La voz latina nanus, base etimológica la española enano, es transcripción de la griega, que según Aulo Gelio, designa brevi atque humili corpore nomines, paulum supra terram exstantes "hombres de corto y humilde cuerpo, que se alzan poco del suelo". En la antigüedad, en los países de costumbres griegas y jónicas eran muy estimados los enanos, así como otros monstruos de la naturaleza, por constituir un objeto de diversión. También eran muy apreciados en Síbaris, donde se les llamaba skopaioi "observadores" y entretenían a los comensales en los grandes banquetes. De la Magna Grecia pasó a Roma la moda de los enanos: en los últimos tiempos de la República y bajo el Imperio muchas damas romanas tenían el capricho de contar algún enano entre su servidumbre. Plinio el Viejo hace mención de dos de estos minúsculos personajes, que vivían en tiempo de Augusto, llamados Canopas y Andrómeda y cuya talla no pasaba mucho de 2 pies. La afición a esta clase de seres diminutos no era peculiar de las mujeres, pues también había hombres que los tenían a su servicio y pasatiempo. Domiciano tuvo la singular idea de organizar un combate entre ellos y unas cuantas mujeres en el anfiteatro. Los enanos aprendían la pantomima y varias clases de danza a fin de habilitarse mejor para la tarea de divertir a sus dueños; por lo mismo ocupaban un lugar entre los bufones. Aunque la mayor parte de estos seres diminutos debían a la naturaleza su modo de ser y su breve talla, también los había que debían esta menguada cualidad a procedimientos bárbaros e inhumanos a que se les había sometido; así Longino, habla de ciertos recipientes donde se metía a algunos niños para atajar su crecimiento. De los enanos propiamente tales hay que distinguir los distorti (contrahechos y desmirriados, a menudo de origen patológico); tampoco hay que confundirlos con los pueri minuti, por regla general de origen sirio o egipcio y que servían también para diversión de las familias aristocráticas en Roma. El descubrimiento de esqueletos humanos de pequeña talla en una gruta próxima al principado de Mónaco ha hecho suponer que hubo, en lejanas edades, un pueblo de pigmeos o enanos que habitaban la Europa meridional. El primero que habló de los pigmeos fue Heródoto, quien dice haber recogido los datos referentes a esta raza de boca de los sacerdotes egipcios, según los cuales, en la región de las fuentes del Nilo existía una raza de hombres tan menudos, que tenían que defenderse de los ataques de las cigüeñas, trabándose entre ambos verdaderos combates, en los que no siempre los pigmeos llevaban la mejor parte. Este aserto fue considerado durante muchos siglos como mera fábula, hasta que se supo la noticia de que existía en el Alto Congo una tribu de negros enanos. Poco después, un viajero italiano compró en una tribu de negros de talla normal dos esclavos pigmeos, que trajo consigo de Egipto y que murieron antes de llegar al Nilo navegable. En 1905 un explorador llevó a Londres unos pigmeos negros cuya talla, en los varones, era de 1,27 m y en las hembras de 1,10 m. Son citados en los documentos egipcios los enanos procedentes del centro de África. Tal vez se trate de los pigmeos, citados como del "país del dios". Les hacían ejecutar danzas rituales. También se citan otros tipos de enanos, los afectados de enanismo patológico. Estos son representados en relieves y pinturas, principalmente en el Imperio Antiguo. Cumplían distintos tipos de funciones cerca de los poderosos, atendiéndoles a su servicio e incluso llegando a ocupar puestos de cierta relevancia.