy cortas y siempre bajo el arbitraje de las sucesivas potencias orientales.