En el siglo V, la situación social fue particularmente inestable en las provincias más occidentales del Imperio, que fueron también las primeras en independizarse del control político romano: Britannia, Hispania, África y, finalmente, Galia. Aunque generalmente esta separación se liga a la presencia en dichos territorios de grupos germánicos o bárbaros desde el 407, es indudable que su asentamiento actuó de revulsivo contribuyendo a agudizar las tensiones sociales ya existentes entre los "provinciales" que a partir de este momento y de forma recurrente durante casi cincuenta años se manifestaron como revueltas periódicas, conocidas generalmente bajo la denominación de "bagáudicas" sin que, en muchos casos, sea posible discernir la composición social del grupo insurgente. Durante muchos años se pensó que estos "bagaudas" no eran sino grupos de campesinos oprimidos, bien por la presión fiscal de la época, bien por los abusos de los grandes propietarios (domini), por lo que los "colonos" de las grandes villae senatoriales se habrían levantado contra sus "señores", pero los argumentos en que se basa esta "teoría social" son todos ellos muy discutibles. Hoy es claro que la composición del contingente bagáudico no se reducía a grupos de campesinos o, mejor dicho, ex campesinos, sino que también formaron parte de éste grupos de extracción urbana, puesto que la "bagauda" canalizó una forma de protesta social, quizá la última del mundo antiguo, que, desde luego, proporcionaba un cauce de expresión al descontento generalizado de una importante masa de la población. Ahora bien, este tipo de revueltas no se difundió a otras provincias del Imperio e incluso mientras que en la Galia llegó a afectar a casi toda la región desde Bretaña a los Alpes teniendo como centro la Armórica, en Hispania el ámbito fue mucho más reducido limitándose a una parte de la Tarraconense y, en particular, a la región del valle medio del Ebro con incursiones esporádicas en puntos pirenaicos. Por esta razón se pretende minimizar el alcance social de estas revueltas restringiéndolas a movimientos de carácter local o regional. Pero lo cierto es que su incidencia es más clara en la descomposición del "viejo" sistema de relaciones sociales que en la configuración del "nuevo". Un escritor de la época, Salviano de Marsella, denunció la gravedad de la situación como producto del abuso de los "potentes" sobre los "débiles" (tenuiores), lo que él consideraba como un auténtico "pecado social". Por su parte, el escritor hispano Hidacio recogió en su Chronica los sucesos de la "bagauda" en la Tarraconense, aunque no es clara su interpretación del fenómeno, que, en unas ocasiones, lamenta como insolentia bacaudarum y, en otras, vincula a formas de latrocinio o depraedatio. La nueva problemática bagáudica plantea ante todo tres cuestiones básicas: identificación de los insurrectos intentando responder a la pregunta nada fácil sobre "quiénes eran bagaudas", interpretación de las revueltas en sus múltiples aspectos analíticos (composición social, organización paramilitar, localización espacio-temporal, trayectoria del conflicto, etc.) y significación histórica del conflicto bagáudico en el marco de una explicación "revolucionaria" o no del final de la antigüedad. Por "bagaudas" pueden entenderse dos grupos de muy diferente origen étnico, según que esta denominación se considere la transcripción moderna de la forma latina Bacaudae o, por el contrario, la pervivencia de un antiguo nombre céltico formado a partir del radical "bag" (señor, propietario) o "baga" (= guerra). Aunque resulta extraño que la forma latina no recoja la transcripción "ch" para "g" y sí, en cambio, adopte el sufijo céltico "uda", resulta preferible derivar Bacaudae de "baga-uda" que de otros términos latinos como "bacchantes", "vacantes" e incluso "vagantes", si se acepta que el término debería reflejar el carácter genuino de los "bagaudas": ¿errantes, ociosos, vagabundos o, simplemente, guerreros?. La pri'mera opción apunta hacia una consideración del movimiento bagáudico próxima, si no idéntica, a la de los "latrones" o bandidos antiguos organizados en "bandas", sin residencia fija y generalmente ubicados fuera de las ciudades, que han sido definidos como una forma de organización prepolítica que lleva a cabo acciones incontroladas. Sin embargo, es claro que ninguna de estas notas se corresponde con la imagen que de los "bagaudas" transmiten las fuentes de la época: un movimiento organizado, de carácter campesino, con una estructura jerárquica entre sus miembros, líderes carismáticos, objetivos precisos, etc. La segunda opción (los bagaudas como "guerreros") se ajusta más a la dinámica del conflicto que, en cierto modo, podría sintetizarse en una serie de enfrentamientos sucesivos, pero es asimismo problemática, por varias razones. La primera es que el componente étnico (en este caso céltico) del contingente bagáudico resulta difícil de identificar a comienzos del siglo V, salvo que en él se incluyan elementos bárbaros, "viejos" y, en este caso, discriminados o desplazados, o "nuevos" y, entonces, de apoyo a la causa bagáudíca contra el poder político romano en estas áreas. La segunda dificultad estriba en que las motivaciones de este conflicto fueron sin duda sociales y no sólo políticas, por lo que la nocion de "revuelta" es preferible a la de "guerra", aunque es cierto que las acciones bélicas (bellum, proeliis) están también documentadas junto con organizaciones militares menores como "arma, manus, tumultus o motus". Por otra parte, la idea de "guerra" presupone el enfrentamiento de dos "ejércitos" de potencial similar con organización de los cuadros básicos y una destreza probada en el uso de las armas, condiciones que parecen ser corroboradas por la entidad y estructura de ambos contendientes: el ejército imperial o federado, de un lado; el contingente bagáudico, de otro lado. Finalmente, "guerra" preferible a "revuelta" e incluso a "guerra social", porque en las acciones está implicado un presunto objetivo separatista, autonomista o independentista de las regiones implicadas, en Galia e Hispania, sin que en ello sea necesario ver un sentimiento "nacionalista", sino una respuesta de los "provinciales" al control, en unos casos, al desamparo, en otros, por parte del gobierno central. Sólo en este contexto de insatisfacción o descontento generalizado adquieren pleno sentido expresiones como "casi toda la Galia" o "gran parte de los hispanos", utilizadas por Crónicas y escritores contemporáneos para dar idea de la amplitud de la revuelta bagáudica, aparte del hecho de que en dichos textos se utiliza significativamente la expresión "se levantaron en bagauda" (in bacaudam conspiravere), con un uso en apariencia bivalente del término "bacauda" latino significando tanto los "agentes" como sus propias "acciones", pero en realidad éstas permiten identificar a aquéllos como miembros de un grupo bagáudico o no. En este sentido sorprende que, a diferencia de los presuntas revueltas bagáudicas de finales del siglo III en la Galia, los "bagaudas" del siglo V hayan perdido el carácter netamente campesino de antaño (agricolae, agrestes, rustici, rustirani, pastores, aratores son los términos más comúnmente empleados) en favor de la consideración de los insurrectos como "rebelles" a los que se suele imputar acciones como seditio, conspiratio, perfidia o insolentia, todas ellas de claro contenido político. Incluso más, cuando Salviano describe la condición social de los bagaudas como gente cansada de soportar injusticias, arruinada por la confiscación de sus bienes y, sobre todo, por la presión fiscal mal distribuida puesto que "sólo unos pocos, los débiles, soportan los impuestos de todos", se refiere a los potenciales "bagaudas" con el término "pauperes", que en esta época podría indicar un estrato de la población urbana por oposición a "potentes", generalmente referido a los "domini" o grandes propietarios rurales. Pero hoy se sabe que las revueltas bagáudicas fueron algo más que un enfrentamiento entre "ricos" y "pobres" a nivel local o regional aunque probablemente algo menos que una "lucha de clases" entre los domini-patroni y "sus" esclavos, colonos y personal dependiente. No hay prueba arqueológica suficiente acerca de que los bagaudas
fueran los responsables de las destrucciones de villae en esta época, como tampoco existe un documento que atestigüe la participación de los "coloni" en los contingentes bagáudicos, a pesar de que un amplio sector de la historiografía ha presumido su implicación en ellos sin documentación ni argumentos suficientes. Estos hechos deberían llevar a cuestionar algunos aspectos de la llamada "teoría social" de la bagauda, particularmente los referidos a la identidad de los possessores presuntamente agredidos y a los fines perseguidos por los insurrectos. Respecto a los primeros, no parece que en el ámbito en que se manifestó el conflicto bagáudico existieran sino excepcionalmente grandes villae y que, en consecuencia, las relaciones de colonato-patrocinio estuvieran allí muy evolucionadas. Al contrario, los indicios arqueológicos y lingüísticos aconsejan creer que en estas regiones la mayoría de las villae eran de tamaño mediano y en las que, significativamente, no parecen haberse tomado medidas para evitar posibles ataques o asaltos. En este sentido hoy se sostiene incluso que la "bagauda" habría sido dirigida por magnates locales que proporcionando armas a su servicio (servitia) disputó a sus pares, primero, el control del poder local y a las instituciones del Estado, más tarde, su autonomía. Algo similar podría decirse acerca de la localización de los enfrentamientos, excepcionalmente en medios rurales pero bien documentados en núcleos urbanos, sobre todo en el caso de la bagauda hispana: Aracelli (443), Turiaso (449), Ilerda (450). Estos hechos encajan mal en una interpretación exclusivamente campesina del movimiento ("agentes" de y "acciones" en medios rurales) y, en cambio, parecen implicar a grupos de extracción urbana conocedores de la situacion económica y política de las ciudades, de las autoridades civiles, militares y eclesiásticas en ellas así como de las posibilidades de un ataque por sorpresa sobre ellas. Finalmente, a pesar de la organización interna del movimiento, las revueltas bagáudicas acabaron en fracaso, siendo sofocadas en Galia, primero ca. 437 y en Hispania, más tarde, en 454 por el ejército imperial con la ayuda de los "foederati". Entre 407 y esta última fecha la "bagauda" puso en peligro la integridad política del Imperio romano occidental, pero contribuyó sin duda a su descomposición definitiva. No deja de ser significativo que los escenarios regionales bagáudicos se correspondan estrechamente con áreas tempranamente independizadas del dominio político romano (Britannia, Aquitania, Armorica, Vasconia) aunque no se vea en ello indicios "nacionalistas". Según Hidacio, el gobierno romano consiguió erradicar a los bagaudas de la Tarraconense, pero para ello necesitaría la ayuda de los federados visigodos al mando de Federico, hermano del rey Teodorico II. Unos años antes, sin embargo, los bagaudas controlaban de tal manera el territorio de esta provincia en torno a la cuenca del Ebro que el rey suevo Requiario había establecido un pacto con ellos, representados por Basilio. El precio político de las revueltas bagáudicas fue alto para el gobierno central, que se vio obligado a recurrir a los bárbaros asentados para frenarlas. Los bagaudas habían conseguido parcialmente su objetivo: rechazar el control romano, quizá porque ellos mismos, si lo eran, ya no se sentían "romanos". Aunque el poder central controlara todavía durante algunas décadas parte de los territorios occidentales, el Imperio romano occidental estaba virtualmente acabado. Ver, Visigodos, Bacaudae.