Meleagro es hijo del rey de los etolios de Calidón, Eneo, y de Altea, hermana de Leda, hijas de Testio. Es el héroe de la aventura conocida por "cacería de Calidón". Esta aventura la conoce ya la Ilíada, donde Fénix cuenta, para impresionar a Aquiles y hacerle renunciar a su decisión de no participar en la lucha, el triste accidente ocurrido a Meleagro, que se había mostrado también obstinado. El rey de Calidón, Eneo, cuenta Fénix, había ofrecido un sacrificio a todas las divinidades después de la recolección, pero se había olvidado de Ártemis. Entonces la diosa envió al país de Calidón un jabalí de prodigioso tamaño, que asolaba los campos. Para acabar con él, Meleagro, el hijo del rey, reunió a varios cazadores procedentes de las ciudades de las cercanías. El animal mató a alguno, hasta que cayó bajo los golpes del joven. Pero Ártemis, cuya cólera no se había aplacado, suscitó una querella entre etolios y curetes, pues gente de ambos pueblos había participado en la cacería, por la piel y la cabeza del jabalí. Mientras Meleagro luchó con sus compatriotas los etolios, éstos llevaron ventaja. Pero en la batalla Meleagro mató a los hermanos de su madre, y ésta lo maldijo, invocando contra él la cólera de los dioses infernales con las imprecaciones más violentas. Entonces Meleagro, por miedo a las consecuencias de la maldición de su madre y temiendo que las Erinias lo acosaran si seguía combatiendo, se retiró a su casa y se negó a sostener a los suyos. En seguida la victoria se puso del lado de los curetes; los etolios fueron rechazados hasta el interior de los muros de Calidón y sitiados. Los ancianos acudieron entonces a suplicar a Meleagro, pero en vano; él resistió sucesivamente a los ruegos de los principales sacerdotes de la ciudad, a los de su propio padre y su madre, que se prosternaron a sus pies, de sus hermanas llorosas, de sus amigos más queridos. Y esta situación se prolongó hasta que la ciudad empezó a arder y el enemigo se aprestó a saquear su casa. Su esposa, Cleopatra-Alcíone, hija de Idas y Marpesa, fue a refugiarse a su lado y le describió la suerte de los sitiados si los adversarios alcanzaban la victoria. Ante el triste cuadro que su mujer le presentaba, Meleagro se conmovió al fin y, volvió a ponerse su armadura. Logró restablecer fácilmente la situación, pero parece que murió en el combate. Más tarde esta leyenda evolucionó y se complicó con incidentes dramáticos. La guerra contra los curetes pasó a segundo plano, y la cacería se convirtió en el episodio central. Se decía que Meleagro era hijo del dios Ares y no del rey Eneo. Cuando tuvo siete días, las Moiras se presentaron a su madre Altea y le vaticinaron que la suerte del niño estaba unida a la del tizón que ardía en el hogar. Si se consumía completamente, Meleagro moriría. Altea se apresuró a sacar el tizón del fuego y a apagarlo, y después lo guardó en un cofre cuidadosamente oculto (Ver, Altea). Cuando Meleagro llegó a la edad viril, se dispuso a librar a su país del monstruoso jabalí enviado por Ártemis. Para ello reunió a gran número de héroes, cuyos nombres nos han conservado los mitógrafos: Driante, hijo de Ares; Idas y Linceo, hijos de Afareo, procedentes de Mesenia; Cástor y Pólux, los Dioscuros, de Esparta (que son primos de Meleagro); Teseo, de Atenas; Admeto, de Feras, Tesalia; Anceo y Cefeo, hijos del arcadio Licurgo; Jasón, de Yolco; Ificles, hermano gemelo de Heracles, que venía de Tebas; Pirítoo, hijo de Ixión y amigo de Teseo, que procedía de Larisa, Tesalia; Telamón, hijo de Éaco, procedente de Salamina; Peleo, su hermano, venido de Ptía y que, durante la cacería, dio muerte a su cuñado Euritión, hijo de Áctor; Anfiarao, hijo de Oícles, llegado de Argos, así como los hijos de Testio, tíos de Meleagro. Había también una cazadora, Atalanta, hija de Esqueneo, que había venido de Arcadia. Todos ellos se refocilaron por espacio de nueve días en casa de Eneo, y el décimo partieron en busca del jabalí, no sin que a algunos les disgustase llevar a una mujer entre ellos. Pero Meleagro consiguió persuadirlos, pues estaba enamorado de Atalanta, de la cual deseaba tener un hijo, pese a estar casado con Cleopatra-Alcíone. Al verse la fiera acorralada, mató a Hileo y Anceo, y Peleo, al disparar una jabalina, dio accidentalmente en Euritión, matándole también. Atalanta fue la primera en herir al jabalí y le alcanzó con una flecha. Después, Anfiarao le clavó otra en un ojo. Finalmente, Meleagro lo remató de una cuchillada en el flanco, lo cual le valió los despojos del animal, despojos que ofreció a Atalanta. Pero los hijos de Testio, tíos de Meleagro, se indignaron ante este gesto, con la pretensión de que, si Meleagro renunciaba al trofeo, éste les correspondiera a ellos como parientes más próximos. Meleagro se enfureció y dio muerte a sus tíos, asegurando así a Atalanta la posesión de los disputados despojos. Indignada por este asesinato, Altea, madre de Meleagro, echó el tizón mágico al fuego y su hijo expiró. Vuelta en sí de su acceso de ira, y al darse cuenta del hecho se ahorcó al mismo tiempo que Cleopatra-Alcíone, esposa del héroe. Contábase también que Meleagro era invulnerable y que había sido muerto por una flecha del propio Apolo. Esta versión se relaciona con la de Homero; según ella, el dios habría luchado en el bando de los curetes, y por ello se habría visto obligado a matar al campeón de los etolios. Entre las restantes proezas referidas a Meleagro se cita una victoria en los juegos fúnebres celebrados en honor de Pelias. También es presentado, en la versión seguida por Diodoro, luchando en Cólquide al lado de los Argonautas y matando a Eetes. Sobre el encuentro de Meleagro y Heracles en los Infiernos, ver, Heracles, Deyanira.