Unos de los primeros objetos de adoración desde la aparición del hombre a causa de su hermosura, brillantez, rapidez de su curso, regularidad en alumbrar la tierra y en favorecer las cosechas, características todas ellas atribuidas a las divinidades. Para casi todos los pueblos antiguos el Sol fue dispensador de luz y de fecundidad en la creación. El Sol era el Bel o Belo de los caldeos, el Moloch de los cananeos, el Baalfeor de los moabitas, el Adonis de los fenicios o de los árabes, el Saturno de los cartagineses, el Osiris de los egipcios, el Mitra de los persas, el Dionisio de los hindúes. Los griegos llamaron al sol Helios y lo identificaron con Febo y Apolo. Los asirios y los babilonios lo llamaron Shamash. Los egipcios le dieron el nombre de Atón y lo veneraron en Heliópolis y en Menfis con el nombre de Ra, y en Tebas con el de Amón; los persas lo llamaron Mitra y los japoneses Amaterasu. El Sol recibió un culto intenso entre los aborígenes del Perú en donde se consideraba al astro como el hermano y marido de la Luna. En Roma el astro tuvo el nombre de Sol y los romanos le dedicaron culto y altares sobre el Capitolio. Bajo el Imperio de Augusto se le adoró con el nombre de Sol Index y se le identificó con el griego Helios. Algunos sabios han pretendido también que todos los dioses del paganismo se reducían al Sol, y todas las diosas a la Luna. Ademas, el Sol ha sido también adorado bajo su propio nombre. Los antiguos poetas distinguían ordinariamente a Apolo del Sol, y los reconocían como divinidades diferentes. Homero, hablando del adulterio de Marte y de Venus, dice que Apolo asistió al espectáculo, como ignorante del hecho, y que el Sol, instruído de toda la intriga, había dado conocimiento de ello al marido. El Sol tenía también templos y sacrificios a parte, y Luciano dice que era uno de los Titanes. Los mármoles, las medallas y todos los monumentos antiguos los distinguen comúnmente, pero esto no sirve de obstáculo para que los mitólogos hayan tomado a Apolo por el Sol, así como a Júpiter por el aire, a Neptuno por el mar, a Diana por la Luna y a Ceres por los frutos de la tierra. Cicerón cuenta hasta cinco soles, el primero hijo de Júpiter, el segundo de Hiperión, el tercero de Vulcano, apellidado Opas, el cuarto, cuya madre era Acanto, y el quinto padre de Eeta y de Circe. Los griegos adoraban al Sol y juraban en nombre de este astro una fidelidad inviolable en sus compromisos. El Sol era la gran divinidad de los rodios, quienes le consagraron el magnífico coloso, del que tenemos noticia. Los habitantes de Hierópolis prohibieron, por respeto, el que se le levantasen estatuas. Los masagetas y los antiguos germanos adoraban señaladamente al Sol y le sacrificaban caballos. En una montaña de Corinto había varios altares consagrados a este astro, y los trecenios dedicaron uno al Sol libertador, en memoria de haberse liberado de la esclavitud de los persas. Entre los egipcios el Sol era la imagen de la divinidad, a la cual daban varios atributos para designar las diferentes perfecciones de la providencia. También tenía sus estatuas y sus representaciones. Por ejemplo, estaba representado por un hombre que lleva un cetro o un látigo. En pintura está representado bajo la figura de un joven con cabellera rubia, corona radiante, y recorriendo el Zodíaco montado en un carro tirado por cuatro caballos blancos. Lleva con mucha frecuencia un látigo en la mano, para designar la rapidez de su curso. Ver, Heliogábalo.