Los Textos de los Sarcófagos dieron origen al Libro de los Muertos, nueva adaptación y ampliación de los anteriores. Su nombre antiguo era "Fórmulas para salir a la luz". Son una compilación de capítulos procedentes a veces de textos antiquísimos que se encontraban junto a las momias egipcias. En total son más de 190 sortilegios, recetas mágicas y otro tipo de conocimientos para alcanzar la vida eterna. En el Imperio Nuevo aparecen como tales, recogidos en gran parte de épocas anteriores en torno al 1.550 a 1.450 a.C.. Además de diversas fórmulas, contiene himnos a las divinidades, rituales simbólicos para identificar al difunto con los seguidores de Osiris, disposiciones morales necesarias para el difunto y textos que indican las transformaciones en cierta clase de animales diferentes, cuyas cualidades eran necesarias para alcanzar la otra vida. También hay descripciones del Más Allá y conocimientos teológicos que el difunto debía adquirir para poder ser admitido en el reino de Osiris. Copiado sobre papiro, acompañaba al muerto para ayudarle a superar los avatares del Más Allá. Alcanzó el final de la historia de la religión egipcia. Existe un fondo religioso común desde los Textos de las Pirámides hasta el Libro de los Muertos, pero también una diferencia fundamental, puesto que los primeros estaban reservados sólo a los faraones, mientras que los Textos de los Sarcófagos y el Libro de los Muertos, iban destinados a todos los hombres ya fuesen reyes, campesinos o artesanos. Ante todo debe decirse que el Libro de los Muertos no es un tratado de religión egipcia, sino simplemente una riquísima colección de prácticas mágicas, plegarias, invocaciones, especulaciones teológicas y ceremonias purificadoras de diverso interés. Así, sus variados capítulos servían únicamente para proporcionar ayuda al difunto que podía disponer de uno de sus ejemplares. En unas ocasiones le asiste contra la sed y el hambre del Más Allá; en otras le sirve para hacer frente a los enemigos. O bien le faculta para que tome variadas formas de animales. Y, sobre todo, le permite "salir al día", es decir, le posibilita tomar parte en las ofrendas funerarias a él dispensadas; le posibilita la inmortalidad. Su primer editor y traductor, fue el alemán Karl Richard Lepsius, quien lo publicó en 1.842 como Das Todtenbuch der Ägypter, tenía como incipit la expresión pri em hru, «salir al día», lo que justificaba en gran parte todo su contenido; contenido que podría proporcionar al difunto la facultad de moverse, de escapar a la inmovilidad de la muerte. En realidad, el Libro de los Muertos contiene textos funerarios de todas las épocas, incluso de las más alejadas. Dado el conservadurismo de los egipcios, que no eran capaces de apartar las viejas ideas religiosas ante la presencia de otras nuevas, durante el Primer Periodo Intermedio y el Imperio Medio el estamento clerical aprovechó las repetidas fórmulas de los Textos de las Pirámides y de los Sarcófagos para redactar un nuevo libro funerario, que poco a poco iría fijándose hasta llegar a la Dinastía XVII, época en que aparecen ya algunas de sus fórmulas escritas en algunos sarcófagos, caso del de la reina Montuhotep, de hacia el 1.600 a.C.. Durante la siguiente dinastía, la XVIII, el Libro de los Muertos, en su redacción tebana, continuó siendo una serie de fórmulas sin orden alguno. El Libro va evolucionando con la adición de nuevos materiales, en los que el compromiso de las creencias solar y osíríca son muy evidentes, hasta la Epoca Saíta, en que se procede a su canonización definitiva, que tendría lugar, en su máxima expresión, durante la Dinastía XXVI, bajo los Psaméticos. Ahora se fijaría el orden de las fórmulas, que se mantendrían invariables en las nuevas copias. Las fórmulas o sortilegios (rau) presentan unos títulos que encabezan el contenido religioso y se cierran, a veces, mediante unas rúbricas, en las que se dan directrices para la correcta utilización de los textos. Será en los sarcófagos tebanos de la Dinastía XVIII cuando aparezcan ilustraciones o viñetas (por lo común muy bellas) para complementar lo narrado en las fórmulas. Estas, a medida que se copiaban en las llamadas Casas de la Vida (cuya actividad esencial consistía en preparar las obras literarias religiosas), se iban perfeccionando y ganando en variedad y calidad. Luego, en la Época Baja las ilustraciones de los papiros fueron de dibujo más ligero, apareciendo algunos originales sin cromatismo alguno, lo que habla de la gran demanda de ejemplares. Otro complemento a tener en cuenta en las fórmulas son las glosas o adiciones que se iban añadiendo, en algunos casos de mayor extensión que el propio texto, y que demuestran la gran antigüedad de las fórmulas (en unas cuantas se hace referencia a los faraones Semty, esto es, Usafais, de la Dinastía I y a Micerino, de la IV). Ni que decir tiene que esas glosas son algo libres, demostrando así que se había ido perdiendo la comprensión de los significados originales de las fórmulas. La sucesión de las fórmulas, que están recogidas sin orden alguno y que llegan a variar de unos ejemplares a otros, tiene, sin embargo, una lógica interna, que ha sido remarcada por algunos egiptólogos. P. Barguet, siguiendo a A. Moret, divide el Libro de los Muertos en cuatro grandes secciones o apartados, susceptibles de arbitrar una estructuración de los textos. La primera sección, que abarca los capítulos 1 al 16, presenta una serie de episodios en los que destacan una plegaría inicial, dirigida a los dioses de la Ultratumba, el viaje del cortejo fúnebre hacia la necrópolis, la identificación del difunto con el dios Thot y la llegada a la tumba. Una serie de himnos dedicados al sol y a Osiris cierra esta primera parte. La segunda, que se extiende desde el capítulo 17 al 63, se abre narrando la regeneración del difunto, el cual se equipara con el Señor del Universo, esto es, con Re. Luego, dirigiéndose a esta suprema divinidad, le solícita protección contra sus enemigos, sobre los cuales triunfa. A continuación se recíta una plegaria en beneficio del difunto en el instante justo en que va a renacer. Tras quedar purificado, se le devuelve el uso de la palabra (poder mágico), encuentra su nombre (personalidad) y recibe su corazón (consciencia). A esta sección le sigue la más compleja y extensa de todo el Libro (capítulos 64 al 129). Toda ella gira en torno a la transfiguración del difunto. Gracias a sus propiedades podrá escapar de la tierra como un luminoso y aparecer en el cielo. Podrá tomar los aspectos que quiera y que no serian otros que las formas que adoptaba el propio Re. Embarcado en la barca solar, el difunto será capaz de conocer todos los secretos de la misma (tripulación, partes), lo cual le permitirá viajar a las regiones subterráneas y averiguar ciertos misterios allí existentes. Finalmente, arribará ante el tribunal de Osiris, en donde deberá testimoniar su inocencia y pureza en el transcurso de un juicio, del que saldrá absuelto. La cuarta sección, desde el capítulo 130 al 162, está dedicada a la glorificación del difunto, quien, identificado a Osiris, navega en la barca solar por la Ultratumba. Identificado luego con Horus, demuestra que conoce el nombre de todos los dioses, los de las siete puertas y de sus guardianes, así como los de los veintiún porches de la mansión de Osiris en el Campo de las Juncias, y los de las catorce moradas donde reposaban los dioses. Por su condición de divino, tendrá suficiente provisión de alimentos, y dispondrá de amuletos que le protejan en su morada. La última sección (capítulos 163-190) es, en realidad, un complemento de todo lo anterior. Son fórmulas sin orden aparente en las cuales se alaba a Osiris, en realidad una forma de Re en el Más Allá. El difunto ofrece presentes a las divinidades del submundo; su momia recibe una glorificación, lo mismo que Osiris-Re, ante quien el muerto acude bajo el aspecto de Horus en unos casos, bajo el de Thot en otros. Uno de los capítulos (el 175) desentona del conjunto, dado que su contenido está dirigido más bien a los vivos que a los difuntos; en él se alude a la aparición del pecado, a un Diluvio universal que tendrá lugar al fin de los tiempos y a la presencia de Osiris sobre el trono de Re, en Heracleópolis. Todo el contenido del Libro de los Muertos se fue modificando según las circunstancias religiosas de las sucesivas etapas que conocieron su uso. Es decir, se intentó compaginar las dos creencias egipcias, la solar y la osírica, en un claro ejemplo de sincretismo. Tal compromiso motívó, lógicamente, la aparición de glosas explicativas y un número extraordinario de divinidades con toda la carga de su complejidad teológica. El Libro de los Muertos, tal como se ha dicho, es una recopilación de encantamientos mágicos o fórmulas destinadas a permitir que cualquier difunto, que pudiese disponer de un ejemplar, sobreviviera triunfalmente en el Más Allá, fuera capaz de transformarse en cualquiera de las criaturas que poblaban el mundo de los muertos, abriera una a una las puertas de la Ultratumba y saliese así "a la luz del día", a su liberación. El culmen de su importancia se centraba en la posibilidad de llegar nada menos que a identifícarse con su propio dios (yo soy Re; yo soy el Eterno). Esta creencia, esta posibilidad maravillosa de llegar a ser Re era muy importante para un egipcio, por lo cual el prestigio religioso del Libro de los Muertos fue extraordinario, creciendo cada vez más. Su colección de fórmulas no constituye una obra ritual (con excepción de algunos pasajes), sino un texto que el difunto debía leer (o hacer que se lo leyeran) para asegurarse la vida eterna, para consíderarse divino en su totalidad. De sus 190 capítulos, normalmente el primero se inscribía en el sarcófago del difunto según indica la rúbrica del mismo, a fin de que los dioses lo recibieran en paz y pudiese acceder a la Campiña de las Juncias o paraíso. El sacerdote-lector solía recitar el capítulo 13 en el día de los funerales para que el difunto pudiese adorar a Osiris, el señor de la Vida, en el Más Allá. También recitaba los capítulos 15 (una adoración a Re-Horakhty escrita sobre un papiro que portaba el difunto) y 19, una fórmula para alcanzar la Corona de la victoria, que debía leer sobre una corona colocada en la cabeza del muerto. El capítulo 100, en el cual se glorificaba al bienaventurado para que pudiese viajar con el cortejo de Re, se pronunciaba sobre un papiro dispuesto en el pecho del difunto. Lo mismo ocurría con el 102, escrito que a modo de amuleto debía colocarse en el cuello de la persona fallecida. El capítulo 130, o fórmula para que el alma viviera eternamente, debía depositarse en una barca pintada de blanco. Las rúbricas insisten una y otra vez en muchas de las modalidades que debían seguirse con algunos capítulos. En general, sin embargo, bajo la cabeza del difunto se colocaba la totalidad del Libro de los Muertos, verdadero talismán, indispensable para alcanzar la vida eterna. En ocasiones, sobre las figurillas que se depositaban en los sarcófagos solían grabarse fragmentos del Libro; en otras, en los propios sarcófagos se reproducían fórmulas enteras. Con todo ello se buscaba siempre el máximo aprovechamiento de los contenidos mágicos. No obstante, a pesar de la importancia capital que tuvo el Libro, éste fue, en realidad, una mercancía como tantas otras. Por ello, no todos los difuntos contaron con un idéntico número de capítulos en sus respectivos papiros funerarios. Dicho número dependía del rango del adquirente y del precio que pudiese pagar. Ello ha motivado que nos hayan llegado ejemplares del Libro de los Muertos de hasta 58 metros de longitud, por lo común bellamente ilustrados, y otros de únicamente 25 centímetros y, obviamente, sin viñetas ilustrativas. Aparte del mensaje salvador que encerraba la simple posesión de un ejemplar del Libro de los Muertos, la larga serie de sus fórmulas contiene no pocos aspectos interesantes, entre los cuales podemos señalar su simbología, la creencia en un juicio que el difunto sufría en su tumba, la posibilidad de una metempsicosis y los consejos dados a las personas todavía en uso de la vida terrena. Todo el Libro es, por su propio origen y formación, una simbología absoluta, centrada en el renacimiento y transfiguración del difunto. Los abundantes símbolos que aparecen a lo largo de sus capítulos son tan antiguos que incluso los propios egipcios del siglo XVI a.C., época de su mayor éxito, no fueron capaces de desentrañar, por lo que hubieron de recurrir a exégesis más o menos afortunadas. El interés de los egipcios por la muerte justificó la elaboración de unas fórmulas tendentes a hacer frente y a explicar tal problema, que se negaron a entender en su aspecto puramente material. La muerte era sólo una primera etapa de una larga cadena de fenómenos suprafisicos, la cual podía ser traspasada para alcanzar así, en buena parte gracias a ella, mundos superiores. El porqué primero sólo tuviese acceso a la inmortalidad el rey, que estaba en posesión de unos misterios por su propia esencia divina, es otro de los grandes interrogantes conectados directamente con el Mito de Osiris. En cualquier caso, gracias a la muerte de Osiris, el egipcio pudo penetrar en el dominio de la muerte y alcanzar así la eternidad. En el Libro de los Muertos también se hallan presentes los tres grandes mundos en que creyó el egipcio (tierra, cielo y mundo inferior) con sus interconexiones y con las metamorfosis que posibilitan el paso y la comunicación entre ellos, gracias siempre a la naturaleza cósmica del sujeto humano (cuerpo físico, alma, cuerpo glorioso, sombra, nombre, etc.). Hay que señalar que la comprensión de los símbolos que aparecen en el Libro es tarea difícil por muchas razones. La mentalidad del texto, obra no de Thot, como quiere el capítulo primero, sino de una decantación teológica de milenios, las constantes alusiones mitológicas y teológicas, las fórmulas extraídas de antiquísimos cultos mistéricos, los principios mágicos recogidos, las doctrinas iniciátícas más o menos reflejadas, son las constantes de una obra de difícil lectura, calificada en su día por el sabio alemán Adolf Erman, aunque injustamente, como "loca, absurda y llena de desatinos". De los 190 capítulos que constituyen el Libro de los Muertos el más importante de todos, por aportar también la idea más original, es el 125, titulado "Fórmula para entrar en la Sala de las Dos Maat" (las Dos Verdades). Hay que decir, sin embargo, que no sólo este capítulo testimonia esta idea, de pura invención egipcia, sino que también otros capítulos (por ejemplo, el 30) contienen alusiones más o menos precisas al hecho de un juicio antes de poder entrar en el otro mundo. En el capítulo 125, complejo y largo y en realidad parte, quizás, de alguna "liturgia de entrada", el difunto se presenta ante el tribunal de Ósiris a fin de que se le realice el pesaje de su corazón (sus acciones) para que pueda continuar su vida, gloriosa, en el mundo de los muertos. Ya en los Textos de las Pirámides y en el de los Sarcófagos, así como en otras composiciones (Instrucciones para Merikare), aparecía la idea de un juicio ante un gran tribunal a fin de justificar las acciones personales, pero sin presentar su total desarrollo. Poco a poco se fue estableciendo una conexión entre las malas acciones del hombre y el principio de justicia que representaba la divinidad, originándose así la idea de un orden moral que se personificó en la diosa Maat. Gracias a las viñetas de algunos ejemplares del Libro, que ilustran el mencionado capítulo 125 o las de algunos sarcófagos, conocemos con bastante detalle la escena del juicio que todo difunto sufría ante Osiris y su tribunal y en cuyo transcurso debía declarar por dos veces su inocencia. Esta duplicidad de confesiones negativas demuestra que hubo como mínimo dos textos separados en un principio. En la primera declaración, de signo positivista, las 36 frases negativas pronunciadas ante Osiris venían a demostrar que el difunto no había cometido ningún pecado en todo el año (36 decanes o unidades de tiempo egipcio) y, por extensión, en toda su vida. En la segunda declaración, de contenido moral, ante las 42 divinidades-jueces debía manifestar otras tantas confesiones negativas. Por su parte, también los 42 dioses le efectuaban un interrogatorio, lo mismo que los elementos arquitectónicos de la Sala, el portero y el dios Thot, que le hacía, a continuación, otra serie de preguntas. La escena central del pesaje del corazón del difunto, de acuerdo con la mayoría de las viñetas que iluminan el capítulo (evitamos las variantes), puede describirse así: Ante todo destaca una balanza en uno de cuyos platillos está el corazón del difunto (sede de sus acciones y consciencia) y en el otro una pluma de avestruz (símbolo de Maat, la justicia). Junto a la balanza están unas misteriosas figuras que encuadran el alma del muerto, representada por un pájaro con cabeza humana (bai). Son Shay, el destino; Meshkenet, el ladrillo en el que nació el difunto; y Renenutet, su buen genio. En el lado contrario está Anubis, quien, vigilante, controla la oscilación de la balanza al tiempo que dicta el resultado a Thot, el dios escriba, que también está personificado en el babuino sentado en lo alto de la balanza. Por detrás de estos dioses está atenta la Gran Devoradora, terrorífica fiera sentada sobre su estera. Es Ammit, un ser compuesto de patas delanteras de león, cuerpo de leona o de pantera, cabeza de cocodrilo y trasero de hipopótamo, dispuesta a devorar al muerto si no era declarado puro de corazón. Más a la derecha está entronizado Osiris, ante quien se hallan los cuatro hijos de Horus, sobre un gran loto; por detrás están, de pie, las dos hermanas Isis y Neftis. Por encima, y en hilera, se hallan los dioses jueces portando el cetro uas. Todo este juicio, de hecho, era una pura fórmula, dado que cuando el muerto entraba en la gran sala de Osiris ya había pasado por los ritos de purificación y solarización. Ya era, en una palabra, un ser puro, justificado, un Osiris N. Sin embargo, se ha de ver el lado positivo, que no es otro que testimoniar la fe que el egipcio tuvo en la equidad de sus jueces, así como en creer la eficacia de las buenas acciones, capaces de hacer perdonar las faltas. El cambio del alma del difunto en forma de animales (serpiente, insecto, ibis, fénix, gavilán, halcón, etc.), de divinidades (Osiris, Ptah o la que se quisiera), de plantas (flor, árbol) o de objetos (pilar) es otro de los aspectos más significativos del Libro de los Muertos. El alma, bajo esas formas (y así lo dicen los sortilegios o fórmulas), podía viajar fuera de su tumba, tanto por el mundo celestial como por el submundo. Esta creencia pasaría después al pensamiento griego bajo la teoría de la metempsicosis, que tanto alcance tuvo en algunos filósofos y sobre todo en la religión órfica. No todos los capítulos o fórmulas iban dirigidos a los difuntos. Unos cuantos de ellos, en el supuesto de que se conocieran, eran para uso de las personas vivas, tal como puntualiza la rúbrica del capitulo 18, en la que se indica que quien leyera diariamente la fórmula, en estado de pureza, podría estar libre de daño en la tierra y evitar los castigos en el Más Allá. También la rúbrica del capítulo 19 indica que el texto es de una gran protección para el ser vivo, si se recitaba al despuntar el día (venía a ser, pues, una plegaria matinal), o la del capítulo 71, la cual prometía al lector de la misma la posibilidad de estar intacto en la tierra. Interesante es la rúbrica del capítulo 72, que ofrece a quien lo hubiese conocido en vida el poder volver, tras la muerte, al mundo de los vivos, bajo el aspecto que se quisiera. En ese cúmulo de promesas, la rúbrica del capítulo 135 llega a prometer la deificación en vida, esto es, la de llegar a ser como Thot y recibir adoración por los vivos, aparte de prolongarle la vida en una hermosa vejez al conocedor del indicado capítulo. Esta promesa recuerda la divinización que los egipcios tributaron a algunas personalidades, caso del arquitecto Amenhotep, que vivió en la época de Amenofis III y que tuvo una estatua en vida, en Karnak, a la cual se tributaba culto. De todos modos, estas fórmulas están en contradicción con la gran rúbrica con la que termina el Libro de los Muertos, en la cual, además de señalar que el Libro en si mismo es una cosa verdaderamente secreta, pide que no se deje conocer a los ignorantes, a los habladores, ni a nadie, marcando la excepción del amigo íntimo y del sacerdote-lector. La valoración del Libro de los Muertos puede hacerse, únicamente, desde los presupuestos religiosos, que ya se han reseñado antes. Dado que era un elemento imprescindible (en una religión de culto y rito) para aspirar a la vida en el Más Allá, el Libro fue algo muy importante, pero algo a disposición de todos, siendo tan sólo el montante económico la condición necesaria para poseer un ejemplar del mismo, el cual, dispuesto junto a los restos del difunto, le permitía nada menos que "la salida a la luz del día", la inmortalidad. En cuanto a su estilo, hay que verlo bajo un carácter estrictamente alegórico, no apto para las personas no iniciadas, y en el cual las imágenes y los símbolos tenían su adecuado soporte en las hermosas viñetas que intentaban clarificar el contenido de las fórmulas. Dado su sentido críptico, no han faltado a lo largo de los últimos tiempos interpretaciones esotéricas de muy variado resultado, pero esas interpretaciones todavía revalorizan aún más el Libro (todo él irracional, contradictorio y misterioso), que seguramente fue recensionado con una clara intención hermenéutica, capaz de desafiar a los ss.. En cuanto a su número de ejemplares, hay que indicar que se conocen por millares, si bien todos ellos fragmentados. No obstante, hay algunos muy bien iluminados, caso de los papiros de Ani, un escriba real que vivió en el siglo XV a.C., de 24 metros de longitud; el de Hunefer, superintendente de Setos I, y que vivió en el siglo XIV, pero de sólo 5,5 m de longitud; el de Anhai, una sacerdotisa cantante del colegio de Amón-Re, que vivió en el siglo XII, y el de Aufankh, del Museo de Turin, de algo más de 19 metros y con un total de 165 fórmulas. Por su antigüedad, son de primera importancia el papiro de Iuya, del Museo de El Cairo, con sólo 40 formulas; el papiro de Kha, del Museo de Turín, con 33 fórmulas, y el papiro de Nu, del Museo Británico, ya con 137 fórmulas. Otros ejemplares, dignos de ser citados por alguna de sus viñetas, son el del general y escriba regio Nakht, de la Dinastía XIX; el de la reina Nedjme y el gran sacerdote de Amón Herihor, de la Dinastía XXI; el de Hornedjitef, de la XXVI, y el de Jehor, de época ptolemaica. Todos estos Libros (y en general las manifestaciones de la civilización egipcia) desaparecieron engullidos por las arenas del desierto, colaborando con este elemento de la naturaleza también los hombres. Entiéndase, las legiones de Roma, el poderío de Bizancio y la avalancha de la guerra santa de los jinetes árabes. Ver, Literatura funeraria, Ani.