o Carón. Una de las divinidades del Infierno, hijo del Érebo y la Noche. Su oficio era pasar a la otra parte de la Estigia y del Aqueronte las sombras de los muertos, en una barca estrecha, miserable y de color fúnebre. Viejo y avaro, no admitía en ella sino las sombras de los que habían recibido sepultura y que le pagaban el transporte. La suma exigida ni podía bajar de un óbolo, ni podía pasar de tres: por esto los paganos ponían en la boca de los muertos una pieza de oro o de plata para pagar al barquero. Sólo los harmonios pretendían estar exentos de este impuesto, porque su país confinaba con los infiernos. Las sombras de los que habían estado privados de los honores de la sepultura vagaban cien años por las orillas de la Estigia. Ningún viviente podía entrar en su barca, a menos que llevase por salvoconducto un ramo de oro consagrado a Prosérpina. Fue necesario que la Sibila regalase uno al piadoso Eneas, cuando quiso penetrar en el reino de Plutón. Mucho tiempo antes de este príncipe, el barquero infernal había sido castigado y desterrado durante un año en uno de los lugares más oscuros y horrorosos del Tártaro, por haber pasado a Heracles, que no iba prevenido de este ramo mágico. La mayor parte de los escritores han mirado a Caronte como un príncipe poderoso, que dio leyes a Egipto y el primero que impuso un derecho sobre los sepulcros. El Alcorán confunde a Caronte con Coré, el israelita que la tierra tragó por las oraciones de Moisés. El árabe Murtadi lo hace tío del legislador judío y como fue siempre su celoso partidario, éste último en reconocimiento le enseñó la química, y el secreto de la gran obra, con lo cual adquirió inmensas sumas. Según Heródoto, Caronte fue al principio un simple sacerdote de Vulcano, que supo usurpar en Egipto la soberanía, y que por medio de los tesoros que amontonó con los tributos impuestos por las inhumaciones, pudo hacer construir aquel famoso laberinto, donde la opinión vulgar no tardó en colocar los infiernos. Esta obra que subsiste en parte, conserva el nombre de su fundador, y los árabes le llaman Quellai Charon, edificio de Caronte. Los habitantes actuales dan el mismo nombre al lago Moeris, y refieren de Caronte la siguiente anécdota: "Era este, dicen, un hombre de bajo origen, que se estableció en las orillas del lago y exigió un tanto por cada cadáver que pasaba; exacción que continuó durante muchos años, hasta que, rehusando pasar el cuerpo del hijo del rey, fue descubierto su fraude. Conociendo el rey las ventajas de semejante impuesto para sus rentas, le sancionó con su autoridad y confirmó a Caronte en el cargo en que él se había erigido y en el que había llegado a ser el mejor del reino. El perceptor se enriqueció y se hizo bastante poderoso como para asesinar al rey y subir al trono en su lugar". De todas las explicaciones dadas a este nombre, la más natural es la de Diodoro que deriva Caronte de la lengua egipcia, y la traduce por barquero. En efecto este nombre, sólo significa el que por orden del rey pasa en su barca los que habían pagado el derecho de inhumación, y que los conducía cerca de Menfis, en las bellas campiñas situadas en las cercanías del lago Aquerusia. Orfeo fue el primero que hizo conocer en Grecia el uso establecido en Egipto, de poner en las urnas funerarias una moneda, para obtener de Caronte el paso de los ríos infernales. Este uso había sido conservado por un motivo de pública utilidad. Los sacerdotes egipcios rehusaban el paso del lago a los que habían muerto sin pagar sus deudas, y los parientes estaban encargados de guardarlo, hasta que las hubiesen satisfecho. La moneda puesta en la boca del difunto indicaba que todos sus acreedores quedaban satisfechos, pues aun le quedaba para obtener su paso. A más del difunto ordinario, los griegos encerraban algunas veces en sus tumbas certificaciones de civismo. Las ventajas que sacaban los muertos de esta costumbre hizo que se adoptase en Italia, donde en un sepulcro se encontraron estas palabras muy honoríficas para el difunto: "El pontífice Sexto Anisio atestigua que este ciudadano ha vivido bien. ¡Puedan sus manes gozar un reposo eterno!". Esta costumbre se encontraba establecida entre los rusos: la carta o pasaporte se dirigía a San Nicolás. Los artistas han pintado a Caronte como un anciano robusto, cuyos ojos vivos y majestuoso rostro, aunque severo, tienen algo de divino. Su barba es blanca y apiñada; sus vestidos de un color sombrío y sucios del lodo negro de los ríos infernales. Su barca lleva velas de color de hierro, y tiene una pértiga para dirigirla. Otros representan a Caronte como un viejo muy feo, de barba gris e hirsuta, vestido de harapos y con un sombrero redondo. Conduce la barca fúnebre, pero no rema; de ello se encargan las mismas almas, con las que se muestra tiránico y brutal. En las pinturas de las tumbas etruscas, Caronte aparece como un demonio alado, con la cabellera entremezclada de serpientes y llevando un mazo en la mano. Ello hace suponer que el Caronte etrusco es en realidad el "genio de la muerte", el que mata al moribundo y lo arrastra al mundo subterráneo. Ver, Aqueronte.