o Dite. Plutón, "el Rico", es un sobrenombre ritual de Hades, dios de los infiernos. Se le ha asimilado al dios latino Dis Pater, que, como él, era en su origen un dios agrario, porque toda clase de riqueza procede del suelo. Hermano de Júpiter y Neptuno, fue el tercer hijo de Saturno, o Cronos, y de Ops o Rea. Tuvo la suerte de los demás hermanos, esto es, que Saturno le devoró. Júpiter, salvado por su madre, hizo tomar un brebaje a Saturno que le obligó a arrojar de su seno lo que se había tragado. De este modo Plutón volvió a ver la luz del día. Hizo cuanto estuvo de su parte para hacer triunfar a su hermano de los Titanes, y después de la victoria, en el reparto del imperio del mundo tocó a Plutón la región de los infiernos. Según Diodoro de Sicilia esta fábula estaba fundada en que Plutón había establecido el uso de tributar a los muertos los honores fúnebres. Otros han creído, tal vez con más fundamento, que fue tenido como el rey de los infiernos, porque vivía en un país muy hondo, con respecto a Grecia, y porque hacía trabajar a sus vasallos en las minas, que por esta razón habitaban por decirlo así en el centro de la tierra, puesto que el Océano, en cuyos bordes reinaba, era tenido por lugar cubierto de tinieblas. Finalmente porque los pueblos de esta, comarca ennegrecidos por el humo de las minas y viviendo bajo tierra, pasaron fácilmente a la vista de los mercaderes fenicios y griegos, por demonios y su país por los infiernos. Los que confundían a Plutón con Serapis, reconocían en los rasgos con que se ha pintado, tan pronto el sol de invierno, como este calor subterráneo, este fuego central, que da la vida a toda la naturaleza. Era tan disforme y su reino tan triste, que ninguna mujer quería partir con él su imperio, de modo que se vió obligado a robar a Prosérpina, hija de Dio o de Ceres. Este dios era generalmente odiado y muy temido, así como los demás dioses infernales, porque se le creía inflexible, por lo mismo no se le erigían templos, ni altares ni se componían himnos en su honor. El culto que los griegos le tributaban se distinguía por ceremonias particulares. El sacerdote hacía quemar incienso entre los cuernos de la víctima, la ataba y le abría el vientre con un cuchillo, llamado secespita, cuyo mango era redondo y el pomo de ébano. Le dedicaban particularmente las piernas del animal. No podía sacrificársele sino en medio de las tinieblas, y tan sólo víctimas negras, cuyas cintas eran del mismo color. Estaban reservados para sus sacrificios el ciprés, el narciso y el culantrillo. Era particularmente honrado en Nisa, en Opunte y en Trecén, donde tenía altares, en Pilos y entre los eleos tenía un templo, que no se abría más que una vez al año y en el cual tan sólo podían penetrar los sacrificadores. Epiménides, según dice Pausanias, había hecho colocar su estatua en el templo de las Euménides. Estaba representado, contra el uso común, bajo una forma agradable. El culto de Plutón no fue menos célebre en Roma y en los pueblos de Italia. Los romanos, no solamente le colocaron en el número de los doce dioses principales, si no que también entre los ocho escogidos únicos que podían ser representados, en oro, plata, o marfil. Tenía en Roma muchísimos sacerdotes victimarios, y varios de los llamados Cultrarii, que estaban consagrados a Plutón. En los primeros tiempos, el Lacio le había inmolado hombres, pero cuando las costumbres se morigeraron se sustituyeron a los hombres por toros negros, carneros y otros animales del mismo color. Estas víctimas debían ser sin tacha, no mutiladas ni estériles. Pólux nos dice que se le ofrecían siempre en número par, mientras que las que se sacrificaban a los otros dioses eran en número impar. Las primeras se reducían enteramente a cenizas, de modo que los sacerdotes nada de ellas reservaban, ni para sí, ni para el pueblo, pues les estaba prohibido comer de la carne de la víctima dedicada al dios de los infiernos. Antes de inmolarla se abría un hoyo para recibir la sangre, y en él se derramaba también el vino de las libaciones. Los sacerdotes griegos llevaban la cabeza descubierta durante todos los sacrificios, pero los romanos, que la tenían cubierta en los que ofrecían a los dioses celestes, se la descubrían por Plutón, que les inspiraba un temor más religioso y una veneración más profunda. Entre estos últimos era un gran crímen el que los asistentes hablasen, cuando se le invocaba, y el silencio reinaba, sobre todo, durante el tiempo de la inmolación y cuando el fuego sagrado consumía las victimas. Para ofrecerlas a los dioses del cielo y de la tierra era absolutamente necesario lavarse todo el cuerpo, pero Plutón se contentaba con la aspersión y bastaba purificarse las manos y el rostro. Roma celebraba fiestas en su honor el doce de las calendas de julio. Mientras duraban, tan sólo su templo estaba abierto, y se le consagraba todo lo que era de mal augurio. Los pueblos de Italia temían de tal modo a Pluton que una parte del suplicio de los grandes criminales consistía en dedicárselos. Después de este acto religioso todo ciudadano que encontraba el culpable podía quitarle impunemente la vida. Rómulo adoptó esta costumbre, y una de sus leyes permitía dedicar a Plutón el cliente que engañara a su patrono y el ingrato que hacía traición a su bienhechor. Se vio con frecuencia a varios generales ofrecerse a Plutón por la salud de sus tropas. Macrobio nos ha conservado la fórmula de una de estas dedicatorias sublimes, dictada ordinariamente por el sumo pontífice. Plutón tenía en Italia, en el monte Soractes, un templo común con Apolo, así es que los faliscos creyeron deber honrar a la vez al calor subterráneo y al sol. Los pueblos del lacio y de los alrededores de Crotona habían consagrado al monarca infernal el número dos. Pitágoras lo ha considerado por esta razón, como un número desgraciado y los romanos, siguiendo esta doctrina, consagraron a Plutón el segundo mes del año, y de este mes el segundo día fue aún más particularmente designado para ofrecerle sacrificios y votos. Los galos que según la doctrina de sus druídas se vanagloriaban de descender de Plutón, contaban los espacios del tiempo no por los días, sino por las noches. Además de la multiplicación de nombres que Plutón tenía entre los griegos y los romanos, los sármatas lo adoraban bajo el nombre de Lacton, los suecos con el de Tuistón y muchísimos pueblos antiguos con el de dios negro, expresado en su lengua por la palabra Zéerneboch. Plutón finalmente, era el protector de algunas comarcas de Francia, donde se le edificó un templo cerca de París o Lutecia, en el monte Leucostsio, hoy día arrabal de Saint-Jacques. Plutón es comunmente representado robando a Prosérpina y llevándola desmayada por el terror, en un carro que debe conducirla a su reino. Se le pinta casi siempre con barba espesa y rostro severo y con un casco que le regalaron los cíclopes, cuya propiedad consistía en hacerle invisible. Cuando llevaba esta armadura se le daba el sobrenombre de Orco el tenebroso. Según Higinio, iba vestido con ella en el momento de arrebatar a Prosérpina, bien que los artistas modernos cuando le suponen en aquel acto no le dan más que una corona. Platón, Favorino y Erasmo tan sólo han visto en el caso alegórico de Plutón una niebla espesa y negra que podía ocultar los objetos. En cuanto a la corona, los unos la han formado de ébano, cuyo color oscuro anuncia al dios de las tinieblas. Los otros de culantrillo, planta que nace en los lugares húmedos y profundos. Se ha empleado con frecuencia el narciso que, particularmente consagrado a Prosérpina y a los manes era propio para ceñir las sienes de su soberano. Algunas veces lleva en la cabeza un vaso semejante al de Serapis, pero encorvado de lo alto como una cucúrbita. Cuando los dioses querían resucitar a un mortal, lo encargaban a Plutón, quien hacía caer de su urna algunas gotas de néctar sobre el mortal favorecido, y éstas tenían la doble propiedad de resucitarle o hacerle dios. Ésta circunstancia daba a Plutón el renombre de dios saludable. Claudiano, que ha reconocido este poder en el dios de las sombras, le invoca como árbitro de los destinos humanos, como el dueño de la fertilización y de la reproducción de los gérmenes, como aquel que puede finalmente terminar los días o alargarlos según le plazca. Este dios aparece con frecuencia sentado en un trono de ébano o de azufre, teniendo un cetro en la mano derecha. Los antiguos no concedían esta señal de poder más que a los reyes de la Tierra, por lo mismo lo dieron a este dios en calidad de rey subterráneo. El cetro era negro para expresar que Plutón mandaba en los lugares oscuros. Cuando no llevaba cetro, tenía en la mano una horquilla de dos puntas o bien una pica. El primer atributo anuncia que el dios está irritado y que sabe castigar a los criminales. La pica designa que está aplacado y que recibe favorablemente a las sombras virtuosas. Algunas veces se le pinta con las llaves para denotar que las puertas de la vida se cierran y no vuelven a abrirse a los que descieden a su imperio. Orfeo es el que le da este atributo y de este modo estaba representado en la Elida. Píndaro le da una pértiga, como a Mercurio, para conducir las sombras. Posee también una espada terrible, pero raramente en los monumentos se le representa con ella. Pluton, a ruegos de Júpiter, la utilizó una vez para salvar la inocencia: Peleo, atado en un árbol en el monte Pelión, expuesto al furor de las fieras por orden de Acasto, rey de Yolcos, vio sus lazos rotos por el monarca de los infiernos, y este dios le prestó la espada para castigar a Astidamia que había injustamente acusado a su esposo de haber intentado seducirla. Se le ve con frecuencia en un carro de apariencia antigua, tirado por cuatro caballos negros y fogosos que se llamaban, según Claudiano, Orfneo, Aetón, Nicteo y Alastor. El primer nombre derivaba del orfnos, el tenebroso; el segundo significaba el águila, porque su carrera era rápida; el tercero venía del nombre de la noche y designaba la oscuridad; el cuarto un corcel extenuado de fatiga. El carro del dios, según Homero, era de oro, y esta magnificencia convenía al señor del oro y de las minas subterráneas que lo producen. Los romanos, que habían señalado a cada divinidad principal, el cuidado y conservación de una parte del cuerpo, designaban a Plutón el espaldar. Los pueblos de Italia le consagraban lámparas como a monarca de un imperio tenebroso. Uno de los atributos que se colocan con más frecuencia a su alrededor es el ciprés, cuyas ramas sombrías y lúgubres parecen consagradas a la melancolía y el dolor. A los dedicados a Plutón los coronaban con estas ramas y sus sacerdotes llevaban siempre los vestidos sembrados de sus hojas. Además del ciprés, del narciso, del culantrillo y de las hojas del avenuz que le estaban consagrados, se contaba también el satirión, planta que los antiguos llamaban serapión, porque la colocaban en los altares de Serapis del mismo modo que en los de Plutón. Al anverso de una medalla de Gordiano Pío se ve una figura de Jovis Ditis, doble divinidad adorada bajo la forma de una sola, la cual representaba, de un lado a Júpiter, que manda en el cielo y en la tierra y de otro a Plutus o Plutón, que preside todos los lugares tenebrosos. Así también bajo estos dos diferentes sentidos se representa a este dios en otras medallas con un águila en la mano derecha o bien con el cerbero a sus pies, y algunas veces una estrella para designar su omnipotencia en los cielos. Ver, Deméter, Hades.