(ca.390-ca.334 a.C.). General corintio, uno de los hombres más ilustres de la antigua Grecia. Nació en una familia distinguida de Corinto. El carácter magnánimo que desplegó, opuesto de todo punto al de su hermano Timófanes, soldado brutal y ambicioso, le valió la estimación de sus conciudadanos, que lo eligieron muchas veces para mandar sus ejércitos. Cuando Timófanes, a quien había salvado la vida en un combate contra los argivos, abusó del poder que se le había confiado al declararse abiertamente tirano de Corinto, Timoleón trató de hacerle cambiar su actitud. No pudiendo persuadirle ni lograr convencerle de que renunciase al poder, le dejó asesinar por su cuñado Esquilo y un amigo suyo. "Entonces, dice Plutarco, Timoleón se retiró algunos pasos, rompió a llorar y se cubrió el rostro". Después de este acto, se separó de los negocios, y casi se dejó morir de hambre. Pasó veinte años en el retiro, en los que fue objeto del respeto público. La muerte de Dión de Siracusa en 354, fue el comienzo de un período de perturbaciones en que el imperio siracusano, pasando de unas manos a otras, se disgregó. El mismo Dionisio el Joven, vuelto al poder en 357, fue impotente para restaurarlo. En cada ciudad de Sicilia, en Catania como en Taormina, en Mesina como en Leontini, había surgido un tirano local. Los siracusanos volvieron la vista a su metrópoli, Corinto, que les envió en 344 un mediador, Timoleonte. Acogido favorablemente por Andrómaco, el tirano de Taormina, Timoleonte consiguió que Dionisio el Joven renunciase a la tiranía. Derrotó al tirano siracusano de Leontinos, Hicetas, en Adrano. Como sea que sus adversarios habían llamado a los cartagineses, fue preciso primeramente apartar esta amenaza. Los cartagineses, que querían expulsar a los griegos de Sicilia, ya habían recibido solicitudes de ayuda contra los liberadores de los tiranos Dionisio e Hicetas, y enviaron una gran fuerza naval al mando de Magón para tomar Siracusa, que bloquearon con la colaboración de Hicetas. Una vez que Timoleonte estableció una base en Catana, recibió refuerzos de Grecia y consiguió hacerse con Mesana. Magón, dándose cuenta de que Siracusa estaba ahora más allá de su alcance, se retiró a Sicilia occidental y allí se suicidó. Timoleonte ocupó Siracusa, destruyó la ciudadela, volvió a llamar a los exiliados favorables a su política y, con ayuda de expertos corintios, revisó la Constitución para eliminar tanto la tiranía como la democracia extremista. Como Cartago aún se preparaba para un ataque decisivo a los griegos en Sicilia y había reunido un gran ejército en el oeste de la isla, Timoleonte realizó en la primavera del 341 una atrevida incursión sobre territorio cartaginés con una fuerza mucho menos numerosa. Atrajo al enemigo al interior y lo cogió desprevenido, mientras cruzaba el río Crimisos, consiguiendo una victoria devastadora. Cartago continuó apoyando a los tiranos en Sicilia, pero en el 339 hizo un tratado con ellos limitando la esfera de influencia de estos sobre la isla al oeste, más allá del río Halicos. Después restableció el orden interior, aboliendo todas las tiranías, salvo la de Andrómaco en Taormina, que le había ayudado desde un principio; las ciudades griegas fueron agrupadas en una confederación de la que Siracusa tomó la cabeza. Se mostró tan gran hombre de Estado como guerrero, y supo repoblar aquel país, que había quedado desierto con tan larga tiranía. Los emigrados, a quienes llamó de todas partes de Grecia, volvieron a vivir en su antigua patria, y él socorrió sus primeras necesidades, repartiéndoles tierras y vendiendo las casas deshabitadas a beneficio suyo. Hizo también almoneda de las estatuas de los tiranos, conservando únicamente la de Gelón. En Siracusa, estableció un régimen mixto, donde, al lado de la Asamblea del pueblo, un consejo de 600 miembros jugaba un papel director. Habiendo de esta manera terminado su tarea y devuelto la paz a Sicilia, agotada por veinte años de anarquía, Timoleonte renunció en ca.335 a su magistratura suprema, que le había sido conferida con el título de estratega provisto de plenos poderes, y acabó pacíficamente sus días en Siracusa como un simple particular, dando un raro ejemplo de civismo en una época tan perturbada. Su figura es difícil de valorar, pues nuestras fuentes, que dependen principalmente de Timeo, se decantan a su favor. Tras su muerte, ocurrida en fecha desconocida, fue enterrado en el ágora de Siracusa y recibió un culto heroico.