o Artemisa. Se identifica en Roma con la Diana itálica y latina. Aunque ciertas tradiciones hacen de ella la hija de Deméter, suele ser considerada como hermana gemela de Apolo, hija, como él, de Leto (Latona) y Zeus. Ártemis nació en Delos, la primera de los dos, y tan pronto hubo nacido, ayudó a venir al mundo a su hermano (Ver, Apolo). Ártemis permaneció virgen, eternamente joven, y es el prototipo de la doncella arisca, que se complacía sólo en la caza. Como su hermano, va armada de un arco, del que se sirve contra los ciervos (a los cuales persigue a la carrera) y también contra los humanos. Ella es quien envía a las mujeres que mueren de parto el mal que se las lleva. Atribúyese a sus flechas las muertes repentinas, sobre todo las indoloras. Es vengativa, y fueron numerosas las víctimas de su cólera. Uno de sus primeros actos fue dar muerte, junto con su hermano, a los hijos de Níobe. Mientras Apolo, en una cacería en el monte Citerón, abatía a los seis mozos uno tras otro, Ártemis mataba a las seis muchachas que habían quedado en casa (Ver, Níobe). Esta acción se la había dictado a las dos divinidades el amor a su madre, a quien Níobe había insultado. También en defensa de Leto los dos niños, apenas nacidos, mataron al dragón que se disponía a atacarlos (Ver, Apolo). También por ella acometieron y dieron muerte a Ticio, que trataba de violar a Leto (Ver, Ticio). Ártemis tomó parte en el combate contra los Gigantes. Su adversario era el gigante Gratión, al que derribó ayudada por Heracles. También causó la pérdida de otros dos monstruos, los Alóadas (Ver su leyenda), y se le atribuye asimismo el fin del monstruo Búfago (el devorador de bueyes), en Arcadia. Entre las víctimas de Ártemis figura, además, Orión, el cazador gigante. El motivo que la impulsó a matarlo difiere según las tradiciones: o bien Orión incurrió en la ira de la diosa por haberla desafiado a lanzar el disco, o bien por haber tratado de raptar a una de sus compañeras, Opis, que había mandado venir del país de los Hiperbóreos. Ó bien, finalmente, Orión habría tratado de violar a la propia Ártemis, por lo cual ella le envió un escorpión que con su picadura lo mató. Otro cazador, Acteón, hijo de Aristeo, debió también su muerte a la cólera de la diosa (Ver su leyenda). Asimismo encontramos a Ártemis en el origen de la cacería de Calidón, a manos del cual había de sucumbir el cazador Meleagro. Por haberse olvidado Eneo de sacrificar a Ártemis cuando ofrendaba a todos los dioses las primicias de sus cosechas, la diosa envió contra su país un jabalí enorme (Ver, Meleagro). Finalmente, una de las versiones de la leyenda de Calisto le atribuye la muerte de la joven, a quien mató de un flechazo a petición de Hera, o para castigarla por haberse dejado seducir por Zeus cuando Calisto hubo sido transformada en osa (Ver, Calisto). Todas estas leyendas son relatos de cacería que presentan a la diosa salvaje, de bosques y montañas, cuyos compañeros habituales son fieras. Un episodio de los trabajos de Heracles narra cómo el héroe había recibido de Euristeo la orden de traerle el ciervo de cuernos de oro consagrado a Ártemis. Heracles, no queriendo herir ni matar al sagrado animal, lo persiguió durante todo un año, hasta que al fin, cansado, lo mató. Inmediatamente se aparecieron Ártemis y Apolo para pedirle cuentas, y el héroe logró apaciguarles cargando a Euristeo la responsabilídad de aquella persecución (Ver, Heracles). El mismo tema aparece en la historia de Ifigenia: la cólera de la diosa contra la familia venía ya de lejos (Ver, Atreo), pero fue renovada por una palabra imprudente de Agamenón, quien, habiendo derribado un ciervo en una cacería, mientras aguardaba, en Áulide, que se levantase un viento favorable para marchar contra Troya, exclamó: "¡Ni la propia Ártemis podría haberlo matado así!". La diosa envió entonces una bonanza, que inmovilizó toda la flota, y Tiresias, el adivino, reveló la causa del contratiempo, añadiendo que el único remedio era inmolar a Ártemis Ifigenia, la hija doncella del rey. Pero Ártemis no aceptó el sacrificio. En el último instante sustituyó a la doncella por una cierva, y se llevó a aquélla, transportándola a Táuride en calidad de sacerdotisa del culto que se le tributaba en aquel lejano país (Crimea). Ártemis era honrada en todas las regiones montañosas y agrestes de Grecia: en Arcadia y en el territorio espartano, en Laconia, en el monte Taigeto, en Élide, etc. En el mundo griego su más célebre santuario era el de Éfeso, donde Ártemis había asimilado una antiquísima divinidad asiática de la fecundidad. Los antiguos interpretaron ya a Ártemis como personificación de la Luna que anda errante por las montañas. Su hermano Apolo era también considerado generalmente como personificación del Sol. Pero lo cierto es que no todos los cultos de Ártemis son lunares, y que la diosa, en el panteón helénico, ocupó el lugar de la "Señora de las Fieras", revelada por los monumentos religiosos cretenses. Ha asimilado también cultos bárbaros, como el de Táuride, caracterizado por sacrificios humanos (Ver, Anfístenes). Hacíase de Ártemis la protectora de las Amazonas, guerreras y cazadoras como ella y, como ella, independientes del yugo del hombre. Generalmente, se la representaba con la túnica al viento y dispuesta a disparar el arco. En ella veneraban los griegos la castidad (en la naturaleza virgen, en el ser humano y en los animales) y la fertilidad; de ahí su relación con el árbol, el agua y la luna. Ver, Brauron. Respecto a las relaciones entre Ártemis y la magia, ver el registro dedicado a Hécate.