Eran los que se veneraban en cada casa como personificación del espíritu protector del hogar. En un principio era sólo uno, pero en época imperial, por influencia de los anteriores, se desdobló en dos. Aparecía como un adolescente que portaba una pátera en una mano y una cornucopia en la otra, tocándose con una corona de flores. Se colocaban en el larario, que bien podía ser una habitación completa (lo más habitual en las grandes villas imperiales) o un pequeño altar en el atrio. En ambos casos, las esculturas se ubicaban en una cavidad cuadrada o rectangular excavada en la pared, con representaciones pictóricas que le daban aspecto de templo (cuando se representaba la fachada del templo con volumen, se le llamaba aedícula). El nombre de larario se hizo extensivo al altar familiar en época imperial, pues anteriormente se le llamaba sacrarium o sacellum. Se acompañaban de efigies de la Fortuna, Mercurio y el Genio de la familia. Sus fiestas más señaladas eran las Compitalia, que se celebraban en diciembre. Se les ofrecían pasteles, juegos y muñecas de lana. Fue un culto muy extendido entre libertos y esclavos. Aunque fue prohibido por César, Augusto lo restableció, reorganizando los colegios encargados de su mantenimiento o (collegia compitalicia) cuya función era el culto reguIar de los Lares Compitales o de las encrucijadas. En ellos encontraría su reconocimiento esta población "marginal', al formar parte de su sacerdocio. Cada barrio elegía cuatro magistri y cuatro ministri por año, que se hacían acompañar de esclavos especialmente meritorios, lo que daba a éstos un cierto nivel social. En muchas ocasiones, los propios magistri eran los donantes de los altares y templos. Antes, el culto de estos colegios estaba sólo dirigido a los lares. Pero más tarde, se les incorporó el Genius Princeps, es decir, el genio particular del emperador. De esta forma, el emperador se introduce entre la plebe de una forma piadosa y subliminal. El templo que se construyó en la Velia a los lares creará un modelo de altar para el mundo romano, aumentado las funciones de los magistri encargados de este culto y haciéndolo uno de los más importantes de la vida social. De ello tenemos una pequeña muestra en el prólogo de Aulularia, de Plauto. En Hispania, como en el resto de las provincias, Roma asimiló sus divinidades con las autóctonas, reinterpretando y unificando simbologías. De esta forma se instauró el culto a Mercurio y los Lares en la Península. Las áreas de mayor difusión fueron la Tarraconense y la Lusitania. En esta última hay gran cantidad de efigies de los lares en torno al río Duero, lo que hace pensar en una asimilación con deidades indígenas de origen celta (aún hoy pervive el sentido religioso y mágico de las encrucijadas en el noroeste peninsular). El culto a Mercurio se desarrolló en las rutas comerciales y nudos de comunicación, adoptando epítetos como el de compitalis (el de las encrucijadas). Se decía también que el Lar Familiaris (protector de las familias) era el padre del rey Servio Tulio. Un día en que una esclava de Tanaquil, esposa de Tarquino, estaba junto al hogar, levantóse de él un falo de ceniza. De la unión de éste con la esclava nació el que había de ser más tarde el rey Servio (Ver).