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Página 538 - 1322 Palabras 26851 al 26900 de 66095

Palabra   |   Descripción

Libum

Torta compuesta de harina, miel, leche y sésamo que servía para los sacrificios romanos, sobre todo para los de Baco, los de los Lares, y para la fiesta de los Términos. Se comía después del sacrificio. Ver, Comida y bebida.

Libui

Libicii (tribu gala de la Galia Cispadana que también vivían en la Galia Transpadana).

Libros Sibilinos

Estos libros se llamaron así porque contenían las predicciones de las sibilas. Denominan las nueve colecciones de oráculos que, según la tradición, había llevado a Roma la Sibila de Cumas y ofreció en venta al rey Tarquinio el Soberbio. Éste los rehusó por encontrar excesivo el precio. A cada negativa, la Sibila quemaba tres libros. Al fin, el rey Tarquinio compró los tres últimos y los depositó en el templo de Júpiter Capitolino. Tras ello, la Sibila desapareció. Estaban custodiados por una comisión de duunviros al principio y después de quindecenviros, dedicados a la conservación y consulta de estos libros religiosos. Algunos Libros Sibilinos se destruyeron en el incendio del año 83 a.C.. El Senado encargó entonces a una comisión la composición de otros textos con noticias dignas de confianza recogidas en los lugares en los que había habitado la sibila. La nueva colección, recompuesta y revisada durante el Imperio de Augusto, se custodió en el templo de Apolo sobre el Palatino. En el año 400, por orden de Estilicón, los nuevos Libros Sibilinos se arrojaron a las llamas. Durante la República y hasta la época de Augusto, los Libros Sibilinos ejercieron una gran influencia en la religión romana. Eran consultados en casos de desgracia, de un prodigio o de un acontecimiento extraordinario. En ellos se encontraban prescripciones religiosas, dedicaciones y reglas de culto, de sacrificios expiatorios…

Libros Pontificiales

Libros redactados por los pontífices romanos, que comprendían: )o( 1.- La lista de los pontífices (album pontificum) )o( 2.- Los Comentarios (comentari pontificum), documentos dirigidos a particulares o magistrados sobre interpretación de leyes. )o( 3.- Los fastos. )o( 4.- Las Actas (acta pontificum) o cuentas rendidas de su actividad. )o( 5.- Los Anales, que cesan en 130 a.C.. )o( 6.- Formularios de plegarias. )o( 7.- Fastos consulares: listas cronológicas de los cónsules desde la fundación de la República.

Libros latinos

Los libros circulaban ampliamente en Roma hacia el siglo I a.C., cuando oímos hablar de vendedores de libros tales como los Sosios y de editores tales como Ático. Entonces ya existían grandes bibliotecas privadas pero la primera biblioteca pública la fundó Asinio Polión el año 39 a.C.. Augusto fundó otras dos y las bibliotecas pasaron a ser un rasgo de la opulencia privada e imperial a lo largo de todo el Imperio. El copiado de textos y la mecánica de la producción de libros estaban asegurados por el trabajo de esclavos, cuya carencia de cuidado fustigó Cicerón. Los autores carecían de la protección contra la copia y no cobraban derechos de autor, de modo que el papel de un patrono literario tal como Mecenas era por todo ello de la mayor importancia. En la primera fase del Imperio los libros se convirtieron en objetos deseables para coleccionistas, pero también existía una demanda destinada a fines educativos. El establecimiento de un curriculum básico en la escuela aseguró una demanda, y por ello la supervivencia de un canon de textos standard. Con todo, la circulación siguió siendo relativamente pequeña y la fama de un escritor se extendía mucho más por los recitados públicos que por la venta de sus textos.

Libros griegos

En el siglo V a.C. había un puesto de venta de libros en el mercado de Atenas y una copia de Anaxágoras costaba un dracma. Se dice que con anterioridad Pisístrato había ordenado la puesta por escrito de los trabajos de Homero hacia la mitad del siglo VI. Pero probablemente no hubo un proceso de copiado o de circulación a gran escala hasta que la educación hizo surgir una demanda de los escritos de poetas y filósofos. En el período helenístico los libros estaban disponibles de una forma mucho más libre y los particulares podían formar sus propias bibliotecas. De hecho, los primeros libros eran rollos formados con tiras de la planta de papiro que crecía, casi exclusivamente, en el delta del Nilo. El texto se escribía en columnas verticales que el lector desenrollaba de uno de los rollos y enrollaba en el otro. Al no haber divisiones entre palabras y que algunos textos tenían más de sesenta metros de largo, la lectura era una engorrosa tarea. El monopolio egipcio fue motivo de problemas y una interrupción del suministro de papiro originaba el desarrollo de alternativas. En Pérgamo se trataron pieles de animales para hacer pergamino. Esto, junto con la introducción del códice o libro de hojas encuadernadas tal como lo conocemos, a partir del siglo II, revolucionó la publicación y la lectura. Ver, Erudición griega.

Libros Fatales

Libros Sibilinos (estos libros se llamaron así porque contenían las predicciones de las sibilas).

Libros del Mundo Subterráneo

Nombre moderno que se da a la totalidad de obras funerarias reales utilizadas durante el Imperio Nuevo. A diferencia de los Textos de las Pirámides, los Textos de los Sarcófagos y del Libro de los Muertos -escritos a partir de varias fuentes-, estas obras se elaboraron en un momento específico. Bajo este epígrafe se incluyen el Libro de lo que hay en el Mundo Subterráneo, el Libro de las Puertas, el Libro de las Cavernas, así como otra obra conocida como el Libro de la Tierra.

Libros de las Crónicas

Paralipómenos (los dos libros de los. Estos dos libros, colocados actualmente en las Biblias hebreas después de los libros de Esdras y Nehemías y en la Biblia griega y en la latina, inmediatamente ….).

Libro volante

Libro del que habla Zacarías, el cual tenía veinte codos de largo y de ancho. Era uno de aquellos rollos antiguos compuesto de muchas pieles o pergaminos encolados por el extremo. Este volumen apareció a Zacarías en espíritu y contenía las maldiciones, amenazadas y desgracias que debían caer sobre los judíos.

Libro para salir al día

Libro de los muertos (los Textos de los Sarcófagos dieron origen al Libro de los Muertos, nueva adaptación y ampliación de los anteriores. Su nombre antiguo era "Fórmulas para salir a la luz". Son una ….).

Libro del Sirácida

Eclesiástico (uno de los Libros Sapienciales del Antiguo Testamento, llamado de la Sabiduría porque enseña preceptos excelentes en todo linaje de virtudes. La tradición latina ….).

Libro del Día y Libro de la Noche

A partir de Setos I aparecieron los llamados Libro del Día y Libro de la Noche, que no alcanzaron mucha popularidad. En ellos el rey es despertado por Horus, quien con la ayuda de los dioses de la comitiva de Osiris logrará coger las manos de Nut, la diosa del cielo. Gracias a las dos barcas solares (mandjet y mensenktet) penetrará durante el día en los Campos de Ialu y durante la noche viajará por el río subterráneo hasta la hora de Re, momento en que este dios hace vivir a los hombres. Ver, Literatura funeraria.

Libro de Sirácides

Eclesiástico (uno de los Libros Sapienciales del Antiguo Testamento, llamado de la Sabiduría porque enseña preceptos excelentes en todo linaje de virtudes. La tradición latina ….).

Libro de los muertos

Los Textos de los Sarcófagos dieron origen al Libro de los Muertos, nueva adaptación y ampliación de los anteriores. Su nombre antiguo era "Fórmulas para salir a la luz". Son una compilación de capítulos procedentes a veces de textos antiquísimos que se encontraban junto a las momias egipcias. En total son más de 190 sortilegios, recetas mágicas y otro tipo de conocimientos para alcanzar la vida eterna. En el Imperio Nuevo aparecen como tales, recogidos en gran parte de épocas anteriores en torno al 1.550 a 1.450 a.C.. Además de diversas fórmulas, contiene himnos a las divinidades, rituales simbólicos para identificar al difunto con los seguidores de Osiris, disposiciones morales necesarias para el difunto y textos que indican las transformaciones en cierta clase de animales diferentes, cuyas cualidades eran necesarias para alcanzar la otra vida. También hay descripciones del Más Allá y conocimientos teológicos que el difunto debía adquirir para poder ser admitido en el reino de Osiris. Copiado sobre papiro, acompañaba al muerto para ayudarle a superar los avatares del Más Allá. Alcanzó el final de la historia de la religión egipcia. Existe un fondo religioso común desde los Textos de las Pirámides hasta el Libro de los Muertos, pero también una diferencia fundamental, puesto que los primeros estaban reservados sólo a los faraones, mientras que los Textos de los Sarcófagos y el Libro de los Muertos, iban destinados a todos los hombres ya fuesen reyes, campesinos o artesanos. Ante todo debe decirse que el Libro de los Muertos no es un tratado de religión egipcia, sino simplemente una riquísima colección de prácticas mágicas, plegarias, invocaciones, especulaciones teológicas y ceremonias purificadoras de diverso interés. Así, sus variados capítulos servían únicamente para proporcionar ayuda al difunto que podía disponer de uno de sus ejemplares. En unas ocasiones le asiste contra la sed y el hambre del Más Allá; en otras le sirve para hacer frente a los enemigos. O bien le faculta para que tome variadas formas de animales. Y, sobre todo, le permite "salir al día", es decir, le posibilita tomar parte en las ofrendas funerarias a él dispensadas; le posibilita la inmortalidad. Su primer editor y traductor, fue el alemán Karl Richard Lepsius, quien lo publicó en 1.842 como Das Todtenbuch der Ägypter, tenía como incipit la expresión pri em hru, «salir al día», lo que justificaba en gran parte todo su contenido; contenido que podría proporcionar al difunto la facultad de moverse, de escapar a la inmovilidad de la muerte. En realidad, el Libro de los Muertos contiene textos funerarios de todas las épocas, incluso de las más alejadas. Dado el conservadurismo de los egipcios, que no eran capaces de apartar las viejas ideas religiosas ante la presencia de otras nuevas, durante el Primer Periodo Intermedio y el Imperio Medio el estamento clerical aprovechó las repetidas fórmulas de los Textos de las Pirámides y de los Sarcófagos para redactar un nuevo libro funerario, que poco a poco iría fijándose hasta llegar a la Dinastía XVII, época en que aparecen ya algunas de sus fórmulas escritas en algunos sarcófagos, caso del de la reina Montuhotep, de hacia el 1.600 a.C.. Durante la siguiente dinastía, la XVIII, el Libro de los Muertos, en su redacción tebana, continuó siendo una serie de fórmulas sin orden alguno. El Libro va evolucionando con la adición de nuevos materiales, en los que el compromiso de las creencias solar y osíríca son muy evidentes, hasta la Epoca Saíta, en que se procede a su canonización definitiva, que tendría lugar, en su máxima expresión, durante la Dinastía XXVI, bajo los Psaméticos. Ahora se fijaría el orden de las fórmulas, que se mantendrían invariables en las nuevas copias. Las fórmulas o sortilegios (rau) presentan unos títulos que encabezan el contenido religioso y se cierran, a veces, mediante unas rúbricas, en las que se dan directrices para la correcta utilización de los textos. Será en los sarcófagos tebanos de la Dinastía XVIII cuando aparezcan ilustraciones o viñetas (por lo común muy bellas) para complementar lo narrado en las fórmulas. Estas, a medida que se copiaban en las llamadas Casas de la Vida (cuya actividad esencial consistía en preparar las obras literarias religiosas), se iban perfeccionando y ganando en variedad y calidad. Luego, en la Época Baja las ilustraciones de los papiros fueron de dibujo más ligero, apareciendo algunos originales sin cromatismo alguno, lo que habla de la gran demanda de ejemplares. Otro complemento a tener en cuenta en las fórmulas son las glosas o adiciones que se iban añadiendo, en algunos casos de mayor extensión que el propio texto, y que demuestran la gran antigüedad de las fórmulas (en unas cuantas se hace referencia a los faraones Semty, esto es, Usafais, de la Dinastía I y a Micerino, de la IV). Ni que decir tiene que esas glosas son algo libres, demostrando así que se había ido perdiendo la comprensión de los significados originales de las fórmulas. La sucesión de las fórmulas, que están recogidas sin orden alguno y que llegan a variar de unos ejemplares a otros, tiene, sin embargo, una lógica interna, que ha sido remarcada por algunos egiptólogos. P. Barguet, siguiendo a A. Moret, divide el Libro de los Muertos en cuatro grandes secciones o apartados, susceptibles de arbitrar una estructuración de los textos. La primera sección, que abarca los capítulos 1 al 16, presenta una serie de episodios en los que destacan una plegaría inicial, dirigida a los dioses de la Ultratumba, el viaje del cortejo fúnebre hacia la necrópolis, la identificación del difunto con el dios Thot y la llegada a la tumba. Una serie de himnos dedicados al sol y a Osiris cierra esta primera parte. La segunda, que se extiende desde el capítulo 17 al 63, se abre narrando la regeneración del difunto, el cual se equipara con el Señor del Universo, esto es, con Re. Luego, dirigiéndose a esta suprema divinidad, le solícita protección contra sus enemigos, sobre los cuales triunfa. A continuación se recíta una plegaria en beneficio del difunto en el instante justo en que va a renacer. Tras quedar purificado, se le devuelve el uso de la palabra (poder mágico), encuentra su nombre (personalidad) y recibe su corazón (consciencia). A esta sección le sigue la más compleja y extensa de todo el Libro (capítulos 64 al 129). Toda ella gira en torno a la transfiguración del difunto. Gracias a sus propiedades podrá escapar de la tierra como un luminoso y aparecer en el cielo. Podrá tomar los aspectos que quiera y que no serian otros que las formas que adoptaba el propio Re. Embarcado en la barca solar, el difunto será capaz de conocer todos los secretos de la misma (tripulación, partes), lo cual le permitirá viajar a las regiones subterráneas y averiguar ciertos misterios allí existentes. Finalmente, arribará ante el tribunal de Osiris, en donde deberá testimoniar su inocencia y pureza en el transcurso de un juicio, del que saldrá absuelto. La cuarta sección, desde el capítulo 130 al 162, está dedicada a la glorificación del difunto, quien, identificado a Osiris, navega en la barca solar por la Ultratumba. Identificado luego con Horus, demuestra que conoce el nombre de todos los dioses, los de las siete puertas y de sus guardianes, así como los de los veintiún porches de la mansión de Osiris en el Campo de las Juncias, y los de las catorce moradas donde reposaban los dioses. Por su condición de divino, tendrá suficiente provisión de alimentos, y dispondrá de amuletos que le protejan en su morada. La última sección (capítulos 163-190) es, en realidad, un complemento de todo lo anterior. Son fórmulas sin orden aparente en las cuales se alaba a Osiris, en realidad una forma de Re en el Más Allá. El difunto ofrece presentes a las divinidades del submundo; su momia recibe una glorificación, lo mismo que Osiris-Re, ante quien el muerto acude bajo el aspecto de Horus en unos casos, bajo el de Thot en otros. Uno de los capítulos (el 175) desentona del conjunto, dado que su contenido está dirigido más bien a los vivos que a los difuntos; en él se alude a la aparición del pecado, a un Diluvio universal que tendrá lugar al fin de los tiempos y a la presencia de Osiris sobre el trono de Re, en Heracleópolis. Todo el contenido del Libro de los Muertos se fue modificando según las circunstancias religiosas de las sucesivas etapas que conocieron su uso. Es decir, se intentó compaginar las dos creencias egipcias, la solar y la osírica, en un claro ejemplo de sincretismo. Tal compromiso motívó, lógicamente, la aparición de glosas explicativas y un número extraordinario de divinidades con toda la carga de su complejidad teológica. El Libro de los Muertos, tal como se ha dicho, es una recopilación de encantamientos mágicos o fórmulas destinadas a permitir que cualquier difunto, que pudiese disponer de un ejemplar, sobreviviera triunfalmente en el Más Allá, fuera capaz de transformarse en cualquiera de las criaturas que poblaban el mundo de los muertos, abriera una a una las puertas de la Ultratumba y saliese así "a la luz del día", a su liberación. El culmen de su importancia se centraba en la posibilidad de llegar nada menos que a identifícarse con su propio dios (yo soy Re; yo soy el Eterno). Esta creencia, esta posibilidad maravillosa de llegar a ser Re era muy importante para un egipcio, por lo cual el prestigio religioso del Libro de los Muertos fue extraordinario, creciendo cada vez más. Su colección de fórmulas no constituye una obra ritual (con excepción de algunos pasajes), sino un texto que el difunto debía leer (o hacer que se lo leyeran) para asegurarse la vida eterna, para consíderarse divino en su totalidad. De sus 190 capítulos, normalmente el primero se inscribía en el sarcófago del difunto según indica la rúbrica del mismo, a fin de que los dioses lo recibieran en paz y pudiese acceder a la Campiña de las Juncias o paraíso. El sacerdote-lector solía recitar el capítulo 13 en el día de los funerales para que el difunto pudiese adorar a Osiris, el señor de la Vida, en el Más Allá. También recitaba los capítulos 15 (una adoración a Re-Horakhty escrita sobre un papiro que portaba el difunto) y 19, una fórmula para alcanzar la Corona de la victoria, que debía leer sobre una corona colocada en la cabeza del muerto. El capítulo 100, en el cual se glorificaba al bienaventurado para que pudiese viajar con el cortejo de Re, se pronunciaba sobre un papiro dispuesto en el pecho del difunto. Lo mismo ocurría con el 102, escrito que a modo de amuleto debía colocarse en el cuello de la persona fallecida. El capítulo 130, o fórmula para que el alma viviera eternamente, debía depositarse en una barca pintada de blanco. Las rúbricas insisten una y otra vez en muchas de las modalidades que debían seguirse con algunos capítulos. En general, sin embargo, bajo la cabeza del difunto se colocaba la totalidad del Libro de los Muertos, verdadero talismán, indispensable para alcanzar la vida eterna. En ocasiones, sobre las figurillas que se depositaban en los sarcófagos solían grabarse fragmentos del Libro; en otras, en los propios sarcófagos se reproducían fórmulas enteras. Con todo ello se buscaba siempre el máximo aprovechamiento de los contenidos mágicos. No obstante, a pesar de la importancia capital que tuvo el Libro, éste fue, en realidad, una mercancía como tantas otras. Por ello, no todos los difuntos contaron con un idéntico número de capítulos en sus respectivos papiros funerarios. Dicho número dependía del rango del adquirente y del precio que pudiese pagar. Ello ha motivado que nos hayan llegado ejemplares del Libro de los Muertos de hasta 58 metros de longitud, por lo común bellamente ilustrados, y otros de únicamente 25 centímetros y, obviamente, sin viñetas ilustrativas. Aparte del mensaje salvador que encerraba la simple posesión de un ejemplar del Libro de los Muertos, la larga serie de sus fórmulas contiene no pocos aspectos interesantes, entre los cuales podemos señalar su simbología, la creencia en un juicio que el difunto sufría en su tumba, la posibilidad de una metempsicosis y los consejos dados a las personas todavía en uso de la vida terrena. Todo el Libro es, por su propio origen y formación, una simbología absoluta, centrada en el renacimiento y transfiguración del difunto. Los abundantes símbolos que aparecen a lo largo de sus capítulos son tan antiguos que incluso los propios egipcios del siglo XVI a.C., época de su mayor éxito, no fueron capaces de desentrañar, por lo que hubieron de recurrir a exégesis más o menos afortunadas. El interés de los egipcios por la muerte justificó la elaboración de unas fórmulas tendentes a hacer frente y a explicar tal problema, que se negaron a entender en su aspecto puramente material. La muerte era sólo una primera etapa de una larga cadena de fenómenos suprafisicos, la cual podía ser traspasada para alcanzar así, en buena parte gracias a ella, mundos superiores. El porqué primero sólo tuviese acceso a la inmortalidad el rey, que estaba en posesión de unos misterios por su propia esencia divina, es otro de los grandes interrogantes conectados directamente con el Mito de Osiris. En cualquier caso, gracias a la muerte de Osiris, el egipcio pudo penetrar en el dominio de la muerte y alcanzar así la eternidad. En el Libro de los Muertos también se hallan presentes los tres grandes mundos en que creyó el egipcio (tierra, cielo y mundo inferior) con sus interconexiones y con las metamorfosis que posibilitan el paso y la comunicación entre ellos, gracias siempre a la naturaleza cósmica del sujeto humano (cuerpo físico, alma, cuerpo glorioso, sombra, nombre, etc.). Hay que señalar que la comprensión de los símbolos que aparecen en el Libro es tarea difícil por muchas razones. La mentalidad del texto, obra no de Thot, como quiere el capítulo primero, sino de una decantación teológica de milenios, las constantes alusiones mitológicas y teológicas, las fórmulas extraídas de antiquísimos cultos mistéricos, los principios mágicos recogidos, las doctrinas iniciátícas más o menos reflejadas, son las constantes de una obra de difícil lectura, calificada en su día por el sabio alemán Adolf Erman, aunque injustamente, como "loca, absurda y llena de desatinos". De los 190 capítulos que constituyen el Libro de los Muertos el más importante de todos, por aportar también la idea más original, es el 125, titulado "Fórmula para entrar en la Sala de las Dos Maat" (las Dos Verdades). Hay que decir, sin embargo, que no sólo este capítulo testimonia esta idea, de pura invención egipcia, sino que también otros capítulos (por ejemplo, el 30) contienen alusiones más o menos precisas al hecho de un juicio antes de poder entrar en el otro mundo. En el capítulo 125, complejo y largo y en realidad parte, quizás, de alguna "liturgia de entrada", el difunto se presenta ante el tribunal de Ósiris a fin de que se le realice el pesaje de su corazón (sus acciones) para que pueda continuar su vida, gloriosa, en el mundo de los muertos. Ya en los Textos de las Pirámides y en el de los Sarcófagos, así como en otras composiciones (Instrucciones para Merikare), aparecía la idea de un juicio ante un gran tribunal a fin de justificar las acciones personales, pero sin presentar su total desarrollo. Poco a poco se fue estableciendo una conexión entre las malas acciones del hombre y el principio de justicia que representaba la divinidad, originándose así la idea de un orden moral que se personificó en la diosa Maat. Gracias a las viñetas de algunos ejemplares del Libro, que ilustran el mencionado capítulo 125 o las de algunos sarcófagos, conocemos con bastante detalle la escena del juicio que todo difunto sufría ante Osiris y su tribunal y en cuyo transcurso debía declarar por dos veces su inocencia. Esta duplicidad de confesiones negativas demuestra que hubo como mínimo dos textos separados en un principio. En la primera declaración, de signo positivista, las 36 frases negativas pronunciadas ante Osiris venían a demostrar que el difunto no había cometido ningún pecado en todo el año (36 decanes o unidades de tiempo egipcio) y, por extensión, en toda su vida. En la segunda declaración, de contenido moral, ante las 42 divinidades-jueces debía manifestar otras tantas confesiones negativas. Por su parte, también los 42 dioses le efectuaban un interrogatorio, lo mismo que los elementos arquitectónicos de la Sala, el portero y el dios Thot, que le hacía, a continuación, otra serie de preguntas. La escena central del pesaje del corazón del difunto, de acuerdo con la mayoría de las viñetas que iluminan el capítulo (evitamos las variantes), puede describirse así: Ante todo destaca una balanza en uno de cuyos platillos está el corazón del difunto (sede de sus acciones y consciencia) y en el otro una pluma de avestruz (símbolo de Maat, la justicia). Junto a la balanza están unas misteriosas figuras que encuadran el alma del muerto, representada por un pájaro con cabeza humana (bai). Son Shay, el destino; Meshkenet, el ladrillo en el que nació el difunto; y Renenutet, su buen genio. En el lado contrario está Anubis, quien, vigilante, controla la oscilación de la balanza al tiempo que dicta el resultado a Thot, el dios escriba, que también está personificado en el babuino sentado en lo alto de la balanza. Por detrás de estos dioses está atenta la Gran Devoradora, terrorífica fiera sentada sobre su estera. Es Ammit, un ser compuesto de patas delanteras de león, cuerpo de leona o de pantera, cabeza de cocodrilo y trasero de hipopótamo, dispuesta a devorar al muerto si no era declarado puro de corazón. Más a la derecha está entronizado Osiris, ante quien se hallan los cuatro hijos de Horus, sobre un gran loto; por detrás están, de pie, las dos hermanas Isis y Neftis. Por encima, y en hilera, se hallan los dioses jueces portando el cetro uas. Todo este juicio, de hecho, era una pura fórmula, dado que cuando el muerto entraba en la gran sala de Osiris ya había pasado por los ritos de purificación y solarización. Ya era, en una palabra, un ser puro, justificado, un Osiris N. Sin embargo, se ha de ver el lado positivo, que no es otro que testimoniar la fe que el egipcio tuvo en la equidad de sus jueces, así como en creer la eficacia de las buenas acciones, capaces de hacer perdonar las faltas. El cambio del alma del difunto en forma de animales (serpiente, insecto, ibis, fénix, gavilán, halcón, etc.), de divinidades (Osiris, Ptah o la que se quisiera), de plantas (flor, árbol) o de objetos (pilar) es otro de los aspectos más significativos del Libro de los Muertos. El alma, bajo esas formas (y así lo dicen los sortilegios o fórmulas), podía viajar fuera de su tumba, tanto por el mundo celestial como por el submundo. Esta creencia pasaría después al pensamiento griego bajo la teoría de la metempsicosis, que tanto alcance tuvo en algunos filósofos y sobre todo en la religión órfica. No todos los capítulos o fórmulas iban dirigidos a los difuntos. Unos cuantos de ellos, en el supuesto de que se conocieran, eran para uso de las personas vivas, tal como puntualiza la rúbrica del capitulo 18, en la que se indica que quien leyera diariamente la fórmula, en estado de pureza, podría estar libre de daño en la tierra y evitar los castigos en el Más Allá. También la rúbrica del capítulo 19 indica que el texto es de una gran protección para el ser vivo, si se recitaba al despuntar el día (venía a ser, pues, una plegaria matinal), o la del capítulo 71, la cual prometía al lector de la misma la posibilidad de estar intacto en la tierra. Interesante es la rúbrica del capítulo 72, que ofrece a quien lo hubiese conocido en vida el poder volver, tras la muerte, al mundo de los vivos, bajo el aspecto que se quisiera. En ese cúmulo de promesas, la rúbrica del capítulo 135 llega a prometer la deificación en vida, esto es, la de llegar a ser como Thot y recibir adoración por los vivos, aparte de prolongarle la vida en una hermosa vejez al conocedor del indicado capítulo. Esta promesa recuerda la divinización que los egipcios tributaron a algunas personalidades, caso del arquitecto Amenhotep, que vivió en la época de Amenofis III y que tuvo una estatua en vida, en Karnak, a la cual se tributaba culto. De todos modos, estas fórmulas están en contradicción con la gran rúbrica con la que termina el Libro de los Muertos, en la cual, además de señalar que el Libro en si mismo es una cosa verdaderamente secreta, pide que no se deje conocer a los ignorantes, a los habladores, ni a nadie, marcando la excepción del amigo íntimo y del sacerdote-lector. La valoración del Libro de los Muertos puede hacerse, únicamente, desde los presupuestos religiosos, que ya se han reseñado antes. Dado que era un elemento imprescindible (en una religión de culto y rito) para aspirar a la vida en el Más Allá, el Libro fue algo muy importante, pero algo a disposición de todos, siendo tan sólo el montante económico la condición necesaria para poseer un ejemplar del mismo, el cual, dispuesto junto a los restos del difunto, le permitía nada menos que "la salida a la luz del día", la inmortalidad. En cuanto a su estilo, hay que verlo bajo un carácter estrictamente alegórico, no apto para las personas no iniciadas, y en el cual las imágenes y los símbolos tenían su adecuado soporte en las hermosas viñetas que intentaban clarificar el contenido de las fórmulas. Dado su sentido críptico, no han faltado a lo largo de los últimos tiempos interpretaciones esotéricas de muy variado resultado, pero esas interpretaciones todavía revalorizan aún más el Libro (todo él irracional, contradictorio y misterioso), que seguramente fue recensionado con una clara intención hermenéutica, capaz de desafiar a los ss.. En cuanto a su número de ejemplares, hay que indicar que se conocen por millares, si bien todos ellos fragmentados. No obstante, hay algunos muy bien iluminados, caso de los papiros de Ani, un escriba real que vivió en el siglo XV a.C., de 24 metros de longitud; el de Hunefer, superintendente de Setos I, y que vivió en el siglo XIV, pero de sólo 5,5 m de longitud; el de Anhai, una sacerdotisa cantante del colegio de Amón-Re, que vivió en el siglo XII, y el de Aufankh, del Museo de Turin, de algo más de 19 metros y con un total de 165 fórmulas. Por su antigüedad, son de primera importancia el papiro de Iuya, del Museo de El Cairo, con sólo 40 formulas; el papiro de Kha, del Museo de Turín, con 33 fórmulas, y el papiro de Nu, del Museo Británico, ya con 137 fórmulas. Otros ejemplares, dignos de ser citados por alguna de sus viñetas, son el del general y escriba regio Nakht, de la Dinastía XIX; el de la reina Nedjme y el gran sacerdote de Amón Herihor, de la Dinastía XXI; el de Hornedjitef, de la XXVI, y el de Jehor, de época ptolemaica. Todos estos Libros (y en general las manifestaciones de la civilización egipcia) desaparecieron engullidos por las arenas del desierto, colaborando con este elemento de la naturaleza también los hombres. Entiéndase, las legiones de Roma, el poderío de Bizancio y la avalancha de la guerra santa de los jinetes árabes. Ver, Literatura funeraria, Ani.

Libro de lo que hay en la Duat

o Libro de lo que hay en el Mundo Subterráneo. Traducción aproximada del título de una obra funeraria real conocida como el Imy-duat (denominada normalmente "Amduat"). Esta obra está inscrita en las paredes de tumbas reales del Imperio Nuevo, en época de Thutmosis I. En ella se describe el viaje de Re por el mundo subterráneo durante la noche, que finaliza cuando la barca que transporta al escarabajo, símbolo del devenir, es arrojada por la boca de una serpiente otra vez a la luz del nuevo día. Ver, Literatura funeraria.

Libro de lo que hay en el mundo subterráneo

Libro de lo que hay en la Duat (traducción aproximada del título de una obra funeraria real conocida como el Imy-duat (denominada normalmente "Amduat"). Esta obra está ….).

Libro de las Puertas

Nombre moderno para una obra funeraria egipcia que aparece en tumbas reales, avanzada la Dinastía XVIII. Se redactó sobre el sarcófago del faraón Horemheb. Contiene una visión más compleja y detallada del mundo subterráneo que el Libro de lo que hay en el Mundo Subterráneo más antiguo. Es otro texto que describe también el viaje nocturno del sol a través del mundo subterráneo, antes de renacer, dividido en compartimentos que poseen una puerta vigilada por un guardián armado con un cuchillo y que el difunto debe franquear antes de llegar a la región de los espíritus puros. El título hace referencia a las doce puertas que dividen las horas de la noche. Ver, Literatura funeraria.

Libro de las Cavernas

Apareció por primera vez en la tumba de Mineptah, libro funerario real por antonomasia de los soberanos ramésidas. Esta obra dividía al mundo subterráneo en seis partes, cada una con escenas que describían fosos o cavernas sobre las que pasaba el sol en su viaje nocturno. Se trata de una colección de fórmulas mágicas con las cuales se podía hacer frente a los peligros y aplacar a los dioses de las diferentes cavernas que el difunto debía atravesar en el Más Allá. El acento religioso de los textos de acompañamiento recae sobre el dios Osiris. Ver, Literatura funeraria.

Libro de la Vaca Celestial

Relato del Egipto faraónico, en el curso del cual la humanidad había estado a punto de hundirse debido a su impiedad (versión nilótica del Diluvio) y fue en definitiva salvada por la clemencia divina. En la tumba de Setos I, aparece su ilustración.

Libro de la Sabiduría de Jesús ben Sirac

Eclesiástico (uno de los Libros Sapienciales del Antiguo Testamento, llamado de la Sabiduría porque enseña preceptos excelentes en todo linaje de virtudes. La tradición latina ….).

Libro de Daniel

El libro profético y apocalíptico de Daniel es una obra compleja. Empezando por la lengua, encontramos una serie de capítulos en hebreo, otros en arameo, otros en griego. La distribución de formas y temas no coincide con el reparto de lenguas. Encontramos una serie de episodios narrativos, que tienen por protagonista a Daniel y sus compañeros: una serie de visiones de Daniel explicadas por un ángel, y unas plegarias. La composición del libro, prescindiendo de las adiciones griegas, pertenece a la época macabaica; en concreto podemos datar el libro entre los años 167 y 164, o sea, entre la campaña en Egipto de Antíoco IV Epifanes y su muerte. El libro de Daniel es un libro aparte en la literatura del Antiguo Testamento; es el único escrito apocalíptico que haya sido reconocido como inspirado y haya entrado en el canon judío; no ha entrado como profético, como sí sucede en las Biblias griega y latina y en la tradición cristiana, que figura Daniel como uno de los cuatro profetas mayores. Su estilo es básicamente alegórico. Es Dios quien revela valiéndose de sueños y revelaciones. El tema es la historia y desenlace, la historia como lucha y sucesión de imperios y reinos. El desenlace llega repentino: consiste en la instauración del reino definitivo y universal del Señor de la historia, que ya ha estado dirigiendo la historia en todos sus períodos y cambios.

Libro

Hubo en la antigüedad dos formas de libros (liber): )o( a) El rollo de papiro (volumen). En el III milenio ya escribían los egipcios en hojas de papiro, pero este procedimiento fue utilizado en Grecia solamente hacia el siglo VI a.C. Los textos se escribían en hojas que se pegaban en fila para formar un rollo. Esta técnica se utilizó hasta el siglo III. )o( b) Codex o libro de pergamino. La palabra pergamino tiene su origen en Pérgamo, ciudad donde el curtido de las pieles alcanzó gran perfección. En el siglo I a.C., bajo el reinado de Eumenes II de Pérgamo, el pergamino reemplazó con frecuencia al papiro. El pergamino, cortado en hojas de igual tamaño, dobladas y cosidas formaba un "codex". )o( El término liber, reservado al principio a los papiros doblados, acabó por designar a todos los libros cualesquiera que fuera su materia. Por desgracia, los libros sólo han podido conservarse en lugares secos como Egipto. Aunque sabemos que en la antigüedad había ya comercio de libros, especialmente en las grandes capitales (Antioquía, Alejandría, Atenas, pionera de este comercio, y Roma), sólo los grandes, ricos o poderosos podían tener acceso a ellos. Algunos fueron importantes mecenas culturales y fundaron colecciones y bibliotecas como Ptolomeo I, fundador de la biblioteca de Alejandría. Ver, Calíope, Clio.

Libritores

Soldados romanos que manejaban las ballestas y catapultas.

Libripens

Portador de la balanza, libra, en aquellos actos que se realizan per aes et libram. Ver, Aes et libra.

Libri Vegoici

Estos textos etruscos incluían los Libri Fulgurales y parte de los Libri Rituales. Ver, Vegoia.

Libri Tagetici

Estos textos etruscos contienen las revelaciones del profeta Tages e incluyen los Libri Haruspicini, que contienen la teoría de la adivinación de las entrañas de los animales y los Libri Acherontici. Ver, Vegoia, Tages.

Libri Rituales

Estos textos etruscos estaban compuestos por los Libri Fatales, los Libri Acherontici para tratar con el más allá y los Libri Ostentaria, que contiene reglas para la interpretación de los prodigios. Ver, Vegoia, Libri Vegoici.

Libri punici

Expresión con la que algunos autores latinos aluden a la existencia de una literatura cartaginesa que habría sido traducida al latín y que fue utilizada como fuente de información en obras de la literatura latina.

Libri Ostentaria

Ver, Libri Rituales (estos textos etruscos estaban compuestos por los Libri Fatales, los Libri Acherontici para tratar con el más allá y los Libri Ostentaria, que ….).

Libri lintei

Colección de escritos de los anales de Roma, escritos en lino, una técnica atribuida a los etruscos, que contenía las listas de los magistrados romanos a partir del año 509 a.C., compiladas en época posterior y que se guardaban en el templo de Juno Moneta. El significado literal de la expresión es "libros escritos sobre lino" y no se han conservado hasta nosotros.

Libri Haruspicini

Ver, Libri Tagetici (estos textos etruscos contienen las revelaciones del profeta Tages e incluyen los Libri Haruspicini, que contienen la teoría de la ….).

Libri Fulgurales

En estos textos etruscos se describe la adivinación por los rayos. Ver, Vegoia, Libri Vegoici.

Libri Fatales

En estos textos etruscos se detallan los métodos religiosamente correctos para la fundación de ciudades y santuarios, drenaje de los campos, la formulación de leyes y ordenanzas y la medida del espacio y división del tiempo. Ver, Vegoia.

Libri coloniarum

Dos listas de regiones y colonias de Italia conservadas en el Corpus gromaticorum, que informan sobre el estatuto de sus ciudades y sobre la organización de su territorio, y contienen información de carácter histórico, legal y agrimensor de carácter no siempre fiable.

Libri censorii

Tabulae censoriae (libros y documentos llevados por el censor mientras se realizaba el registro de la población).

Libri ad edictum

Comentarios de los juristas al edicto del pretor. Ver, Edicto perpetuo.

Libri Acherontici

Ver, Libri Rituales, Libri Tagetici.

Libri

Libros. Los juristas solían dividir sus obras en "libros". La obra, que consistía en un solo libro, se Ilamaba liber singularis.

Librarius

Era el que se encargaba de la reproducción (copias) y difusión de una obra escrita.

Librarie Deum

Nombre que Marciano Capella da a las Parcas, fundado en la opinión de Platón y Cicerón, que llaman a estas deidades los ministros del destino. La una, según estos sabios, dictaba los decretos de este dios, la otra los escribía, y la tercera los hacía ejecutar.

Libra romana

(griego, Litra). Unidad de peso y cuenta monetal romana, de unos 327,45 gramos, conocida como aes signatum. La libra tiene doce onzas. En los momentos de aparición de la moneda en Roma, el patrón de peso (la libra) era también el patrón monetario (el as), de ahí que éste recibiera el nombre de "as libral". Con las progresivas devaluaciones, el as-moneda oerdió peso frente a la libra-peso. Los divisores de la libra son los siguientes: )o( Deunx = 11 onzas )o( Dextante = 10 onzas )o( Dodrante = 9 onzas )o( Bes = 8 onzas )o( Septunx = 7 onzas )o( Semis = 6 onzas )o( Quincunx = 5 onzas )o( Triente = 4 onzas )o( Cuadrante = 3 onzas )o( Sextante = 2 onzas )o( Equivalía a 72 piezas de oro en el Bajo Imperio. Cuatro libras romanas valían tres minas áticas, o, mejor dicho, la libra romana equivalía a una litra y media o a 3/4 de mina de Sicilia. Ver, Pesos y Medidas, Moneda, Moneda griega, Moneda romana.

Libra

La balanza. Se usaba en los actos formales realizados "per aes et libram". Ver, Aes et libra, Zodíaco, Zihanitum.

Libora

Ebura Castellum (ciudad situada en la orilla derecha de la desembocadura del Guadalquivir).

Libora

Aebura (asentamiento prehispano entre las poblaciones de los carpetanos).

Libón Voluso

Gayo Petelio (Caius Poetelius Libo Volusus) (siglo IV a.C.). Político plebeyo romano que obtuvo un triunfo sobre los galos y los tiburtinos siendo cónsul en el 360. En el 358, como tribuno, propuso una ley contra el soborno electoral, que pudo haber aumentado con la extensión del consulado a los plebeyos unos pocos años antes. Desempeñó otros consulados en el 346 y 320. Se duda si fue él o su hijo quien aprobó una ley en el 326 como colega de L. Papirio Cursor para impedir el encarcelamiento por deudas. Su hijo fue dictador en el 313, año en que Varrón data aquella ley.

Libón

(ss. I a.C.-I). Hijo de una hija de Pompeyo Magno. Hermana de su abuelo era Escribonia, esposa de Augusto entre los años 40-39, de la que tuvo a Julia. Era pues primo segundo de Cayo, Lucio y Agripa Póstumo, y de Julia la Menor y Agripina, esposa de Germánico.

Libon

(siglo V a.C.). Arquitecto griego de Elis, que construyó entre 468 y 456 el templo de Zeus en Olimpia, que fue uno de los edificios religiosos más magníficos de la antigüedad, y en el cual se colocó la estatua del dios hecha por Fidias, de oro y marfil..

Libitinarios

o Libitinarii. Los que vendían y abastecían de todo lo que se necesitaba en los funerales (empresarios de pompas fúnebres). El templo de Libitina era su depósito.

Libitinarii

Libitinarios (los que vendían y abastecían de todo lo que se necesitaba en los funerales).

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