)o()o( Arte de hacer aparecer a los dioses o a los muertos. La primera era de dos especies: la una se usaba para evocar los dioses cuya presencia era necesaria. La fórmula estaba contenida en los himnos o preces, que se creían a propósito para llamar los muertos (Ver, Epidemias) y cuando había pasado el peligro por el cual se les llamaba, se celebraba su partida con otros himnos llamados apopemticoi. Estos himnos en los cuales se había aventajado Bacquilides, eran más largos que los que se empleaban para hacer venir los dioses, a fin de retardar lo más posible su alejamiento. La otra que se llamaba la evocación de los dioses tutelares consistía en invitar a los dioses del país donde se llevaba la guerra a que se dignasen abandonarlo, y que viniesen a establecerse entre los vencedores, que les prometían en recompensa nuevos templos, altares y sacrificios. Así los pueblos y sobre todo los romanos ponían cuidado en tener oculto el nombre del dios tutelar de la ciudad o país. Este nombre, ignorado del vulgo, sólo se revelaba a los sacerdotes que, para prevenir estas evocaciones, hacían de él un gran misterio, y no lo proferían sino en voz baja en las preces solemnes. Los asistentes entonces sólo podían evocar este dios en términos generales, y con la alternativa de uno u otro sexo, por miedo de ofenderles con un título poco conforme. Durante el sitio de Tiro por Alejandro, habiendo declarado un ciudadano, en plena asamblea, que el había visto en sueños retirarse Apolo de la ciudad, los habitantes ataron su estatua con una cadena de oro al altar de Hércules, su dios tutelar, a fin de que detuviese a Apolo. Virgilio hace alusión a este uso en su descripción de la deserción de los dioses tutelares de Troya, cuando esta fue abrasada.
)o()o( De los manes. Esta era la más antigua, la más solemne y la más frecuente; sea que tuviese por objeto el consolar a los parientes y amigos, haciéndoles aparecer las sombras de los que lloraban; sea que se hiciese a fin de sacar el horóscopo. Esta operación era legal y ejercida por los ministros de las cosas santas. Había templos consagrados a los manes donde se iba a consultar a los muertos. Otros estaban destinados para las ceremonias de la evocación. Pausanias fue a Heraclea y después a Figalia para evocar en uno de estos templos una sombra que le perseguía. Periandro, tirano de Corinto, se fue también a uno de estos templos situado entre los tesprotas, para consultar los manes de Meliso. Los viajes a los Infiernos que los poetas atribuyen a sus héroes, tales como el de Orfeo en la Tesprotia, para evocar la sombra de Eurídice; el de Ulises, para consultar a Tirestas, el de Eneas para entretenerse con Anquises, no tienen verosímilmente otro fundamento que las evocaciones, a las cuales recurrieron en otro tiempo los hombres célebres, sea por persuasión, sea para dar a sus empresas la autoridad de la religión. Por lo demás, no era el alma lo que evocaban, sino una especie de simulacro que los griegos llamaban Eidolon; y que era un ser medio, entre el espíritu y el cuerpo. Los magos sucedieron bien pronto a los ministros legítimos y emplearon en sus evocaciones las prácticas más extrañas. Se trasladaban sobre el sepulcro de aquellos cuyos manes se quería evocar, o más bien, según Suidas, se dejaban conducir por un carnero que tenían por los cuernos, y que nunca dejaba de postrarse al llegar. Como la magia poética se dirigía por lo común, en estas evocaciones, a las divinidades malévolas, se adornaban los altares con cintas negras y ramos de ciprés, y se sacrificaban ovejas negras. Ordinariamente, los templos consagrados a este culto infernal eran subterráneos. La oscuridad de la noche era el tiempo del sacrificio; y se sacrificaba con los niños o los hombres, un gallo cuyo canto anuncia el día, siendo contraria la luz al éxito de los encantos.