Ciudad-estado del interior de Siria, situada a 60 kilómetros al sureste de Alepo. Esta ciudad tantas veces mentada en antiguas fuentes cuneiformes y jeroglíficas de Mesopotamia, Anatolia y Egipto, que floreció entre el 2.400 y el 1.600 a.C., y tradicionalmente localizada a los pies de los montes Tauro, al sur de Turquía, se encuentra por contra, en el corazón de la Siria septentrional. La ciudad de Ebla, destruida por primera vez por las tropas de Sargón de Akkad bacia el 2.500 a.C., siguió apareciendo en las fuentes cuneiformes como región de las renovadas conquistas de Naram-Sîn de Akkad hacia el 2.250 a.C. como área desde la que Gudea de Lagash, durante la segunda mitad del siglo XXII a.C., obtuvo la madera para sus famosos edificios sagrados erigidos en honor al dios Ningirsu. Más tarde, a finales del XVII o durante el siglo XVIII a.C., cuando en la alta Siria dominaba el poderoso Yamjad, con capital en Alepo, la ciudad es recordada en los escritos de Alalaj a través de un matrimonio dinástico que unió la estirpe reinante con los señores de Alalaj. La fama de la potencia política de Ebla en ss. del dominio de las dinastías amorritas, en Siria y Mesopotamia, paralela al florecimiento del Imperio Medio egipcio, aparece reflejada en una narración épica escrita en hitita y hurrita, encontrada recientemente en la capital imperial hitita, Hattusa, denominada La Épica de la Liberación, que narra la gesta de la destrucción final de Ebla, definida en este texto como "la ciudad del trono", dirigida por un gran soberano paleohitita que con toda certeza, se identifica con Murshili I, el conquistador de Alepo y Babilonia. Tal como confirma la documentación arqueolítica, dicha destrucción tuvo lugar alrededor del año 1.600 a.C. En ese mismo año, Tutmosis II recorrió la Siria para consolidar el imperio egipcio de Asia, fundado por Tutmosis I, y mencionó Ebla en su larga lista, grabada en el templo de Karnak, de ciudades siropalestinas conquistadas. Incluso después de la destrucción final, que puso fin al gran asentamiento de unas sesenta hectáreas que, junto con Karkemish, Alepo, Urshum, Alalaj y Qatna, fue uno de los más relevantes centros urbanos del período paleosirio, el nombre de Ebla continuó siendo mencionado, aunque de forma esporádica y sólo en los textos económicos que quizá aludían a su región; o bien en textos rituales, tanto de Hatussa, como de Assur, con referencias a las tradiciones religiosas de esta ciudad prácticamente abandonada. A pesar de todo, en el siglo XIII a.C., un ritual del gran santuario del dios Assur en la ciudad de Assur recordaba, entre muchas divinidades, a Ebliatu, la Ishtar de Ebla (señora del amor, de la fertilidad y de la guerra), cuya fama y culto habían rebasado las fronteras del dominio político de la ciudad paleosiria. A finales de la Edad de Bronce y en los primeros ss. de la Edad de Hierro, a finales del segundo milenio a.C., el nombre de Ebla había desaparecido por completo de los documentos escritos. A pesar de que la exploración arqueológica aún no ha determinado los orígenes de la Ebla protosiria madura, del 2.400 al 2.500 a.C.; en la fase de Mardij HB1, correspondiente a la poderosa ciudad de la Edad de los Archivos Reales, Ebla debía ser un vasto centro urbano de unas cincuenta hectáreas, dominado en el centro por el complejo de edificios del palacio real que se extendía sobre más de 10.000 metros cuadrados, de los que tan sólo 2.500 han sido desescombrados. Ebla estaba gobernada por una monarquía de tipo hereditario, de la que conocemos tres soberanos (Igrish-Jalam, Irkab-Damu e Ishar-Damu) de la época de los Archivos, unida institucionalmente a una segunda alta dignidad, la del visir, de cuya titularidad se conocen también tres nombres (Arennum, Ibrium e Ibbi-Zikir), que parece pusieron un gran empeño, sobre todo en la segunda mitad del reinado de lshar-Damu, para hacer de Ebla la extraordinaria potencia que llegó a controlar, no sólo toda Siria septentrional, sino incluso una parte de la alta Mesopotamia, con sólidas relaciones diplomáticas y las alianzas, empezando por Mari y Nagar, la actual Tell Brak. La gran suerte de Ebla, que sin duda dependía de su excepcional posición estratégica (a mitad de camino entre el valle del Éufrates y la costa Mediterránea), estaba avalada -en lo que se refiere al aspecto económico-, de un lado, por una buena conjugación alimenticia entre la agricultura extensiva basada en los cereales, en la vid y el olivo, así como en la cría de ganado ovino y vacuno y, de otro lado, de la explotación de las cercanas fuentes de aprovisionamiento de madera, de las montañas del Líbano y del Amano y de metales (en particular cobre plata y oro) de Amano y Tauro. Se cree que el control de las fuentes de estas materias primas esenciales y la alianza con los centros políticos más importantes de la alta Mesopotamia fuera el motivo que, alrededor del año 2.500 a.C., provocó la reacción de Sargón y la sucesiva destrucción tanto de Mari como de Ebla, a cargo de este gran rey de Akkad. Esta hipótesis adquiere solidez si tenemos en cuenta que Ebla fue una etapa central de rutas comerciales de larga distancia de mediados del tercer milenio a.C., probablemente bajo estrecho monopolio real, que importaba el valiosísimo lapislázuli del lejano Afganistán hasta Mesopotamia meridional y, de ahí, a la alta Siria y a Egipto. Sobre este tema, reviste especial importancia el hallazgo, entre las ruinas del barrio administrativo del palacio real de Ebla, de más de veintidós kilos de lapislázuli sin pulir, así como de numerosos restos de copas de alabastro y diorita de producción faraónica. Entre estos últimos, se encontró una copa de diorita grabada con dos de los títulos de Kefrén de la Dinastia IV y un tapón de alabastro de un vaso de ungüentos de Pepi I, tercer faraón de la Dinastía VI egipcia. este último y excepcional objeto documental es el más antiguo sincronismo arqueológico que relaciona, alrededor del 2.300 a.C., Egipto, Mesopotamia y Siria, que demuestra, sin lugar a dudas, la contemporaneidad de Sargón de Akkad, de Pepi I de Egipto y de Ishar-Damu de Ebla. Se estima que la necrópolis real tuvo actividad entre finales de Mardij IIIZ, hacia el 1.825 a.C., y los años más avanzados de la fase de Mardij IIIB, hacia el 1650 a.C., y quizá más. Allí se han podido identificar una decena de tumbas, en su mayoría violadas en la Antigúedad. De éstas, tan sólo tres están completamente excavadas: la tumba inviolada de la Princesa, con un importante ajuar personal de joyas de oro y más sesenta vasijas de cerámica, que fue cerrada entre 1.825 y 1.800 a.C. o poco después; la tumba del Señor de los Cabríos, violada en la época de la destrucción hitita de la ciudad, probablemente perteneciente a un soberano del 1.750 a.C. aproximadamente, a cuyo alrededor se habían colocado joyas de oro, armas de bronce, platos de piedra, talismanes de marfil y más de sesenta vasijas de cerámica, así como varias ofrendas procedentes de Egipto; y la tumba de las Cisternas, probablemente cerrada hacia el 1.650 a.C., que ha sido la más sufrió el saqueo previo a la destrucción de la ciudad, hacia el 1.600 a.C. Existen abundantes testimonios de la escultura monumental de la Ebla paleosiria datados entre el 1.900 y el 1.650 a.C. A ese mismo periodo pertenecen las piezas de los bustos de basalto más antiguas, entre las que se encuentra el busto del rey lggit-Lim, datado bacia 1.900 a.C., con una dedicatoria grabada que, en 1.968, permitió identificar Ebla con Tell Mardij. Asimismo, en el templo de Ishtar de la ciudad baja se han encontrado importantes restos de estatuas reales de soberanos y reinas. Estas estatuas se sitúan entre los años 1.750 y 1.625 a.C. Una obra de notable importancia desde el punto de vista iconológico es la estela de lsthar. Esta obra, realizada hacia el 1.800 a.C. descubierta en un pequeño templo secundario del área consagrada a la diosa sobre la ciudadela, tiene las cuatro caras esculpidas con relieves de escenas divinas, rituales y míticas, con la imagen de la gran diosa, representada en una capilla alada sostenida por dos hombres-toro a lomos de un toro (imagen que simboliza la naturaleza celeste y la divinidad femenina por excelencia identificada con el planeta Venus, símbolo de la fertilidad universal). Ebla también ha proporcionado importantes testimonios de otra producción artística: los objetos de marfil trabajados. Sobre este material realizaban grabados figurativos muy relevantes, en los que aparecían figuras del mundo divino egipcio (desde Sobek a Horus, de Hathor a Osiris), que seguramente decorarían el respaldo de un tro no o de una cama ceremonial de alrededor del año 1.700 a. J.C aproximadamente. A pesar de que tan sólo se han encontrado poquísimos fragmentos de tabletas de todo el período paleosirio, se ha podido reconstruir los nombres de algunos soberanos de Ebla de Mardij lIA y Mardij IIIB. Entre los más antiguos, situados en el siglo XX a.C., se encuentran Igrish-Kehp y su hijo Iggit-Lim, que dedicó a Ishtar la estatua que le devolvió el antiguo nombre de Tell Mardij; más tarde, alrededor de 1.750 a.C., con toda probabilidad, debió reinar Immeya, posiblemente el personaje sepultado en la tumba del Señor de los Cabríos, como deja suponer una copa de plata con ese nombre encontrada en el sepulcro; y por último, durante el siglo XVIII a.C., entre los últimos reyes de la ciudad, debió reinar Indilimgur, padre de un príncipe que dejó la huella de su espléndido sello en algunas jarras del palacio occidental. Cuando los hititas y Murshili I, conquistaron y sometieron Ebla hacia el 1.600 a.C., poniendo definitivamente fin al gran centro paleosirio, la alta cultura urbana de Siria ya se había extendido ampliamente. En particular, la elaboración cultural desarrollada en Ebla en los primeros siglos del II milenio a.C., que recogió la herencia del notable florecimiento urbano protosirio del tercer cuarto del II milenio a.C., había sentado las bases para la constitución de una gran tradición propia de Siria, que se repetiría con caracteres originales, a pesar de los paréntesis, hasta la disgregación de la vida urbana que trajo consigo el dominio del Imperio asirio, hacia finales del VII a.C.. Hoy, Tell Mardikh, Siria.