En otros tiempos, cuando los hombres se alimentaban exclusivamente de frutos y hortalizas y aún no ofrecían a los dioses sacrificios cruentos, vivía en Atenas un extranjero llamado Sópatro, que poseía allí un campo. En el curso de un solemne sacrificio, cuando Sópatro hubo depositado su ofrenda sobre el altar, apareció un toro, que devoró las plantas y semillas que constituían dicha ofrenda. Irritado, Sópatro empuñó un hacha y mató al animal. Luego, arrepentido de su acción, que consideraba como un acto impío, se desterró voluntariamente a Creta. Pero después de su partida declaróse en el país el hambre. Los dioses, interrogados, respondieron que sólo Sópatro podía indicarles el remedio. Era preciso que el animal inmolado resucitase en el curso de la misma fiesta, y que el matador fuese castigado. Algunos enviados salieron, en consecuencia, en busca de Sópatro, y lo descubrieron en Creta, donde vivía presa de remordimientos. Esperando hacer su falta más soportable si la compartía con otros, cuando los enviados atenienses le preguntaron qué ritos debían realizar para aplacar a los dioses, empezó pidiéndoles, en pago de sus consejos, que se le concediese el derecho de ciudadanía. Los atenienses consintieron. Entonces Sópatro los acompañó a su patria e ideó lo siguiente: durante una reunión de todos los atenienses, mandó traer un toro parecido al que había inmolado. Unas jóvenes le presentaron agua, con la cual purificó un cuchillo que había sido afilado por otros atenienses. Sacrificó al animal, que fue despedazado y luego desollado por otros, de manera que todos participaron en la inmolación. Después de ello, fue repartida la carne del toro. Terminado el festín, llenaron la piel de heno y uncieron a la carreta el simulacro de toro así obtenido. Finalmente, se constituyó un tribunal para juzgar al matador. A fuerza de apurar el caso, se acabó estableciendo que el culpable era el cuchillo, que fue condenado a ser arrojado al mar. Así se hizo. Cumplidas las condiciones estipuladas por el oráculo, el toro "resucitado" en forma de simulacro, y el culpable ejecutado, cesó el hambre. Este rito del sacrificio quedó establecido en Atenas, donde era celebrado por los descendientes de Sópatro, los sopátridas.