Si para los egipcios, fue fundamental e imprescindible procurar la no desaparición del cuerpo de los difuntos, así como el seguir ritos funerarios según reglas fijas y dotar a sus deudos de un abundante equipaje material que les permitiera alcanzar un destino feliz en el Más Allá, en el "hermoso Occidente", también lo fue el que pudieran disponer de los medios necesarios para neutralizar cuantas asechanzas y peligros les surgiesen en la vida de ultratumba. De ahí la importancia que dieron a las fórmulas mágicas (sortilegios) en atención al poder que la palabra escrita encerraba en ellos. Tras una larga fase en la cual (puesto que todavía se ignoraba el arte de escribir) los sacerdotes funerarios recitaban los más arcaicos sortilegios funerarios (rememoración de los antiguos hechizos que habían protegido a Osiris) a la muerte de cada rey, se llegó hacia la mitad del Imperio Antiguo, esto es, hacia el 2400, a fijarlos por escrito. La primera gran colección de estas fórmulas destinadas a ayudar al difunto (entiéndase el rey) en el Más Allá fue recopilada por los sacerdotes de Heliópolis e inscrita sobre las paredes de la cámara funeraria de la pirámide del rey Unas, el último soberano de la Dinastía V. En razón del soporte en que fue escrita, esta colección de textos recibió el nombre de Textos de las Pirámides, que constituían, en realidad, largas inscripciones jeroglíficas de contenido muy diverso (himnos, leyendas, encantamientos, fórmulas mágicas, etc.). Su finalidad era la de operar la resurrección gloriosa del rey, la de asegurarle la felicidad en el otro mundo, la de proporcionarle vida eterna. Los Textos de las Pirámides, retomados también en las tumbas de otros reyes de la Dinastía VI, así como en las de dos reinas, dieron paso, a partir de la Dinastía VII y hasta el Imperio Medio, a la otra gran colección de escritos funerarios, denominados por los egiptólogos Textos de los Sarcófagos. Este segundo conjunto de literatura funeraria, de clara inspiración osiríana, fue ya destinado no sólo a los reyes, sino también a los ciudadanos particulares, con lo que se asistía a una ampliación de los privilegios antaño reservados únicamente a los reyes. Tales textos, que conocemos casi en su totalidad gracias a tres papiros en los que fueron recogidos, aprovechan la literatura funeraria anterior, pero la modifican o alteran según las tradiciones locales, dada la amplia difusión territorial que alcanzaron. Los mismos presentan un ritual funerario de transición entre los textos anteriores y los magníficos libros funerarios del Imperio Nuevo. Estos últimos textos, que venían a ser refundiciones de los anteriores con algunos añadidos nuevos, se copiaron en papiros que se depositaban junto a los cadáveres, recibiendo así, por ello, el nombre de Libro de los Muertos. Cada uno de estos ejemplares, de los que se conocen bastantes copias por haber estado en vigencia desde finales de la Dinastía XVII hasta prácticamente el final de la antigua historia egipcia, constituyó el elemento indispensable de todo aquel que aspirase a continuar viviendo en el Más Allá. Mediante su adquisición y colocación junto al cuerpo, cualquier persona, una vez fallecida, podría disfrutar de la compañía de los dioses en la otra vida y ser realmente un nuevo Osiris. Con el paso de los tiempos, la disposición material del Libro de los Muertos fue modificándose, y así de las primeras agrupaciones de fórmulas, dispuestas sin un orden concreto, se pasó, sobre todo durante la Dinastía XXVI, a una especie de canonización de los textos, realzados en muchas ocasiones con soberbias ilustraciones a modo de viñetas. Estos tres conjuntos, Textos de las Pirámides, Textos de los Sarcófagos, Libro de los Muertos, fueron los más importantes, pero no los únicos de la literatura funeraria egipcia.
Durante el Imperio Nuevo, en época de Thutmosis I se compuso el Libro de lo que hay en la Duat, en el cual se describe el viaje de Re por el otro mundo durante la noche y que finaliza cuando la barca que transporta al escarabajo, símbolo del devenir, es arrojada por la boca de una serpiente otra vez a la luz del nuevo día. Más tarde, sobre el sarcófago del faraón Horemheb se redactó el denominado Libro de las Puertas, otro texto que describe también el viaje nocturno del sol a través de un mundo subterráneo, dividido en compartimentos que poseen una puerta vigilada por un guardián armado con un cuchillo y que el difunto debe franquear antes de llegar a la región de los espíritus puros. A partir de Setos I aparecieron los llamados Libro del Día y Libro de la Noche, que no alcanzaron mucha popularidad. En ellos el rey es despertado por Horus, quien con la ayuda de los dioses de la comitiva de Osiris logrará coger las manos de Nut, la diosa del cielo. Gracias a las dos barcas solares (mandjet y mensenktet) penetrará durante el día en los Campos de Ialu y durante la noche viajará por el río subterráneo hasta la hora de Re, momento en que este dios hace vivir a los hombres. En la tumba de Mineptah apareció por primera vez el Libro de las Cavernas, libro funerario por antonomasia de los soberanos ramésidas. Se trata de una colección de fórmulas mágicas con las cuales se podía hacer frente a los peligros y aplacar a los dioses de las diferentes cavernas que el difunto debía atravesar en el Más Allá. Todos estos textos y los motivos que los ilustran describen, en realidad, el viaje nocturno del sol por el mundo subterráneo, mundo dividido en doce regiones correspondientes a las horas de la noche, y unidas entre sí por un gran río. El sol navegaba por tales parajes en medio de diversas peripecias. Durante la Época baja, a partir del 716, los cultos funerarios, que no habían perdido su popularidad, motivaron, junto con otras circunstancias (reacción nacionalista frente a los dominadores extranjeros), un verdadero renacimiento de la antigua literatura funeraria. Así, se volvieron a utilizar los Textos de las Pirámides y el Libro de los Muertos, son olvidar el Libro de las Puertas o el Libro de lo que hay en la Duat, además de otros nuevos, como el Libro de las Respiraciones, muy impregnado éste de superstición y magia, y el intitulado Que mi nombre dure íntegro, cuya utilización alcanzó incluso la época ptolemaica y romana (del año 332 a.C. en adelante). Junto a esta literatura funeraria, hay que señalar que determinados rituales litúrgicos (caso del Ritual de la apertura de la boca o del Ritual del embalsamamiento) se colocaban también en las tumbas a fin de que los ritos efectuados sobre los cadáveres siguieran dispensando toda su eficacia gracias a la presencia de los papiros que los contenían.