Arte de conocer lo venidero por medios supersticiosos. Inquieto siempre el hombre por su suerte futura, no se contentó con indagarlo en los oráculos y las predicciones de las sibilas, sino que se valió de otros mil medios inventando varias suertes de adivinaciones y llegando al extremo de querer establecer para ellas máximas y reglas, como si unos conocimientos tan poco científicos pudiesen sujetarse a reglas y máximas. Esta ciencia tan antigua como la idolatría formaba una parte considerable de la teología pagana y estaba autorizada por las leyes especialmente entre los romanos. Cicerón, en su tratado sobre la divinación, examina si su existencia es posible y manifiesta que en cuanto a esto los filósofos estaban divididos en tres opiniones. Algunos creían que, supuesta la existencia de los dioses, debían admitirse desde luego las adivinaciones; otros sostenían que podía haber dioses sin que existiesen aquéllas, los últimos estaban persuadidos que aun cuando no hubiese dioses podría existir una adivinación. La Escritura hace mención de nueve clases de adivinaciones. La primera consistía en examinar las estrellas, los planetas y las nubes, esto es la astrología judiciaria o apetemesmática que Moisés llama Meonen. La segunda lleva en la Escritura el nombre de Menachesch, que la Vulgata y la mayor parte de los intérpretes traducen por augurio. La tercera llamada Mecascheph, que los Setenta y la Vulgata traducen por maleficios o prácticas ocultas y perniciosas. La cuarta es el lthoberon, esto es encantadores. La quinta consistía en interrogar a los espíritus, Pitons. La sexta, llamada por Moises Indeoni, era propiamente el sortilegio y la magia. La séptima se practicaba por medio de la evocación o interrogación de los muertos y era por consiguiente la necromancia. La octava llamada dabdomancia, se hacía con la varilla o el palo y a esa clase puede unirse la velomancia conocida por Ezequiel. La nona y última era la hepatoscopía o inspección del hígado. Además de todas estas clases hace también mención de los decidores de la buena ventura, de los que interpretan los sueños de las adivinaciones por medio del agua, el fuego, el aire, el vuelo de las aves, de su canto, por los rayos, los relámpagos y en general por meteoros, por la tierra, los puntos, las líneas y las serpientes. Los judíos habían sacado todas estas creencias de Egipto, de donde se habían esparcido por Grecia y de allí se extendieron entre los romanos. Estos últimos pueblos distinguían la adivinación en natural y artificial. Llamaban adivinación artifical a un pronóstico o a una deducción fundada sobre signos exteriores que enlazaban con los sucesos venideros, y la adivinación natural era la que presagiaba los acontecimientos por medio de un movimiento puramente interior y un impulso del espíritu independiente de algún signo exterior. Subdividían además esta última en innata e infusa. La primera se fundaba en la suposición de que el alma está circunscrita en sí misma y que mandando a los diferentes órganos del cuerpo sin hallarse presente por extensión, tenía esencialmente nociones confusas de lo venidero, como nos convencemos fácilmente, decían ellos, por medio de los sueños de los éxtasis y lo que sucede a ciertos enfermos cuando se hallan cercanos a la muerte, y a la mayor parte de los otros hombres, cuando les amaga un peligro inminente. La infusa se apoyaba en la hipótesis de que el alma, semejante a un espejo, quedaba ilustrada sobre lo venidero, en cuanto podía interesarle, por medio de un rayo de luz que derivaba de Dios o de los espíritus. Dividían igualmente la divinación artificial en otras dos clases, la experimental sacada de las causas naturales, como de las predicciones que los astrónomos hacen de los eclipses etc.; o de los juicios que forman los médicos sobre la terminación de las enfermedades; o de las conjeturas de los políticos sobre las revoluciones de los estados; la otra, quimérica, consistía en prácticas caprichosas fundadas en un falso juicio y acreditadas por la superstición. Esta última rama se servía de la tierra, el fuego, el aire, el agua, las aves, los intestinos de los animales, los sueños, la fisonomía, las líneas que se notan en las manos, los puntos casuales, los nombres, los movimientos de un anillo, y de las obras de algunos autores y de ahí derivaron las suertes llamadas Sortes Praenestine, Virgilianae, Homericae. En el siglo IV el emperador Teodosio I puso fin de manera oficial a la adivinación pagana. Pero en la mayor parte de las aldeas griegas de hoy, el mantis está vivo. Ver, Incubatio, Mántica, Divinatio, Mancia, Abacomancia, Actinomancia, Acutomancia, Aeromancia, Agalmatomancia, Alectomancia, Alectriomancia, Aleuromancia, Alfitomancia, Alomancia, Amniomancia, Antropomancia, Apantomancia, Apotelesmática, Aritnomancia, Armomancia, Arte de los espíritus, Artinomancia, Astragalomancia, Axinomancia, Belomancia, Berilística, Bibliomancia, Bolomancia, Botanomancia, Brizomancia, Cefalonomancia, Caomancia, Xapnomancia, Canterme, Cartomancia, Catoptromancia, Causimomancia, Cefalomancia, Ceraunomancia, Ceraunoscopia, Ceromancia, Cledonismancia, Cleidomancia, Cleromancia, Coscinomancia, Cresmología, Cristalomancia, Critomancia, Dactilomancia, Dafnomancia, Divinatio, Enomancia, Enoptromancia, Eromancia, Espodomancia, Extispicium, Fialomancia, Filorodomancia, Gastromancia, Geomancia, Geoscopía, Geromancia, Giromancia, Hidromancia, Hieroscopía, Higromancia, Hipomantia, Ictiomancia, Ignispicium, Lampadomancia, Lecanomancia, Libanomancia, Licnomancia, Lingulaca, Litomancia, Meteoromancia, Miomancia, Necromancia, Nigromancia, Oculinomancia, Ofiomancia, Oinomancia, Ololigmancia, Omfalomancia, Omomancia, Onicomancia, Oniromancia, Onomancia, Oomancia, Ooscopia, Ornitomancia, Pagomancia, Palomancia, Partenomancia, Pegomancia, Petimancia, Piromancia, Psicomantia, Quiromancia, Rabdomancia, Rapsodomancia, Sciamancia, Sicomancia, Sideromancia, Sortilegio, Stoicheiomancia, Stolisomancia, Suertes, Teframancia, Teomancia, Teratoscopia.