Procesión de un general romano victorioso al templo de Júpiter Capitolino. Etrusca en su origen, después afectada por influencias helenísticas, permaneció sujeta a reglas estrictas y mantuvo su carácter ritual. Debido a que el imperium prescribía en la propia Roma, el general tenía que esperar fuera de los muros de la ciudad hasta que el Senado le diese permiso para mantener su mando dentro de la ciudad únicamente para el día del triunfo. La ruta seguida por el vencedor en la época clásica iba desde el Campo de Marte, a través de la Puerta Triunfal, el circo Flaminio y el circo Máximo, en torno al Palatino, a lo largo de la Via Sacra, hasta el Capitolio. La procesión comprendía, básicamente, a los magistrados y el Senado, los despojos, incluyendo a los cautivos más destacados, animales para el sacrificio, el triunfador y su ejército. A este cortejo se le añadieron, sucesivamente, otros elementos, como músicos, pinturas, grupos alegóricos, portadores de antorchas, etc. El triunfador, precedido por sus lictores, iba de pie sobre un carro tirado por cuatro caballos con un esclavo, que murmuraba palabras apotropaicas, sosteniendo una corona sobre él; su familia le acompañaba habitualmente. Estaba vestido con la tunica palmata y la toga picta (de oro y púrpura) y adornado como un dios-rey. El ejército gritaba ¡oh triunfo! y cantaba versos apotropaicos. Los requisitos para el triunfo eran: la victoria sobre un enemigo extranjero con un mínimo de 5.000 bajas por parte enemiga, llevada a cabo por un magistrado con imperium y sus propios auspicia, y la presencia del ejército para mostrar la victoria en la guerra. Estas reglas se fueron relajando y llegaron a admitirse ya en el siglo I privati con imperia especiales como Pompeyo, y después del 45 a.C., incluso legati. Cuando no se concedía el triunfo se otorgaba generalmente una ovatio (ovación). Bajo el Imperio el triunfo llegó a ser muy pronto un monopolio del emperador y, con su permiso, de su familia. Al general victorioso se le otorgaban ornamentos triunfales, pero éstos fueron desprestigiados deliberadamente e, incluso, en el siglo I perdieron toda conexión con los éxitos en la milicia. Hubo unos 100 triunfos entre los afios 220 y 70 a.C. Otorgaban un gran prestigio y los magistrados los buscaban con ansiedad, lo que los animaba a la beligerancia y a la brutalidad.