Cuenta Virgilio que Fama, es decir, la "voz pública", fue engendrada por la Tierra después de Ceo y Encélado. Está dotada de numerosos ojos y bocas, y viaja volando con grandísima rapidez, Ovidio adopta este retrato de Fama y lo recarga aún. Imagina que esta divinidad habita en el centro del mundo, en los confines de la Tierra y el Mar, y que su morada es un palacio sonoro, con mil aberturas por las que penetran todas las voces, incluso las más leves. Este palacio, enteramente de bronce, está siempre abierto, y devuelve, amplificadas, las palabras que llegan hasta él. Fama vive rodeada de la Credulidad, el Error, la Falsa Alegría, el Terror, la Sedición y los Falsos Rumores, y, desde su alcázar, vigila el mundo entero. Esta creación, remedo de los gigantes y otros seres monstruosos de la primera generación divina, constituye, más que un verdadero mito, una alegoría transparente y tardía. Ver, Feme.