Melampo, el "hombre de los pies negros", debido, según se dice a que, al nacer, su madre lo había colocado en la sombra, aunque, por inadvertencia, dejó sus pies al sol, es hijo de Amitaón y de Idómene. Pertenece a la raza de Creteo y Tiro. Primo hermano de Jasón. Casó con Ifianase o Ifianasa, una de las hijas de Preto, de la cual tuvo varios hijos: Mantio, Antífates, Abante, e hijas Prónoe y Manto. Diodoro afirma que en realidad casó con Ifianira I, hija de Megapentes, el cual era, a su vez, hijo del rey Preto. En su infancia, Melampo obtuvo el don de la adivinación de la manera que refiere Apolodoro: habiendo sus criados descubierto una familia entera de serpientes en un viejo roble, y muerto al momento el padre y la madre, le llevaron los pequeñuelos, que hizo criar cuidadosamente. Siendo ya grandes los animales, habiéndolo encontrado un día dormido, se unieron cada uno a una de sus orejas y se las limpiaron tan perfectamente con sus lenguas, que al despertarse se llenó de admiración al entender el lenguaje de los pájaros y, en general, de todos los animales (Ver, Polifates). Melampo no sólo fue adivino, sino también médico o, mejor, sacerdote dotado de la virtud de purificar a los enfermos y devolverles la salud. Conocía también las hierbas mágicas y medicinales. Melampo y su hermano Biante abandonaron su patria, Tesalia, para dirigirse junto a Neleo, su tío, en Pilos de Mesenia. Allí Biante quiso casarse con Pero, hija de Neleo. Sin embargo, éste no quiso consentir en la boda a menos que Biante aportase, como regalo, los rebaños de Fílaco, según otros, los de Ificlo; pero éste es hijo de Fílaco y representa un papel distinto en la leyenda (Ver, Ificlo). Estos rebaños se encontraban en Fílacas, Tesalia, poderosamente guardados por un perro al que no podía acercarse hombre ni animal alguno. Como Biante no podía apoderarse por sí mismo de las reses, pidió a Melampo que le ayudase. Éste accedió y predijo que lo conseguiría, pero que sería sorprendido y no obtendría el rebaño hasta después de un año de encarcelamiento. Trasladóse luego a Fílacas, y, tal como había profetizado, fue sorprendido y encerrado en una choza. Cuando el año había casi transcurrido, oyó que las carcomas, que roen la madera, se preguntaban en el interior de una viga del techo cuánto tiempo duraría aún el madero antes de derrumbarse. Uno de los gusanos respondió que estaba ya muy desgastado y no tardaría en ceder. Inmediatamente, Melampo solicitó que lo trasladasen a otra prisión, y, efectivamente, a poco de su salida, el techo de la choza se derrumbó. Entonces Fílaco se dio cuenta de que su cautivo era un notable adivino y le pidió que curase la impotencia de su hijo Ificlo. Como recompensa le dio los rebaños codiciados, que Melampo condujo a Pilos, dando Neleo a Biante la mano de Pero. Otra tradición, conocida sólo por Propercio, pretende que Melampo estuvo enamorado de Pero. Más tarde, Melampo fue llamado por Preto, rey de Argos, para que curase a sus hijas, que habían sufrido todas un ataque de locura (Ver, Prétides) y erraban a través del Peloponeso creyéndose transformadas en vacas. Melampo prometió a su padre que las sanaría si le daba en pago el tercio de su reino. Preto rehusó el trato, y la dolencia se agravó. Por segunda vez, el rey hubo de acudir a Melampo, el cual le pidió entonces un tercio del reino para él y otro tercio para su hermano. Preto aceptó estas condiciones. Entonces Melampo expulsó a las muchachas del monte, con el concurso de algunos jóvenes, bailando y gritando, y las forzó a ir hasta Sición, donde las purificó mediante ritos mágicos. Todas se curaron, excepto la mayor, Ifínoe, que murió de cansancio. Preto dio a sus otras dos hijas, Ifianasa y Lisipe, en matrimonio, a Melampo y Biante, y entregó a cada uno de ellos un tercio de su reino. De este modo los descendientes de Amitaón llegaron a reinar en Argólide. Sobre las consecuencias de este reparto del reino, ver, Adrasto.