Las primeras tablillas de arcilla escritas proceden de Uruk (Irak) y fueron realizadas hacia el 3.300 a.C. Los signos eran pictogramas que, en el plazo de algunas centurias, sufrieron un proceso de simplificación y abstracción hasta convertirse en un sistema silábico reflejado por signos de apariencia triangular, similares a cuñas, de ahí el nombre que se le asignó en el siglo XVIII de escritura cuneiforme. Se considera, en efecto, que el nacimiento de la escritura hay que situarlo a partir de las tablillas de arcilla del 3.300 a.C. en escritura cuneiforme sumerio-acadia. Este tipo de escritura, perfectamente implantado hacia el 2.500 a.C., se usaba para expresar la lengua sumeria-acadia, pero con el tiempo fue el adoptado por los imperios babilonio y asirio. Durante el imperio persa de Darío, hacia el 500 a.C., se ideó un nuevo sistema de escritura, pero también cuneiforme, cuyo uso siguió dándose hasta el 65 a.C., fecha que se adjudica a la inscripción cuneiforme más "moderna" conocida. La utilidad de este sistema quedó eclipsada con la aparición del alfabeto, cuya rápida expansión por toda Mesopotamia, el Oriente Próximo y por todo el Mediterráneo generó nuevos sistemas gráficos mucho más simples y sencillos de aprender. Con todo, el uso de la escritura cuneiforme aún tuvo rebrotes dentro del propio sistema alfabético, ya que entre el 1.400 y 1.200 a.C. todavía se usaba en Ugarit (Siria) un tipo de escritura cuneiforme pero cuyos signos representaban sonidos consonánticos, en número de treinta, incluso menos, veintisiete en algunos casos. Siendo un sistema derivado del alfabeto protocananeo como los demás, sin embargo, es paralelo al fenicio y constituye un grupo especial en la historia del alfabeto, precisamente por la utilización de signos cuneiformes. La mayoría de las inscripciones están realizadas en tablillas de arcilla sobre las que se grababa cuando estaban aún blandas en el proceso de secado de la cocción. Se escribía en columnas de arriba abajo y de izquierda a derecha, pero se daba la vuelta completa a la tablilla y se comenzaba en la parte contraria y de derecha a izquierda, de modo que para continuar leyendo había que girar la pieza. Los signos se trazaban con un palo de caña fino, a modo de estilo, en punta, y romo por la cara contraria para borrar o anular los trazos. Sin embargo, hacia el tercer milenio la forma de escritura cambió y comenzó a hacerse horizontal en lugar de vertical, aunque seguían trazándose las divisiones de columnas, y a escribirse exclusivamente de izquierda a derecha. No obstante, en las inscripciones en piedra se mantuvo el sistema antiguo hasta el segundo milenio, como ocurría en el código de Hammurabi, el rey de Babilonia (1.792-1.750 a.C.). Junto al sistema de escritura silábico de transcripción de textos, está también representado el sistema numérico. Ya en las tablillas de Uruk aparecen representadas anotaciones numéricas, gracias a las cuales se sabe que en Mesopotamia se utilizaba un sistema sexagesimal. A lo largo de la evolución del sistema gráfico, la representación numérica evolucionó también hasta convertirse en simples combinaciones de cuñas, donde el valor de los números dependía, al igual que en el sistema decimal actual, de la posición que ocuparan. La particularidad más notable era que el número 0 no lo anotaban, simplemente dejaban un espacio vacío. García de Silva y Figueroa (Zafra, 1.551-1.623), embajador de Felipe II de España ante el sha de Persia Abbas el Grande, con la ayuda de las descripciones de los escritores griegos y romanos, logró identificar en 1.618 las ruinas de la antigua ciudad de Persépolis, la capital de Darío y los reyes persas aqueménidas, cerca de la actual Shiraz. Encontró en esas ruinas numerosas inscripciones que no se parecían a ninguna de las conocidas hasta el momento: arameas, griegas, árabes o hebreas, o, por supuesto, latinas, sino que tenían una extraña forma triangular, como pirámides u obeliscos en miniatura y parecían todas idénticas entre sí. Sugiere que los signos cuneiformes habían sido una escritura. La primera inscripción cuneiforme se publicó en 1.657, pero la mayoría de los estudiosos pensaron que se trataba de dibujos ornamentales u otros signos mejor que escrituras. Incluso hubo algunas hipótesis curiosas como la de que serían huellas de patas de pájaros que se habrían posado sobre las superficies de arcilla, cuando aún estaba blanda, o la de Thomas Hyde que, en 1.700, pensó que se trataría de dibujos del arquitecto de Persépolis sobre posibles variaciones de combinación sobre un elemento, ya que, según él, todos los signos eran distintos. En cualquier caso este Hyde fue el que acuñó la expresión "cuneiforme", haciendo referencia a la forma de cuña "cunaetae" de la mayoría de los signos. El nombre exacto que se les dio a estos signos fue el de ductuli pyramidales seu cuneiformes. El alemán Engelbert Kämpfer publicó nuevas copias en 1.712 apuntando la posibilidad de que pudiera haber diferentes signos de escritura y, finalmente, en 1.770 el viajero danés Karsten Niebuhr observó que, en efecto, había tres tipos de escritura diferente y que estaban trazados de izquierda a derecha. Intentó aislar, además, signos sencillos en los distintos sistemas. Sin embargo, el desciframiento no comienza realmente a progresar hasta 1.800 cuando Georg Friedrich Grotefend, profesor de secundaria de Göttingen, trata de interpretar esos signos partiendo del supuesto de que se tratase de escritura alfabética y de que muchos de los signos existentes sirviesen para separar palabras. Aunque se equivocaba, consiguió, no obstante, aislar algunas expresiones de una de las escrituras, el persa antiguo, a partir de inscripciones que contenían nombres de reyes, los cuales, como ocurría con los jeroglíficos egipcios, sí se escribían de manera alfabética, y que había conseguido ver repetidos en diferentes inscripciones, de forma similar a como aparecían en formularios de títulos reales de inscripciones persas muy posteriores. De hecho consiguió identificar las grafías correspondientes a Darío (Darheush), Jerjes (Khshhershe) e Histapes (Goshtasp). Aunque al comienzo los esfuerzos de Grotefend no fueron reconocidos, con el tiempo se le ha considerado como el precursor en el desciframiento del cuneiforme. Pero hasta que no se pudo disponer de textos más amplios no se llegó definitivamente al desciframiento, aún así, tampoco éste se realizó de manera inmediata. En los montes de Zagros, en la zona occidental de Irán, cerca de la ciudad de Bisitun, se halló un enorme roquedo con una gran inscripción tallada. Sin embargo, su copia era difícil, dado lo inaccesible del terreno y que se encontraba en una pared vertical a unos 100 metros de altura. Henry Creswicke Rawlinson, políglota y oficial del ejército inglés, con la ayuda de un joven kurdo, consiguió copiar la inscripción, a lo largo de diez años de intentos, y hacia 1.847 se pudo disponer de una copia completa. Había tres tipos de escritura diferentes, como ocurría en Persépolis: persa antiguo, babilonio y elamita (en realidad una variante del babilonio). La primera escritura descifrada fue la del persa antiguo, sobre la que ya se habían hecho intentos, antes mencionados. Rawlinson consiguió desentrañar el misterio, si bien nunca explicó cómo lo consiguió, a diferencia, por ejemplo, de Ventriss cuando descifró el Lineal B o Champollion al leer la piedra Rosetta. Algunos investigadores piensan que, en realidad, plagió los trabajos inéditos o notas de otro estudioso, el irlandés Edward Hincks. Sea como fuere el procedimiento, lo cierto es que Rawlinson comenzó por identificar en las inscripciones de Beistun los mismos nombres de reyes que Grotefend había leído en las de Persépolis. Estableciendo además comparaciones entre el persa y el avéstico y sánscrito, con un método comparativo, dado que se sabía ya que eran lenguas indoeuropeas todas, logró identificar diferentes palabras e incluso traducir la inscripción escrita en persa antiguo. Sirvió de ayuda definitiva el hecho de que Christian Lassen, profesor de Bonn, había observado que no se trataba de una escritura alfabética, como sostenía Grotefend, sino de una mezcla de silabario y alfabeto. Además Rawlinson y Hincks observaron que los elementos silábicos variaban según las vocales que siguieran. Así la d cambiaba de forma dependiendo de si le seguían las vocales a, i, o u. La t se escribía de la misma manera, tanto si seguía a o i, pero cambiaba si seguía u. En cambio th no variaba siguiera la que siguiera. A pesar de que el persa antiguo fue descifrado de una forma más o menos progresiva, el babilonio y el elamita presentaron muchas más dificultades. Ninguno de los dos descifradores vio claramente que el babilonio se emparentaba con el hebreo, arameo y otras lenguas semíticas, más que con el avéstico. Por otra parte, el elamita resultaba aún más extraño. Con todo, poco a poco el babilonio se fue descifrando, incluso se aduce como fecha simbólica el 1.857 cuando la Royal Asiatic Society publicó en Londres los resultados de un "examen" al que había convocado a Rawlinson, Hincks y otro par de eruditos para traducir una inscripción grabada en un cilindro de arcilla encontrado hacía poco. Las coincidencias, sobre todo de los dos primeros, mostraban que el babilonio se había descifrado finalmente. Sin embargo, el elamita, que gráficamente es una variante del anterior, pero que reproduce una lengua que no admite grandes comparaciones con las otras, ha continuado resistiéndose al desciframiento. Incluso se conocen otras inscripciones en tablillas procedentes de Susa, la antigua capital del reino de Elam, situado en la zona petrolífera de Irán, al norte del Golfo Pérsico. Dichas tablillas están escritas probablemente en la época de las sumerias de Uruk, también cuneiformes, y se consideran las antecesoras del elamita de Beistun, y contienen, por tanto, una lengua y sistema gráfico "protoelamita" que está aún sin descifrar. A partir de entonces, las inscripciones de los palacios y estelas, o las tablillas de los archivos, permitían conocer una historia ignorada, grandiosa y muy superior a lo imaginado, en cuyos mitos y comportamientos los herederos del mundo greco-romano encontraban un nuevo antepasado. El desciframiento de la lengua asiria y la escritura cuneiforme tendría algunas consecuencias inesperadas. La primera, la evidencia de que muchos de los mitos bíblicos se habían inspirado en tradiciones mesopotámicas varias veces milenarias. La segunda, que cuanto más se avanzaba en la publicación y en los hallazgos, se imponía una revisión total de la perspectiva académica de la historia antigua, refugiada en la supuesta superioridad clásica o en la inmutabilidad del referente religioso. Ver, Chogha Mish.